Hay públicos de los que hay que hablar. Especialmente los públicos de funciones de estreno, no pocas veces más excitados que los propios artistas.
La función de estreno de Mineros, como todo producto comercial, estuvo precedida por una larguísima espera. Estoy hablando de mucho más de una hora. Ya lo sabemos: hay que esperar que vengan las celebridades para tomarles fotos y grabarlas haciéndoles algunas preguntas, de tal manera que la obra aparezca nombrada en el programa de chimentos de la tarde o en la última página de algún gran diario. No, no: no hablarán de la obra, sino que apenas la nombrarán; en la tele se dirá algo como “Anoche, en el estreno de Medea –una muy buena obra, ¿eh?, pero muy buena– estuvo Fabi Partuza, a apenas dos días de su salida de la casa de Gran Hermano 37, y esto nos decía…”, siguiendo un reportaje de minuto y medio sobre pelotudeces, y en el diario, junto a foto posada, podría decir en un epígrafe que “Fabi Partuza, del encierro al teatro. Anoche vio el estreno de Medea. ¿Un primer paso para una carrera teatral?”.
Pero no es sólo gente del espectáculo. No. Hay gente que trabajó o que incluso ahora trabaja de algo parecido a lo que yo hago (ni muerto les diría colegas) y que entró descocadamente en el esquema de fama y frivolidad, por lo que, aunque carentes de criterio y hasta de honor, usufructúan su chapita de prensa para lograr lo que realmente quieren: pavonearse como una celebridad más en esos eventos.
Pues bien, no es novedad que la hoguera de las vanidades se encienda en cada estreno del teatro comercial. Al igual que en tantos otros espacios donde se ha ido permitiendo la preeminencia de la vacuidad.
Pasados ochenta minutos del horario al que fuimos convocados apagué mi teléfono, por lo que no supe exactamente a qué hora comenzó la función, pero no fue mucho después.
Luces sobre el escenario. Entra un actor. Yo estoy en la penúltima fila y no distingo quién es, pero creo que en la misma situación está la mitad de la sala. De todos modos, estalla un aplauso. ¿Qué aplauden? ¿Los tres pasos que dio? ¿La trayectoria de alguien a quien no reconocieron? Lo mismo hicieron cuando entraron los siguientes actores, incluso pisando los textos que estos estaban diciendo.
Estamos hablando de una sala con novecientas localidades. Y los aplausos se notan mucho. Como mínimo, hay trescientas personas que aplauden. Que siguen aplaudiendo, porque también aplauden en cada apagón, que no son pocos. Pero para que no queden dudas acerca del fervor aplaudidor de esta gente (que se supone tendrá el habito de salir de paseo y, a veces, ir al teatro), hubo un fervoroso aplauso al primer cambio de escenografía. Descarto el asombro o la admiración como móvil, pues no era más que un movimiento de paneles y objetos (no un despliegue de efectos especiales), de manera que no me queda sino pensar que se trataba de un público sobreexcitado en su ímpetu adulador.
Ahora bien, todos esos aplausos que no tuvieron justificación alguna serán recogidos por los mismos presentes como signo del aval del público. La rueda echó a andar gracias a una seudoclaque autómata. Y nace ante nuestros ojos un nuevo éxito en torno al que nadie querrá sacar los pies del plato, por lo que leeremos chorreras de elogios que llevarán a más público.
Tenemos Mineros para rato.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario
*** Para publicar un comentario, NO USES ESTE FORMULARIO, pues no aparecerá. Seguí las instrucciones que se encuentran arriba, a la derecha, bajo el título "LINKEATE y/o COMENTÁ", y así será publicado.
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.