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lunes, noviembre 07, 2011

macrismo explícito // Algo huele mal en la avenida Corrientes

El paro que los pasados sábado y domingo realizaron las actrices y los actores que trabajan en la puesta de Hamlet que no produce Darío Lopérfido es apenas un tiro para el lado de la búsqueda de justicia dentro de una balacera en la que previamente han sido heridas la limpieza de la gestión pública, la capacidad de producción del Complejo Teatral de Buenos Aires, la dignidad de las y los artistas pero, por sobre todo esto, ha sido herida la verdad.
Parte de este triste si no miserable derrotero fue descrito en una nota aparecida en la octava edición (octubre de 2011) de la revista Montaje Decadente. Aquí la reproducimos, facilitando algunos links que sirven como fuentes, citas o ampliaciones de información.


Algo huele mal en la avenida Corrientes

Una coproducción entre el Estado y una empresa, tres productores sucesivos para un mismo proyecto, contratos que no aparecen. Aquí hay cosas que deberían asustarnos mucho más que la sombra de un rey muerto.

No recuerdo cuándo escuché por primera vez la noticia de que se estaba planeando una puesta de Hamlet con dirección de Juan Carlos Gené. Lo que bien recuerdo es la extrañeza que me provocó saber quién sería el productor: Darío Lopérfido. Así, como si nada hubiera pasado, uno de los hombres fuertes del gobierno de la Alianza, un funcionario que por años se había perdido en el horizonte junto a la silueta del helicóptero que se llevaba a De la Rúa, una figura que reapareció tímidamente de la mano de su novia Esmeralda Mitre en revistas de la editorial Perfil (diario Perfil, 9 de agosto de 2008 y 28 de diciembre de 2008; revista Caras, 9 de septiembre de 2008, y revista Noticias, 29 de enero de 2010), ahora se hacía de un espacio en la escena cultural porteña. Y con una carnada tentadora para cualquier artista de teatro, pues trabajar en un Shakespeare es un hito, y mucho más trabajar en ese Shakespeare.
Se suponía que ese Hamlet iría al Teatro Apolo, pero en la edición del domingo 9 de mayo de 2010 del diario La Nación, una nota firmada por Verónica Pagés y Alejandro Cruz decía: “Lopérfido (…) desembarcará en el San Martín como productor, cuando a mediados de año [2011] estrene la versión de Hamlet, que dirigirá Juan Carlos Gené, con Mike Amigorena y Esmeralda Mitre”. Y esto no indica una simple mudanza del proyecto: se estaba plantando una coproducción entre él, una sala del circuito oficial y un empresario. Si otrora el San Martín coproducía obras independientes (es decir, el Estado apoyaba las creaciones de los artistas), ahora el Estado acepta o necesita el auxilio de un particular. Pero dicen los viajados –siempre listos para canonizar lo que sucede en Europa– que es algo muy normal, que es lo que viene, que hay que aceptarlo. Recordemos que para ese entonces el San Martín ya había sido arrendado por Andrés von Buch, y sin negar la humillación a la que el director del teatro, Kive Staiff, sometió a la cultura porteña mediante ese alquiler, fue un negocio claro: ochenta mil dólares a cambio de dejarle el teatro para su
fiestita de cumpleaños. Pero en esta coproducción entre el empresario ex sushi y una sala de la órbita del ministro ex sushi, ¿qué aportaría la parte privada? ¿Qué pondría Lopérfido y qué el Complejo Teatral de Buenos Aires? Porque si de acostumbrarnos a los negocios se trata, vale, pero que se realicen bien, con un contrato que se haga público. Y para no perder cierta línea cronológica de los hechos, dejamos este tema para poco más adelante.
El 25 de agosto de 2010, nuevamente Alejandro Cruz desde La Nación daba cuenta de una jornada de enroques, falsa renovación y perpetuidades veladas: en sendas entrevistas dadas a los grandes medios (los funcionarios macristas le huyen a las conferencias de prensa como púberes a la ducha) se había presentado a Darío Lopérfido como director del Festival Internacional de Buenos Aires, a Carlos Elía como director general del CTBA y a Alberto Ligaluppi como su director artístico.
Detengámonos por un momento y observemos esto: Elía era el director adjunto (y hombre fuerte durante la larga declinación de Staiff) del CTBA, de manera que habría participado de las conversaciones tendientes a llevar el Hamlet de Lopérfido al San Martín. Cuando el 28 de diciembre de 2010, en la evaluación de esa temporada del CTBA le pregunté a Ligaluppi acerca de la participación de Lopérfido como coproductor, me dijo que no le constaba, y de hecho en la información que el CTBA entregó ese día, se consignaba que Hamlet sería una “coproducción con MP Producciones/Mariano Pagani”. Pero Elía –que estaba a su lado y a quien seguramente sí le constaba– guardó silencio. Responsabilidad mía el no haber tenido presente el dato de la fecha en que ya se barajaba la coproducción de Hamlet, y treta del destino no poder confirmar el asunto pues Elía murió el pasado 14 de agosto.
Pasemos rápidamente el tiempo hasta el 10 de agosto. Finalmente, Hamlet se estrena en el Teatro Presidente Alvear como una “producción asociada del Complejo Teatral de Buenos Aires y Fénix Entertainment Group”. Ah, ni Lopérfido ni Pagani. Cosa rara esta de que se pasen una producción entre tanta gente. Lo que despierta más dudas. ¿Cuándo pasó a manos de Fénix? ¿Quién presentó en Argentores el pedido de autorización para usar la traducción de Luis Gregorich? ¿Quién firmó por la parte privada el contrato con el CTBA?
Las respuestas no llegan, o llegan peor de lo que sospechábamos. Porque Argentores no brinda esa información, aunque extraoficialmente (y así hay que tomar este dato) me dicen que la obra se estrenó sin que tuviera los derechos cedidos para poder montarla.
Supuse que tendría mejor suerte con el contrato, pues la ley 104 de la Ciudad de Buenos Aires nos permite a los ciudadanos tener acceso a la información de los actos de gobierno, y esta debe ser concedida en un plazo máximo de veinte días hábiles. Sin embargo, al cierre de esta edición, el expediente 1426739 sigue detenido desde el 19 de agosto (el mismo día en que presenté el pedido de copia del contrato Fénix-CTBA) en la Dirección General Técnica, Administrativa y Legal del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, parece que ese contrato fue firmado después de la muerte de Elía, lo que nos llevaría a más preguntas: ¿se comenzaron los ensayos sin tener firmado el contrato? ¿Se avanzó en una coproducción sin haberse acordado qué aportaría y qué ganancia se llevaría cada parte? Preguntas a las que podremos responder cuando las autoridades pertinentes se dignen entregarme una copia del contrato en cuestión.

El fantasma de Darío
En la edición del diario Perfil del sábado 16 de julio*, Darío Lopérfido desacreditaba en una carta a cinco columnas a la periodista Ana Seoane pues en una entrevista al actor Luis Ziembrowski había ella deslizado la idea de incompatibilidad entre la dirección del FIBA y el hecho de asociarse al mismo Estado porteño en la coproducción de Hamlet. Como Lopérfido niega ser el productor de esa obra, afirma: “se me critica por algo que sería absolutamente legal que haga, que además no hago porque no soy el productor de ese espectáculo ni trabajo en ninguna de las empresas o instituciones que son las productoras del mismo”. Sin embargo, en una entrevista publicada por la revista Veintitrés el 3 de septiembre de 2009, el no-productor de Hamlet decía: “Dirijo una división de Fénix, una productora que se llama Odisea. Es una subsidiaria que se creó a mi medida”. Entonces, ¿es que renunció a la empresa que su amigo Marcelo Fígoli creó a su medida, o al responderle a Ana Seoane se le olvidó que Odisea es subsidiaria de la productora de Hamlet?
De todos modos, lo más sabroso de esa nota era su autovictimización: “Vivimos en una época donde un sector de la población de nuestra ciudad es descalificado permanente por su forma de pensar o de votar por otro sector que dictamina que lo que esta bien y lo que esta mal por ideología”. Astuto, embarra la cancha con la idea de la descalificación ideológica para que no se note que se le cuestiona la participación en las últimas decisiones del gobierno de De la Rúa, incluyendo el estado de sitio y cierta censura sobre los medios que el diario de su hoy suegro denunciaba entonces así: “El Comité de Radiodifusión recordó a las radios que puede disponerse la caducidad de las licencias si transmiten mensajes que provoquen intranquilidad”.
Pero volvamos a la actualidad. Tenemos a Darío Lopérfido negando ser el productor de Hamlet, y a mucha gente diciendo que lo es, pero que no puede decirlo públicamente. Es decir: o Lopérfido miente o hay una confabulación en su contra.
Por mi parte, aporto un dato menor, casi pintoresco. Al término del estreno de Hamlet, en el extremo trasero del pasillo izquierdo de la platea del Teatro Presidente Alvear, muy firme y muy plantado recibía saludos y felicitaciones el mismísimo Darío Lopérfido. ¿Saludos y felicitaciones por qué? Ser el novio de una actriz del elenco no parece motivo suficiente.

Un éxito
Este Hamlet tiene un enorme problema: su Hamlet. Mike Amigorena** construye un joven de Palermo Chico que tiene aburrimiento (¡ojalá tuviera tristeza o rabia!). Sin embargo, caprichosito como es, se permite sus transgresiones: mientras habla con Rosencrantz y Guildenstern se pinta los labios y se pone sombra en los párpados, asiste a la función con zapatos de taco y vestido con algo como un camisón, e incluso aparece patinando un ratito. Mike no supo o no quiso entender su personaje y lo forzó para ponerlo al servicio de esa actitud glam que tan bien le sienta en su banda Ambulancia, pero que aquí resulta insensata.
Todo parece decir que Mike tuvo plena libertad para hacer lo que se le antojó. Que su innegable aureola estelar (a la que se debe el éxito de taquilla) ha valido más que la mano del director, Juan Carlos Gené, y que la fuerza del texto mismo.
Otro tanto pasa con Esmeralda Mitre, que ocupa el escenario por más tiempo que el necesario para dar vida a su Ofelia. Y con el genial Horacio Peña, que compone un Polonio entrañable y gracioso, pero que es un personaje de otra obra.
Que las entradas se agoten –ya lo sabemos– significa sólo eso. La calle Corrientes tiene amplia experiencia en fiascos aclamados por el público.

Defectos colaterales
Aunque es un tema aparte, no es tan ajeno: el alejamiento de Amigorena de la serie El pacto. Tema sobre el que no ahondaremos. Pero cabe señalar algo que no fue levantado por ningún medio: el actor no fue el único que abandonó ese proyecto televisivo. También lo dejó la agencia de prensa Tommy Pashkus, la misma que está a cargo de la prensa de Hamlet, la misma que tuvo a su cargo la prensa del FIBA dirigido por Darío Lopérfido.
De todos modos, el círculo no se cierra. Y hay que seguir observando.
¡Ah! Un último dato: la versión de Hamlet que se llevó a escena es, como ya se dijo, la de Luis Gregorich. Sin embargo, se ha omitido una breve línea: aquella en la que un soldado dice “Algo huele mal en Dinamarca”. Como si alguien hubiera querido disipar toda posibilidad de que el público asociase aquel hedor danés con los raros aromas que emana el detrás de escena de esta puesta.

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* Ya que Perfil olvidó subir a su sitio web ese canto a la libertad de expresión, al respeto y a la verdad que fue esa nota de Lopérfido contra Ana Seoane, va aquí abajo página escaneada.
** Sobre el analfabetismo político de Mike Amigorena, haciendo clic acá leés algo que ya dijimos hace unos años.



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