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domingo, octubre 23, 2011

anexos a la revista // La pistola de Goebbels o la recuperación de lo político, de Emilio García Wehbi

En la octava edición de Montaje Decadente, Emilio García Wehbi cita, en el reportaje que le hicimos, un texto de su autoría que él mismo expuso en el Teatro San Martín dentro del ciclo que el año pasado se realizó con motivo del medio siglo de vida de ese teatro, cuando (no sin una dosis de cinismo) las mismas autoridades que dejaron derrumbarse a esta institución llamaron a algunos artistas, académicos y periodistas para pensar el segundo medio siglo que se iniciaba.
Este, pues, es el texto en cuestión.
La pistola de Goebbels o la recuperación de lo político
Leo este texto desde la urgencia y desde el dolor en este encuentro llamado El modelo del teatro San Martín para los próximos cincuenta años, en lo que pareciera ser un epílogo al festejo de los primeros (y espero que no los últimos) cincuenta años del teatro de la ciudad de Buenos Aires.
En relación a este festejo quiero hacerme eco de las palabras vertidas por Mauricio Kartun a algunos medios gráficos en su momento en donde decía que en realidad no había nada para festejar, que este cincuentenario encontraba al teatro en un estado lamentable, casi disfuncionando, con instalaciones deficientes, éxodo de público, y administradores que para poder tener el teatro aún en marcha tenían que recurrir a fantochadas tales como aceptar organizar patéticos pijamas parties de ricachones de la rancia proto oligarquía porteña.
Desde el dolor hablo porque llevo en muchos pliegues de mi cuerpo a este teatro, conozco sus instalaciones como mi propia casa y reconozco en muchos de sus trabajadores los méritos de un trabajo sostenido, digno y perseverante. Desde 1987 estoy directamente vinculado a este espacio –fui durante doce años miembro del Grupo de Titiriteros hasta el año 2000, y luego dirigí cuatro montajes, en 2002 Los murmullos, en 2004 Hamlet, de William Shakespeare, en 2006 Woyzeck, y en 2008 Heldenplatz. Por lo tanto me siento absolutamente autorizado a hablar desde el dolor de encontrarnos en un punto casi sin retorno, en donde debemos asumir la responsabilidad colectiva de reflexionar acerca de cómo salvar a este teatro, un enfermo en estado crítico.
Y hablo desde la urgencia, desde la coyuntura, porque habría que preguntarse si este teatro resiste otros cuatro años de un gobierno como el actual con un jefe de gobierno casi iletrado que juega a los Supersónicos con sus pistolitas láser, o a ser el Súper Agente 86 con sus ridículos zapatófonos espías (ups! Justo la escucha a un judí
o [1] es la punta del iceberg que desenmascara a todo un sistema de escuchas ilegales); y un ministro de cultura que si bien no lo expresa parecería estar demostrando todo el tiempo la famosa frase de Goebbels: “Cuando escucho la palabra cultura quito el seguro de mi pistola”. ¿O será que es peor, será que estamos frente un señor que en realidad es un mono con navaja?
¿Qué entidad cultural sobrevive a este tipo de espíritu corporativo y mafioso? ¿Y qué tipo de cultura sobreviene de este tipo de espíritu corporativo y mafioso?
El futuro parece amargo.
Pero para no ponernos demasiado coyunturales deberíamos decir que no es sólo este desgobierno sino varios de los precedentes –de los cuales no me voy a extender sólo por cuestión de tiempo- han colaborado entusiastamente en la sistemática aniquilación del teatro oficial de la ciudad de Buenos Aires. Y para no caer en la política del avestruz, deberíamos reconocer que nosotros los artistas somos en igual medida responsables de este estado de las cosas. Hemos aprovechado al máximo los beneficios del San Martín -sueldos, instalaciones, aparato de promoción, etc.- y cuando el teatro atraviesa por momentos difíciles, encontramos siempre una buena excusa para hacernos los distraídos. De modo tal que las culpas están repartidas…
¿Qué creo que hace falta para recuperar un teatro oficial pujante?
1. Independencia absoluta de los gobiernos de turno -llámese autonomía o autarquía o cómo se tenga que llamar- para poder desarrollar continuidad de gestión administrativa, programática y cultural sin incumbencias políticas. No hablo de hombres o nombres, sino de proyectos. En este caso podríamos tomar como referencia a la experiencia del BAFICI, que a pesar de varios cambios de gobiernos y de cuatro o cinco directores artísticos diferentes, han ubicado a este festival como una cita obligada en la grilla de los festivales internacionales de cine y es uno de los actos culturales más importantes de la esfera pública de la ciudad. Esto se logra con independencia e idoneidad y valorando lo construido por gestiones artísticas anteriores. El contraejemplo sería el último FIBA, en dónde se construyó un festival destruyendo sistemáticamente todo lo hecho en las anteriores adiciones.
Cerrando entonces, como diría un señor que hoy sólo sobrevive en camisetas y tatuajes: crear dos, tres, muchos BAFICIs.
2. Rejuvenecer el teatro San Martín con un cuerpo directivo joven y renovable de mirada contemporánea amplia e inclusiva, asumiendo que el San Martín es un teatro de todos y que esa inclusión debe incluir (perdón por la redundancia) a todos los actores sociales: recuperar a su público histórico, esto es su franja pequeño-burguesa, y buscar modos de atraer a las jóvenes generaciones y a los sectores de clases bajas, convocando al público sin prejuicios estéticos ni didactismos paternalistas. En este punto la mirada contemporánea es fundamental. Esta es la esencia del teatro. Las coordenadas de tiempo y espacio lo definen como tal y el aquí-ahora es su razón de ser. Por lo que quienes lo gestionan, además de sus artistas, tienen que estar necesariamente dialogando con el presente; es decir, estar a la altura de los tiempos.
3. Tener un precio de entrada accesible a todos los sectores, esto es bajar el precio de las entradas actuales de modo tal de que todos los sectores sociales tengan acceso al San Martín. Y en determinados casos, tener entradas gratuitas, pero sin actitud demagógica ni populista. El teatro oficial debe ser un servicio cultural para todos, no un negocio. Que el negocio lo haga la televisión o el teatro comercial o el cine pochoclero. No hay que buscar recuperos, el teatro oficial debe ser sostenido por el estado sin intención económica. Con la cultura de los ciudadanos no se puede ni debe negociar.
4. Establecer un diálogo de colaboración y comunicación con otros teatros oficiales de diferentes latitudes. Producir intercambios artísticos e institucionales con referentes importantes de gestiones ya probadas eficazmente (por dar sólo un ejemplo, la enorme red de teatros oficiales alemanes, que ya tienen experiencia en este tipo de diálogos). Para esto no hace falta dinero, sino voluntad y capacidad de gestión.
5. Por último, para no extenderme demasiado ya que no disponemos de mucho tiempo, pensar el espacio del teatro oficial como un espacio para el disenso, el pluralismo y el diálogo con las minorías. Promover las diferencias, las subjetividades y nunca las unanimidades ni el consenso (para eso está, otra vez, la TV o el teatro comercial). Asumir apuestas de riesgo, que es lo que en definitiva debería ser la cultura. Como decía el dramaturgo Heiner Müller: “El arte sirve únicamente para defender al hombre de su propia banalidad”.
Si no, a la vuelta de una esquina, nos vamos a encontrar en cualquier momento con Goebbels dispuesto a desenfundar su pistola de rayos láser
[2].
Pido disculpas por haber hablado desde la urgencia, pero es el tiempo que me ha tocado vivir.
Emilio García Wehbi
Buenos Aires, 20 de julio de 2010


1] Me refiero a las escuchas telefónicas a Sergio Burstein, representante de Familiares de Víctimas de la Amia.

2]
Las tristemente célebre pistolas Taser.

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