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viernes, octubre 07, 2011

reflexiones // Respuestas completas de Agustín Mendilaharzu a la revista Ñ

Tras las versiones íntegras de las palabras de Ignacio Apolo, de Juan Pablo Gómez y de Walter Jakob, aquí van las respuestas completas que Agustín Mendilaharzu envió para ser publicadas en la revista Ñ, atendiendo las preguntas que le formularon para la nota que ese semanario le dedicó al FIBA en la edición 417 (sábado 24 de septiembre de 2011). Respuestas seguidas, como siempre, de la imagen del recorte original de lo finalmente publicado en la versión papel de Ñ.
Pero antes de sus repuestas, van dos aclaraciones que Mendilaharzu me hizo: que no sólo no se les había indicado un límite de extensión, sino que habían sido invitados a extenderse cuanto quisieran; y que en su caso la primera respuesta es mucho más extensa porque cuando la envió, entonces sí le fue informado que debía ser más breve en la segunda, aunque tampoco se le dio un límite preciso.
1) ¿En la última década, ha observado alguna tendencia teatral emergente?
Ante esta pregunta, necesito aclarar dos cosas. En primer lugar, aunque esto suene a cliché, creo que el debate sobre las tendencias es algo que corresponde a más otros miembros de la comunidad teatral que a quienes hacemos los espectáculos. En segundo lugar, que la última década es el período en el que se consolidó la generación a la que pertenezco, que yo siento una gran admiración por ella, un gran orgullo de pertenecer a ella y de producir dentro de ella, que muchos de sus integrantes son mis amigos y mis compañeros de trabajo. La pregunta, entonces, me invita a “hablar de mi generación” (como querían los Who) y a pensar si hay algo en común en los trabajos de (por enumerar sólo algunos) Piel de Lava, Feldman,
Gobernori, R. Paula, Pensotti, Chaud, J. P. Gómez, Ajaka, Prociuk, los de W. Jakob y los (pocos) míos… y me sugiere una respuesta afirmativa. La primera constante que encuentro es la falta de ánimo parricida en mis contemporáneos. Nuestros maestros, nuestros predecesores, no son nuestros enemigos estéticos. Nos llevamos bien con ellos, los queremos y admiramos, colaboramos con ellos y celebramos que estén activos. No nos avergüenza producir en continuidad con ellos. Esto, que suele ser sindicado como una debilidad, es para mí un argumento de fuerza, de potencia. Y de novedad también: nuestro aprecio por nuestros predecesores es, paradójicamente, lo que más nos distingue de ellos. Liberada, entonces, de este mandato parricida (“vanguardista”), mi generación (o el recorte que yo hago de ella) se liberó también del recurso a gestos exteriores y se dedicó, lisa y llanamente, a hacer buen teatro. A pensar que las ideas son buenas cuando producen una teatralidad vigorosa, y no cuando se pueden encuadrar en alguna tendencia. A pensar que conceptos como modernidad o contemporaneidad no son aprioris que la adscripción a tal o cual esquema asegurará, sino conquistas a las que el teatrista (como todo artista) debe acceder a través de su trabajo; y que ese trabajo es, siempre, el intento de dominar una materia viva que se resiste a ser dominada, que lucha por permanecer en estado de caos. Mi sensación es que los artistas de todos los campos, a nivel mundial, encuentran cada vez menos proteica la idea de abrevar en aprioris o entelequias. (O sea, que el cubismo no salva a ningún pintor, y que hay cuadros cubistas deslumbrantes y otros horripilantes; que una obra teatral de cuarta pared y personajes puede ser revulsiva, y una posdramática puede ser retrógrada.) Cuando la crítica especializada le achaca a esta generación de teatristas el no haber creado una estética propia, creo que está trasladándoles a las obras un problema que es de la crítica, que es la imposibilidad de agrupar un cuerpo de textos en una o varias tendencias o entelequias. En resumen, la tendencia que observo en el caso que nos ocupa parece ser la desconfianza hacia las tendencias como algo exterior, apriorístico, y la confianza en el trabajo en los términos en los que lo definí antes.
Luego, por obvio que parezca, creo que hay que mencionar la forma comunitaria de producir teatro. Claro que esto no es nuevo ni privativo de mi generación, pero sí creo que ésta lo ha llevado a un punto de radicalización inédito, y que ello ha tenido consecuencias en todos los planos del quehacer teatral. Por supuesto, en el plano político, con logros de importancia difícil de exagerar, como los que consiguió últimamente el grupo Escena. Pero también en los planos estético y productivo. Si Buenos Aires tiene hoy la cartelera que tiene, en términos de cantidad y de calidad (más objetivos que valorativos), es debido a esta radicalización que, creo, puede ser considerada una tendencia –aunque, de nuevo, sea complejo nombrarla o caracterizarla–.
2) ¿Cómo ve este Festival? ¿Piensa que pone blanco sobre negro algunas cuestiones estructurales de nuestra comunidad teatral?
En principio, aclaro que me alegró mucho que el FIBA programara Los talentos y que opino desde el lugar de quien recibió y aceptó esa invitación. Acerca de ella, puedo decir cosas buenas y malas. Entre las primeras, que la selección fue hecha por un jurado autónomo que efectivamente acudió a los teatros a ver las obras (y no las vio en video). Entre las segundas, para no repetir, coincido con lo dicho por Walter Jakob. Además: yo me dedico al teatro y también al cine, en ambos casos de modo independiente, y no puedo evitar hacer una comparación. El Bafici ha sido y es la casa de los films que hacemos desde El Pampero Cine y es, en mi opinión, un ejemplo y un orgullo para esta ciudad. Me gustaría que el FIBA se instalara con la solidez, la calidad artística y la autonomía política de las que puede jactarse el Bafici. Sería ingenuo decir que el Bafici ha sido completamente inmune a influencias políticas (baste citar las circunstancias en que se desvinculó a Quintín o se “invitó a renunciar” a F. M. Peña); pero también sería injusto no observar que, a lo largo de trece años, en los que se sucedieron
administraciones de lo más diverso en la Ciudad, el Bafici logró sostener su identidad. Y si tengo que señalar una causa posible de esto (sabiendo que incurro en una simplificación), creo que es el hecho de que siempre estuvo en manos de gente proveniente del cine y nunca de la política.
Nota: en la edición impresa, la segunda pregunta fue reformulada así: "¿Cuál es su reflexión sobre este festival?".


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