Vale aclarar que Gómez envió un texto único en el que reúne temas referidos a ambas preguntas, que fueron las siguientes: 1) ¿Ha observado en la última década alguna tendencia teatral emergente?, y 2) ¿Cómo ve este Festival? ¿Piensa que pone blanco sobre negro algunas cuestiones de nuestra comunidad teatral?
El FIBA es uno de los eventos más importantes de la actividad teatral porteña. Importante por las visitas extranjeras que siempre dinamizan la creación local, esperado como vidriera a otros mercados teatrales e importante en tanto puede sintetizar una actividad arrolladora como la que se lleva a cabo en esta ciudad tan teatrera.Nota: en la edición impresa, la segunda pregunta fue reformulada así: "¿Cuál es su reflexión sobre este festival?".
Que el Festival logre capturar ese espíritu depende en gran parte de la programación de obras nacionales, a cargo de los jurados elegidos para tal fin, pero también depende del lugar que se les dé a dichas obras. Lugar de honor, lugar de participación, lugar de fomento o convidado de piedra son algunos de los muchos sitiales disponibles.
Algo que no puede negársele a la administración cultural del Pro, vía ministro Lombardi en Cultura y el flamantemente ungido Darío Lopérfido en la dirección del FIBA, es la fidelidad a si misma: eventos de alto impacto mediático regados con resonantes figuras internacionales en detrimento de un verdadero plan de fomento a la actividad, recortes presupuestarios y utilización espuria de los teatros pertenecientes a la Ciudad.
El combinado de elencos seleccionados para participar en el Festival Internacional debió negociar a brazo partido para lograr mejores condiciones de contratación, tanto económicas como de representación de sus obras. Uno supondría que el haber sido elegidos implicaba una especie de deseo compartido, junto a la dirección del Festival, de difundir lo más posible estos trabajos programando varias funciones en condiciones de alta visibilidad. Lejos de esto estuvieron las condiciones iniciales. Nobleza obliga, hay que decir que se prestó atención a los reclamos y que, con las rispideces de toda negociación, se llegó a un arreglo más parecido a algo justo. Esto habla bien de la cintura de los funcionarios pero no mejora la idea general que esta administración tiene de la producción local. Producción que centrándonos en el teatro es inmensamente independiente, autogestiva y subsidiada por los propios artistas. Artistas que deberían ser los protagonistas de todo lo que ocurra en su campo de acción para ofrecerlo al público local e internacional como destinatarios naturales.
Este protagonismo es particularmente difícil en Buenos Aires, ciudad donde la administración en cultura se encuentra "cartelizada" hace ya varios años por funcionarios con distinto grado de cercanía al radicalismo en todas sus variantes: progresista, desarrollista, coordinador o sushi.
Al asumir, el ingeniero Macri debe haberse encontrado en la duda hamletiana de cómo llenar su cartera de cultura sin contar con una fuerte línea de hombres de la cultura entre sus propias filas. "Intelectual Pro" suena, casi casi, a oxímoron. Se produjo entonces la importación en masa de todo el gabinete de cultura del malogrado gobierno de la Alianza. Lombardi, Cantoni, Gómez (no yo, otro) y ahora Lopérfido.
Que su idea del Festival sea diametralmente opuesta a la edición anterior es esperable. Que no dé un lugar de relevancia a la programación nacional (en primer lugar, en plata, que es donde todo queda claro) es materia, por lo menos, para el debate. Materia discutible pero aceptable porque eso es lo que se discute siempre en democracia y dentro de un campo cultural.
Pero ¿cómo es posible que funcionarios que participaron de un gobierno que protagonizó la más sangrienta represión en años de democracia vuelvan tan campantes a la administración pública sin que los nombres más sonados de la cultura o la política lancen airados ayes? ¿Cómo es posible que funcionarios del riñón de De la Rúa, como el señor Director del Festival Internacional de Buenos Aires, Darío Lopérfido, que hace diez años estaban más escrachados que pared de baldío, hoy no sientan que deben hacer ¡por lo menos! una autocrítica. Una reflexión. Una referencia. ¡Un comentario! Nada. Mutis por el foro. El mismo sayo nos cabe a todos los teatristas de esta ciudad que por temor callamos. Que por conveniencia no nos manifestamos, que por omisión, concedemos.
Siempre es un tira y afloje la relación entre la comunidad artística y sus estamentos estatales específicos. Lo esperable es que el diálogo fluya y, en el mejor de los casos, que nos representen. Esta dirección cultural no lo hace e ignora a las organizaciones horizontales que sí representan la parte del león de los teatristas porteños. Me refiero principalmente a Artei (Asociación Argentina del Teatro Independiente) y Escena (Espacios Escénicos Autónomos).
Participamos de esta fiesta teatral porque somos parte de la cultura viva de esta ciudad. Esta fiesta que es, en primer lugar, de la sociedad que la sostiene con sus impuestos; en segundo, de los artistas que le dan contenido y sentido; en tercero, del público que colma las salas, y en último, de los funcionarios que tienen la misión de organizarla.
A caballo de recientes acontecimientos mundiales de movilización popular (Oriente Medio, 15M en España, movilizaciones en Israel) y de tendencias, ahora si, del teatro europeo, la programación internacional abunda en títulos de temática política devolviendo al teatro su lugar de ágora, de encuentro y de discusión. Interesante elección para una curaduría, la del señor Lopérfido, que no dice ni pío sobre su participación en un gobierno que finalizó (porque el plan ya estaba en marcha hace rato) con la mayor estafa a la ciudadanía argentina y una brutal y asesina represión en el marco de un ridículo estado de sitio.
En los días 24 y 25 de septiembre podrán verse en el Teatro Regio funciones del espectáculo Alexis. Una tragedia greca, dirigido por Enrico Casagrande y Daniela Nicoló. La obra tiene como centro el crimen de Alexandros-Andreas Grigoropoulos (Alexis), un manifestante de quince años asesinado en Atenas por la Policía durante la protesta del 6 de diciembre de 2008.
¿Cuántas obras podrían hacerse con los cuarenta muertos por la represión policial durante los aciagos días de diciembre del 2001 en la Argentina? ¿Cuántos espectáculos podría este festival seleccionar sobre los veinte muertos caídos bajo balas legales frente a la Casa Rosada? ¿Estaban ahí dentro ese día el señor Lopérfido, el ministro Lombardi, mirando a través de unas celosías a medio cerrar, la locura en que había terminado el proyecto que tanto habían apoyado? ¿Qué pasaba por sus cabezas? ¿Pensaron que se trataba todo de una absurda performance? ¿Qué piensan ahora? Me gustaría saberlo.

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