Martes 12, 16 hs.
La falsa escuadra es ese par de reglas que, unidas por un eje, giran sobre éste de manera que permiten trazar todo tipo de ángulos. (Si mi explicación es demasiado torpe, siempre está a mano Google Imágenes.) Pues bien, tal es la médula de Falsa escuadra: dos piezas (los cuerpos de Iván Larroque y de Fernando Rosen) y un eje sobre el que trazan cosas mucho más interesantes que ángulos, aunque muchas son bastante angulares. El eje no es uno sino varios objetos, pero uno de ellos tiene un rol protagónico: un armario. Pero empecemos por el par humano. Ellos son una suerte de dúo clásico del humor; si pensamos en Abbott y Costello, en Firulete y Cañito, vamos bien por ahí: dos que no pueden separarse pero que juntos siempre encuentran problemas. Quizás nos acerquemos más si recordamos a Laurel y Hardy, pues si bien trabajaron juntos desde poco antes de la aparición del sonoro, su humor tenía mucho de los códigos cómicos del cine mudo, donde tuvieron una extensísima carrera. O mejor, una intensísima carrera: eran los tiempos de los cortos de humor que se rodaban de a uno por día, con actores que filmaban uno por semana. Pero dejemos Laurel y Hardy para volver a Larroque y Rosen.
La pieza que crearon (junto a Martín Joab, que los dirigió y comparte la autoría de Falsa escuadra) no tiene palabras. Todo reside en el diálogo que se genera con sus cuerpos, entre sus cuerpos, por momentos armónico pero las más de las veces conflictivo, lo que los lleva a choques inevitables. Lo que los acerca a otra fuente: el slapstick, esa comedia física en la que la violencia aparece tan desmesurada como de suaves consecuencias, y que tanto fue aprovechada en los ya recordados cortometrajes del cine silente. Pero si entonces las persecuciones y golpes y palizas se daban entre montones (imposible olvidar a los Keystone Kops de Mack Sennett), aquí estamos con sólo dos sujetos que, además, agregan valor con acrobacias, danza y registros del clown. Y si bien se dan de tanto en tanto un coscorrón intencional o involuntario, hay un muy cuidado trabajo en lo visual. Sus cuerpos, el armario, la cuerda floja y los demás objetos a los que van echando mano siempre dibujan composiciones que nos remiten a esa amplísima variedad de ángulos que permite trazar una falsa escuadra.
Ya había visto esta pieza en el Club de Trapecistas Estrella del Centenario, pero su presentación en un espacio al aire libre, sin techo ni paredes (la Plaza 25 de Mayo, corazón de Rafaela) planteó otra obra, donde los puntos de fuga hacia donde convergían las trazas de sus cuerpos podían imaginarse más allá de las copas de los árboles o a decenas de metros en horizontal. El espectáculo ganó así una proyección que de alguna manera (quizás capricho de mi lectura) contenía a todo el público y al entorno del espacio escénico.
Así comenzó (aunque no oficialmente) el Festival de Rafaela 2011: abierto, contenedor, con confesados deseos de despegarse del suelo cotidiano, pero volviendo a él para retomar energía y sentido. Como lo que está presente en el trabajo de Larroque y Rosen, mientras nos divierten y asombran.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Falsa escuadra en este link a Alternativa Teatral.
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