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viernes, junio 17, 2011

reportaje // Marcelo Mininno

(Entrevista para la revista G7.)

Un actor que actúa, que escribe y que dirige. El cuerpo siempre puesto en juego, incluso desde las ideas. Y muchas preguntas, para sí mismo y para quien se les atreva. Este es Marcelo Mininno.
En el sitio Alternativa Teatral, su ficha está encabezada por una sola palabra, en mayúsculas: actor. Nadie lo discute. Lo que llama la atención es que este actor irrumpió como dramaturgo y director en mayo de 2008 con Lote 77 que, desde entonces, acredita más de ciento cincuenta funciones y ocho mil espectadores en cuatro temporadas, giras y festivales. Números enormes para los parámetros habituales del teatro alternativo porteño. Pero, pese al éxito de su obra, él insiste –al igual que en la charla que mantuvimos– en denominarse, en verse, en entenderse actor.
Marcelo Mininno nació en 1976 en Salto, provincia de Buenos Aires. A los catorce años comenzó a pisar los escenarios en un taller de teatro para adolescentes; a los dieciocho vino a la ciudad de Buenos Aires para estudiar en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático y a poco de egresar ya era auxiliar de la cátedra de actuación. Rápidamente logró trabajar en los teatros San Martín y Cervantes, en salas independientes, en cine y en televisión. Inevitable preguntarle qué es para él ser actor: “Es el vehículo que yo elijo para ser lo más sincero que puedo con la vida. Y una maravillosa oportunidad de encuentro con el público, con compañeros de trabajo, con los que te regalan opiniones”. Una vida bien disfrutada, parece. Pero tanta celebración del ser actor no explica de dónde surgió su mano precisa e incitadora para la dirección y la dramaturgia. Y al respecto, señala: “Dirigir nace desde mi tránsito como docente, de trabajar con futuros actores, intentar ayudarlos en la comprensión de algún material. En cuanto al texto, como actor había trabajado con la escritura que salía a partir de improvisaciones o ejercicios que planteados por el director. Eso me dio confianza para lanzarme con Lote 77: si yo tenía las imágenes del paralelismo entre la cría de un ternero y la construcción del varón, más las improvisaciones en las que tratamos de reproducir cosas que veíamos en los remates vacunos, y además probábamos cuán vulnerables podían ser los actores con este tema, sabía que a partir de eso se podría armar algo. Como resultado, terminé escribiendo este material, que me reencontró con el tiempo en que estudié Comunicación en la UBA y los tres años de talleres literarios que no tenía presentes. Soy actor, y tengo la necesidad de poner el cuerpo, pero no había descubierto que escribir es también poner el cuerpo”.
Ahora bien, ¿qué tiene Lote 77 para seguir generando tanto interés? Sin dudas, que pone en escena un tema algo visitado por las artes visuales pero casi nada por las escénicas: una mirada de género sobre el varón. Que, dada la situación dominante que casi en toda cultura y época tuvo el hombre, nunca necesitó hacerse muchas preguntas (y así estamos). Y en su obra, sin provocar, Mininno nos echa el guante con ese cóctel de lágrimas reprimidas, preguntas eludidas, gestos de pertenencia a vaya a saber qué cosa y todo el cotillón áspero y hormonal con el que se supone se nos identifica a los varones. Pero no erige respuestas, sino que desliza un desafío no dicho: si sos macho, llevate estas preguntas. Preguntas que primero lo atravesaron como autor: “Hay una mirada de donde vengo, y la lectura que pude empezar a hacer años después de la fricción que se da en un cuerpo que se construyó en una cultura y luego entra en otra. De ahí que Lote… sea una invitación a que podamos reconocer nuestra propia identidad, ser más sinceros con quienes somos. Y eso merece celebrarse, porque es celebrar la propia vida”.
De más está decir que el actor extraña cuatro años seguidos estando “del otro lado”, porque “como actor puedo trabajar descansando en la mirada del director”. Sin embargo, ya está en carrera de nuevo como dramaturgo y director, ensayando para estrenar a principios de noviembre en el Teatro Sarmiento.
Marcelo Mininno mira el grabador, como si observara lo dicho, y agrega: “No soy muy interesante”. Suficiente pie para apurarlo y pedirle que amplíe la idea: “Me escucho hablar y siento que, en realidad, lo que tengo para decir de esta profesión todavía me lo estoy diciendo, y tiene que ver con elegir crecer en esto, ser sincero con el trabajo que hago, ser leal conmigo y con el resto. Entonces, no es un trabajo muy distinto a otro si se lo hace desde ese lugar”.

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