¡Qué título el de esta pieza! Nadie puede decir que no sabe a qué atenerse si va a verla. Y nadie llegará a la platea con tanto candor como para que la frase La idea fija no le haya despertado de antemano precisas referencias sexuales. Cuando comienza la función, todo eso se confirma: cinco intérpretes transforman en danza una sucesión de movimientos de manifiesta raigambre coital.
Momento. ¿”Coital”? Pero ¿quién habla así? ¿Por qué sembrar esta nota con palabras que parecen inventadas para la ocasión? Aquí hay un problema por resolver.
Los que intentamos reflexionar las artes, la danza o danza teatro en este caso, siempre (y quede bien claro: siempre) estamos detrás de los verdaderos artistas. En este caso, Pablo Rotemberg rompe categorías, criterios, sentidos y todo lo que se le haya puesto delante en el proceso creativo, pero no para mostrar los pedazos de lo que rompió (hasta yo podría hacer eso y pedir mi patente de coreógrafo modernito), sino para crear belleza desde la máxima libertad posible. Libertad con la que Rotemberg abre horizontes, de manera que en su obra no necesita esconderse detrás de eufemismo alguno ni mucho menos agregar provocaciones para que se lo identifique como vanguardista. Libertad que debemos permitir nos contagie para ver y disfrutar La idea fija.
Ante todo, empecemos a blanquear el lenguaje, porque la idea fija es coger (entendido como acto sexual en sentido amplio, no solamente penetrativo), y si le ponemos otro nombre estaremos hablando de instinto, procreación, hacer el amor o alguna otra cosa que nos llevarán a cosas espantosas como la biología o el Día de San Valentín, y acá no hay nada de eso. No hay siquiera sensualidad ni seducción, y si nos ponemos estrictos con las palabras, ni siquiera hay erotismo. Lo que hay es una multiplicidad de imágenes fragmentadas de la mecánica del coger, seriadas de tal manera que generan una inusitada pero indiscutible belleza, y sostenida por potentes y precisas interpretaciones, entre las que se destaca la de Alfonso Barón, inagotable en sus energías y recursos.
Como no es ningún inocente, Rotemberg sabe que el pudor funciona aun en quienes nos la damos de superados, por lo que se permite ir sembrando guiños que evidencian cierta picardía y liberan algunas risas en la platea. Hasta que sobre el final la propuesta parece salirse de cauce y estallar.
Los cuerpos, agotados, comienzan a distenderse. Se enciende la luz. La idea fija se aplaca, pero no mucho: pronto volverá por el mismo camino.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La idea fija en este link a Alternativa Teatral.
viernes, abril 01, 2011
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