Qué divertido resulta ese lapso de la vida en el cual los varones nos extendemos la licencia para seguir boludeando pero que, a la vez y por una mera cuestión cronológica, hemos adquirido el título de emancipados ante la ley. Divertido porque es la única ocasión en que van de la mano situaciones tan contrapuestas como son las que se originan en la responsabilidad civil y en la irresponsabilidad conductual. Y ahí, haciendo –aun sin quererlo– los pinitos en la adultez, es donde encontramos a Iván, Juan, Mauro y Esteban, los cuatro tempranos veinteañeros que protagonizan esta historia.
El relato se va desarrollando entre cervezas, faso, charlas sobre minas, planes de salidas, charlas sobre minas, canciones, peleas, charlas sobre minas, algunas dificultades con el mundo (padres, jefes, etc.) y charlas sobre minas. Y no solo se habla, sino que también se ejerce, de manera que aparece Ingrid y las cosas se enturbian porque los amigos son de hierro, sí, pero cuando hay que marcar territorio, algo se oxida.
Dicho así, Esa no fue la intención parece uno de los tantos entretenimientos para twenteenagers que circulan por la caja perversa (la que antes era boba) e incluso por nuestros escenarios. Pero no lo es: el sólido universo interior de los personajes –complejos aun en sus momentos de máxima superficialidad–, la fina y rica trama de sus vínculos y la notoria y enorme libertad con que fueron creados son garantía de un meritorio hecho teatral. Logro que se alcanza tras una fecunda confluencia. Veamos de qué.
Ante todo, la base indiscutible que es el texto de Joaquín Bonet. Y aquí, un dato biográfico de mucha importancia: Joaquín escribió este texto a los 24 años, casi como sus personajes, ostentando ese saber que sólo puede ofrecer quien está muy cercano a ellos y, a la vez, muy bien plantado como para llegar a tales observaciones y así delinearlos con verdad. Tanta verdad que, pasados casi doce años desde su escritura, Esa no fue la intención sigue tan vigente como si hubiera sido escrita ayer. Y no es que los tempranos veinteañeros no hayan cambiado a lo largo de un decenio, sino que el texto tiene raíces en lo profundo de los vínculos de los varones de esa edad… y de otras edades también.
(Breve digresión: tras escribir la línea anterior, me doy cuenta de que al empezar esta nota hablé de un nosotros al referirme a los varones de veintipocos años, de manera que yo mismo, que ya pasé hace veintimuchos mis veintipocos, pude verme a mí y a mis amigos en esos personajes. Se me ocurre, entonces, que los buenos textos no sólo se mantienen actuales, sino que probablemente hasta pueden resultar vigentes para tiempos anteriores a su escritura.)
Luego hay que hablar del elenco, que gana muchísimo por la precisión del casting. Yo no sé –y, la verdad, tampoco me interesa, pues lo que vale es el resultado– si el elenco se eligió entre amigos o mediante una convocatoria abierta, pero lo que sí sé es que los personajes parecen hechos a medida. De desconocer que este texto fue estrenado con otro elenco hace once años, cualquiera caería en el error de considerar esta pieza como fruto de la dramaturgia de los actores. Pero no. Aquellos personajes plasmados por Bonet han encontrado su vida y renovación en estos intérpretes. Nadie mejor que Andrés Ciavaglia para interpretar a ese Esteban descolgado, aparentemente básico por esa explícita y permanente conexión con sus necesidades básicas nunca del todo satisfechas, lo que a la vez lo presenta con una honestidad descarnada y carnal que lo torna una celebración de la vida en dos patas. Otro tanto con Juan, ese flaco que saber hacer convivir en su corazón sueños y responsabilidades (el yerno que casi toda madre desea) que compone Maximiliano Zago a la perfección. Lo mismo con el esquemático, hiperplanificado, acotado, contenido y estricto Mauro, ese al que Horacio Nin Uría resuelve con solvencia, aportándole calidez sin dejar de delinearlo como el nerd del cuarteto. Y Pablo Correa, que le da cuerpo y vida a ese Iván que parece venir mascullando desde hace años las contradicciones y enojos que lo atraviesan y, a la vez, respeta a rajatabla el límite que tiene el personaje en la escritura: jamás se lo puede juzgar pues construye a ese pendejo mal llevado dejándonos sospechar heridas, dolores que no puede soslayar. Y Agustina Gutiérrez, que lleva adelante el desafío de dar presencia al único personaje que no es protagonista en los roles: Ingrid, la mujer que irrumpe entre tanta testosterona, que al mismo tiempo es quien realmente protagoniza su vida entre tantos varones que andan a los tumbos.
Finalmente, la mano del director. Le debemos una puesta sencilla y clara, un buen manejo del ritmo, un cuidado equilibrio de las energías e incluso sugerir una atmósfera que le impone a nuestra imaginación olores a cerveza, aceite rancio de una caja de pizza que se perdió bajo un mueble y zapatillas inescrutables. Pero Ezequiel Tronconi no pretende hacer notar su firma en el trabajo, sin por eso caer en convencionalismos. Y aunque ya ha dirigido cuatro obras de su autoría, ha ganado muchísimo aquí con el cuidado que evidencia ante un texto que no le pertenece.
No sería justo cerrar esta nota sin nombrar a los productores, que son el mismo Bonet y Sergio Surraco, respectivamente director y uno de los actores de la puesta original de esta pieza, en 2000. Hay algo de fiesta y de generosidad en su apuesta. Y eso, en el origen de un proyecto, también suma.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Esa no fue la intención en este link a Alternativa Teatral.
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