(Entrevista para la revista G7.)
Nació en Bahía Blanca en 1976. Vivió en La Pampa sus años de escolaridad. Vino a Buenos Aires para estudiar Ciencias de la Comunicación. El chico recién llegado se vinculó con artistas de teatro. Y vio teatro. Hasta que estuvo en una función de Máquina Hamlet, por El Periférico de Objetos. “Esto es lo que quiero hacer”, se dijo Andrés Binetti. Y lo hizo.
Recuerda con sincera autocrítica una temprana experiencia, Microfauna, presentada en su estudio: “Fue interesante, pero ahora pienso que estuvo bueno que me haya puesto a estudiar”; puesta en escena en la Escuela Municipal de Arte Dramático, y dramaturgia con Alejandro Tantanián, Daniel Veronese y Mauricio Kartun.
Desde entonces, sus textos son llevados a escena por él mismo pero también por otros directores, así como él ha dirigido textos ajenos. De sus obras vale recordar algunos títulos, no tanto como dato bibliográfico sino porque Andrés Binetti es muy bueno para bautizar sus trabajos: Leve contraste por saturación, Llanto de perro, Ópera anoréxica, Petit Hotel Chernobyl, La Piojera. Un procedimiento justicialista, El peor de los públicos.
Mientras avanza hacia el estreno de dos nuevas obras en 2011, mate mediante se entregó a esta charla.
–Cuando te decidiste por el teatro, ¿qué querías hacer?
–Me interesaba mucho la escritura. Pero de inmedato necesité que eso se pusiera en escena, y como nadie lo hacía, me puse a dirigir yo. Hoy es difícil que alguien ponga en escena una obra ajena porque se ha perdido la circulación de los textos y, además, es muy poco lo que se edita con riesgo; lo que se publica es lo que está probado, lo que está funcionando ya en un escenario. En este momento, Llanto de perro se está presentando o ensayando en cuatro lugares distintos, pero es toda gente que primero la vio, no empezó leyéndola. El circuito tiene que ver más con lo productivo que con el texto. Y también resta la acadia, que no está muy vinculada con el teatro que aquí y ahora está sucediendo.
–¿Cómo elegis los temas que tratás?
–Basicamente escribo desde la imagen, que es lo que dicen todos los maestros y es muy cierto: una magen te conmueve, va tomando una dinámica y crece. Y asociás distintas cosas a esa imagen, porque como estás alerta, todo se te aparece, el universo confluye en ese tema. Distinto el caso de Ópera anoréxica, que se originó en un deseo de todo el equipo porque la anorexia nos afectaba a varios. Y era un tema muy presente en ese momento, cuando las publicidades vendían yogures y aguas (gasificadas, para llenarte) con calcio; siendo que lo primero que le pasa a una persona anorexica es que se descalsifica, el mercado estaba asumiendo lugares de enfermedad y se los apriopiaba para el consumo, jugando en un borde en el que el alimento es remedio. Fue un trabajo con momentos muy poéticos, muy conmovedores, y tenía humor. Como todas mis obras, a pesar mío.
–Explicá eso del humor pese a vos mismo, por favor.
–En las funciones la gente se ríe de lo que a mí no me causa gracia, y las cosas que a mí me matan de risa no provocan risas en el público. Siempre lo que hago tiene algo de humor (no digo comedia ni mucho menos chsite) porque la falta de humor hace que algunas obras se me vuelvan solemnes, y eso aleja al público.
–¿El problema con lo solemne es que aleja al público?
–No: porque es innecesario en relación al vínculo que vos generás como artista con el público. Cuando ves algo solemene, lo que ves es alguien que se cree mejor que la gente que lo va a ver, que cree que le va a enseñar algo a los demás. Y esos lugares pedagógicos del arte son, para mí, muy peligrosos. Yo le escapo a la intencionalidad didáctica; es muy narcicista, muy egocétrico. Salvo que seas Brecht –y no hay ningún Brecht en la Argentina en este momento–. Por eso pongo en escena mis preguntas, no mis respuestas.
–¿Te interesa lo político?
–Me considero un autor y director de teatro político. Y creo que debería haber más teatro de lo político. Hay que revisitar Griselda Gambaro, Tito Cossa, Eduardo Pavlovsky y entender que ahí hay algo que está más allá de la actualidad que se relata, que nos habla hoy.
–¿Escribís solo, previamente, o junto al proceso de ensayos?
–A veces he escrito el texto completo y así se lo estrenó, pero a mí me gusta mucho trabajar con los actores. Eso muchas veces tiene un riesgo, pero cuando sale bien, sale muy bien porque hay un momento de los ensayor en los que el actor termina sabiendo del personaje tanto o más que el autor, y eso es un gran aporte. El actor corrige al autor, y si uno es permeable, aprende. Y ciertas dramaturgias aparecen porque hay una posibilidad actoral que las sostienen. Buenos Aires tiene excelentes actores, con una formación increíble. Los convocás para hacer una obra con el manual del lavarropas y te lo actúan, y probablemente lo hagan muy bien. Creo que tiene que ver con el placer de crear. En eso yo me peleo con la imagen romántica del artista sufiriente: el teatro tiene que dar placer; porque guita no te va a dar más que para vivir con lo justo. Y somos muchos los que estamos conformes con el lugar que ocupamos y en el que producimos; no queremos hacer teatro comercial.
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