Como no nacimos anoche ni leemos el diario desde esta mañana, sabemos que hay un sector al que tanto le repele el actual gobierno nacional que, en su afán de oler bosta, elige oler la bosta fresca de aquella república agroganadera que forjó una notable abundancia para unos pocos que, en su mayoría, degeneraron en una elite de tarambanas sólo útiles para dilapidar fortunas (no es casual que los palacios erigidos por sus padres y abuelos terminaron en manos del estado o demolidos). Sabemos que Aguinis, Sebreli, Grondona, Vanossi, Sabsay, Sanguinetti y otros tantos “intelectuales” que piensan la patria desde avenida Córdoba hacia el río seguirán haciendo lo imposible por invisibilizar a los millones de personas que disfrutaron de los festejos del Bicentenario y evidenciaron la lejanía existente entre la realidad del pueblo y el discurso de aquellos carcamanes que hablan de “la gente” o “los vecinos”.
Con la citada nota, el decano de la crítica teatral y hábil operador (no debemos escatimarle méritos) Ernesto Schoo se ubica en esa misma línea: ¡qué bien estábamos hace un siglo! Ergo, ¡qué mal estamos ahora!
La idea de esa gloria pasada ni siquiera es nueva: el mismo Schoo ya había publicado el 7 de marzo de 2009 la nota La cartelera dorada: 1900-1910. Pero en su (anti)aporte al Bicentenario, cierra con “dos tristezas” acaecidas en 1910: la muerte de Florencio Sánchez y “el incendio intencional del circo de Frank Brown en la calle Florida”. ¿Eso es todo lo que tiene para decir del incendio del circo de Frank Brown, que fue “intencional”? Schoo bien debe tener en mente –porque es un hombre cultísimo, ávido lector y muy memorioso– que aquel incendio fue el resultado de la prédica repugnante, intolerante y clasista con que los diarios porteños atacaron la instalación de un circo en la paqueta calle Florida para la celebración del Centenario. Es mucho más que una tristeza: es un escarnio. Apenas unos pocos de los responsables de ese incendio fueron detenidos y rápidamente liberados, sin que sus nombres fueran dados a conocer. Y el diario La Nación explicó los hechos con estas palabras en la edición del día siguiente (5 de mayo de 1910):
Incendiar por amor a la dignidad artística de nuestras efusiones patrióticas no deja tampoco de ser incendiar (…) del resultado material hay que felicitarse. Y por lo demás –¿para qué callarlo?– es un gesto semibárbaro y todo, pero juvenil, entusiasta, alocado, que no deja de tener su gracia…Con la misma complacencia, en los años siguientes, La Nación juzgó con lenidad otros actos, otros incendios, otros crímenes que fueron ejecutados por manos amigas, por gente de pro, por niños bien de apellidos ilustres o al menos por quienes actuaron como el brazo armado para la consecución de los intereses de los antes enumerados. Pero Ernesto Schoo se limita a decir que el incendio del circo de Frank Brown fue “una tristeza”, sin contextualizar ese acto miserable en el fogoneo del que participó el mismo diario que hoy publica sus notas. Ni mucho comprometer su palabra juzgando a los cobardes autores de la nefasta quema.
Para Ernesto Schoo, como todo el país, el teatro también vivió su era dorada hace un siglo. Y los jefes más altos en la jerarquía editorial de La Nación, descendientes por sangre y por ideas de quienes editaban el mismo diario hace cien años y se complacían en el incendio de un circo, esos jefes deben estar orgullosos de contar entre sus filas a un pensador como Ernesto Schoo.


