Al vestuario de hombres de un estadio deportivo de Hungría van llegando los jugadores de lacrosse de un club del porteño barrio de Almagro. Ellos competirán en el campo de ese estadio para alcanzar la máxima gloria: ganar la final del mundial.
El clima imperante los muestra más desafiantes que responsables, como confiados por reflejo canchero y no por conciencia de estar bien preparados. Estos argentinos (el entrenador y nueve jugadores, uno más que en el equipo femenino) son estereotipos del macho de estas pampas, por lo que lucirán relativas virtudes lejanas a la sensatez pero muy próximas a la testosterona. Y aquí, por confrontación, nos damos cuenta de que las jugadoras y la entrenadora de Vestuario de mujeres también eran producto de estereotipos, de imágenes socialmente aceptadas pero construidas con total ausencia de la menor reflexión, y es entonces que la más notable diferencia entre una y otra obra resulta de que los prejuicios de género que se transmiten sobre las mujeres siempre son negativos, en tanto que los referidos a los hombres son positivos (nunca olvidemos el más básico ejemplo: un varón de frondosa vida sexual es poco menos que un prócer, pero una mujer con similar actividad será considerada una puta atorranta e insatisfecha). Y, prejuicio por prejuicio, los machitos de esta versión salen ganando, porque caen bien, porque son vivos, sobradores, suficientes, ambiciosos, en tanto que las chicas –ya las vimos– son tontas y malas. No se trata de una pieza mejor concebida que la anterior ni de personajes más sólidos, sino de un mero efecto positivo que se despierta en la platea porque somos todos hijos e hijas de una cultura falocéntrica que, a iguales condiciones o condicionamientos, nos lleva a valorar más al que tiene pito. Así de fácil.
Sería injusto decir que todo se sostiene en esas ventajas, pues Vestuario de hombres cuenta, además, con buenos intérpretes, lo que permite que los personajes ganen gracias a las actuaciones.
El desarrollo del relato nos propone un salpicón permanente de situaciones sin que alguna de ellas llegue a ser medular: los rosqueros de la comisión directiva que se metieron en el equipo aunque están grandes para tal exigencia física (todo sea por el viajecito, ya se sabe), el conflicto entre los dos que mantienen un rollo sexual porque uno está enamorado y al otro le alcanza con coger (vínculo que por un instante ofrece el único atisbo de humanidad, pero de inmediato se banaliza para que nos riamos), el reportaje vía web que les hacen, la droga que provee el entrenador y todo lo que de ella se desencadena. Todo aparece y desaparece en inconstantes oleadas, con mucho pogo intercalado, mientras esperamos nuevamente que se nos despierte el interés con lo que pasará luego del partido que no vemos. Y una vez que terminó, van regresando todos al vestuario, pero uno de los jugadores recibió un mal golpe y tiene un grave remolino neurológico. ¡Ey, está por morir uno del equipo! Lo que nos anima a alentar ese final, porque para esta dramaturgia poco interesante resultaría un empuje muy potente que la práctica deportiva llevase a la muerte a uno de los miembros del equipo. Pero no, no hay muerte, y el lesionado apenas sirve para divertirnos no entendiendo o confundiendo lo que se le dice. Los pequeños conflictos se amontonan sin llevarnos a ningún lugar hasta que aparece Sándor, el coordinador húngaro, y viene el patrioterismo y la venganza y… ¡ah, no! ¿Otra vez un ajusticiamiento de ejecución anal? Sí, aunque usted no lo crea, Sándor es violado, pero debe estar acostumbrado a padecer penetraciones violentas pues de inmediato empieza a dar un discurso en el que alaba su patria y expresa su desprecio por nuestras incivilizadas tierras. Es inverosímil que ese tipo asimile lo que acaba de pasarle con esa venganza retórica que, además, desata la ira del entrenador argentino que da la orden de saquear el vestuario.
Eh…
Es entonces cuando pienso si estaré desmedidamente chauvinista o si, por el contrario, será que Javier Daulte sale a cazar espectadores en el vulgar coto de caza que le deja a mano la baratura televisiva de Tinelli y sus émulos con sus prejuicios de fácil absorción. No lo sé. Pero ahora cierra todo: aunque montadas ambas en prejuicios, Vestuario de mujeres planteaba cierta nota desagradable que podríamos haber identificado con la misoginia, pero Vestuario de hombres no ataca al correspondiente género por lo que antes señalamos, de manera que avanza con desprecio sobre el ser argentino. Algo que está bastante de moda en algunos sectores de la sociedad más reaccionaria y que es comprado con gusto por el medio pelo (que con tal de ver castigados a los negros cabezas, acepta con ligereza ser despreciado en la misma bolsa) y por parte de la intelectualidad con más sellos en el pasaporte que aportes a la cultura.
Como fuere, los chistes cuyo ingrediente gracioso es el desprecio a alguna característica de la sociedad a la que pertenecemos siempre me despiertan más indignación que risa. Y mucho menos reflexión, si ese era el propósito. Pero más allá de mis limitaciones como público de esos chistes, si quisiera disfrutar de sentirme maltratado como argentino leería algún editorial del español diario El País que destile fobia ante lo que identifique a nuestra patria, porque la operación política disfrazada de discurso racional puede despertarme risa, pero la sonsera no.
Por suerte, todo termina. Lamentablemente, una vez más salgo de una sala teatral deseando que llegue el día en que Javier Daulte vuelva.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Vestuario de hombres en este link a Alternativa Teatral.
martes, octubre 26, 2010
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