Montaje Decadente, edición 13ª, cumpliendo un año sin interrupción. Encontrala
en:
Andamio 90, Beckett, Belisario, Buenavía, Celcit, Defensores de Bravard, Del Abasto, Del Pueblo, El Camarín de las Musas,
El Duende, El Excéntrico de la 18ª, El Extranjero, El Fino, El Laberinto del Cíclope, IFT, La Carpintería,
La Ranchería, La Tertulia, NoAvestruz, Pan y Arte, Polonia, Puerta Roja, Querida Elena, Tadrón, Timbre 4, Vera Vera.


lunes, septiembre 20, 2010

teatro // Cada una de las cosas iguales, de Alberto Ajaka

El colchón tiene una clara primacía por sobre todas las demás cosas con las que tenemos contacto a lo largo de la vida: es indiscutiblemente el objeto con el que estamos más tiempo vinculados. A punto tal que, excepto casos muy particulares y por poco que alguien duerma, los humanos pasamos más horas junto al colchón que en contacto con nuestras parejas o hijos. Y si bien fue en su origen algo perteneciente a la órbita de la intimidad (sede del sueño, del sexo y de la convalecencia), los usos y costumbres han ampliado las horas que se pasan en él: los libros, la televisión, el teléfono y la notebook nos invitan muchas veces a aprovechar de la comodidad del colchón, pero también el monoambiente lo ha convertido en una especie de sillón para las visitas. Y a tantas virtudes universales de este amable objeto, nada mejor que homenajearlas inaugurando un monumento. Por supuesto: el Monumento al Colchón. ¡Gloria y loor! ¡Honra sin par! ¡Y viva el doctor! Sí, sí, porque en el mismo acto también se debe reconocer a esta preclara dirigencia que ha sabido elevar al sitial que se merece al nunca bien ponderado colchón. Una dirigencia atenta a su pueblo, que lo interpreta y concreta acciones que todo el pueblo esperaba, incluso sin saberlo, como este Monumento, seguramente el menos pensado pero el más pertinente de todos.
Aunque… bueno, no todo es motivo de celebración. Esta clase dirigente se presenta y habla en público, pero literalmente no da la cara. Durante la erección del monumento se los ve bastante improvisados. Para peor, se nota que hacen demasiado esfuerzo por mostrarse homogéneos entre sí y distintos del pueblo. Quizás se trate de una oligarquía no aristocrática, lo que explicaría que sus miembros sientan vergüenza y busquen disimular ese origen ajeno al patriciado. Y de alguna manera, homenajear al colchón es una excusa para aplaudirse entre ellos y despuntar el vicio de la oratoria, ya que la oratoria en cuanto virtud no les fue concedida.
De todos modos, pese a lo objetado, no se les puede negar cierta astucia, ya que pretenden ganar la simpatía del pueblo honrando el soporte de sus sueños pero ignorando sus sueños. A su favor también hay que reconocerles que tienen enfrente un pueblo con ganas de ser engañado, de ser manipulado; un pueblo cuyos miembros apenas levantan cabeza para declamar sus sueños (si tuvieran deseos, se movilizarían, pero no: apenas sueñan) y de inmediato vuelven a su supina mediocridad, que se contentan con identificar a sus dirigentes de ayer y de hoy en sus pesadillas como máxima catarsis. En fin, un pueblo que tiene en común no más que una acumulación inconexa de sueñitos individuales. Y un pueblo que hace política echado es a la vez causa y efecto de su clase dirigente: la crea y la sostiene con sus propias chaturas para luego dejarse alimentar con las sobras digeridas de sus mismas chaturas.
Este pueblo –a no dudarlo– aplaudirá a los impulsores del monumento, pues así se sentirán validados en su molicie. Y pueblo y dirigentes cantarán: “¡Sean eternos los colchones que supimos conseguir!”. ¡Ah, sí: qué bello es el consenso, qué grata la unidad! Y ahora, ya complacidos, aplaudan y váyanse a sus casas a tumbarse de nuevo en el sobrevaluado colchón del catecismo biempensante.
Y por supuesto que vamos a necesitar del colchón, porque una vez que nos vaya bajando el impacto provocado por la inteligente dramaturgia y la tan audaz como sobria puesta de Alberto Ajaka, vamos a empezar a sentir que este autor y director nos puso unas trompadas muy bien calzadas. (Quizás hayan sido potentes cross de izquierda, pero no conviene entrar en detalles pugilísticos ante quien creó e interpretó a Otelo, campeón mundial de la derrota.) Ahora bien, atención, que aquí no se juega con esos miserables golpes bajos que solo buscan inmovilizarnos mostrándonos a los argentinos como lo peor del mundo. Ni tampoco se propone la simplificación manipulada que señala a los políticos como la lacra culpable de todos nuestros males; confundir el contenido político de esta obra con una acusación destinada a la dirigencia política es fruto de una lectura hecha desde el analfabetismo político que tanto beneficia a los poderes más inconmovibles de esta sociedad.
Pero Cada una de las cosas iguales es, ante todo, una dura desmentida a la obstinada escuela que abomina del teatro político y bosteza ante su sola mención. Porque es un trabajo honesto, profundo, interrogante y reflexivo, a la vez que entretenido, infrecuente y con un ritmo que podría ser disfrutado hasta por una platea que ofreciera un electroencefalograma ideológico plano. Todo esto sin arrogarse pretensión alguna; al contrario: en esta pieza se escucha a Ajaka compartiendo dudas, no escupiendo fingidos apotegmas, mientras que con cierta socarronería nos gana para entregarnos a una reflexión sobre esto que somos, aun cuando no sepamos que es esto, si la Argentina o Albania.
El elenco es un típico caso de esa rara matemática que a veces se despierta en algunos grupos humanos que se suman en un proyecto pero ofrecen un resultado exponencial con respecto a sus individualidades. Ellas y ellos son Andrea Nussembaum, Andrés Rossi, Gabi Saidón, Julia Martínez Rubio, Leonel Elizondo, Luciana Mastromauro, Luciano Kaczer, Mariano Sayavedra y Sol Fernández López.
A cargo de la escenografía, Rodrigo González Garillo hace un gran aporte desde el espacio, asumiendo y capitalizando características propias de la sala.
La clase dirigente inaugura el Monumento al Colchón. No es para menos: han visto que gracias a ellos tienen acostada a la sociedad, y ésta, tonta, acepta canalizar ahí sus sueños. Y vuelta al inicio: Cada una de las cosas iguales podría continuarse indefinidamente, volviendo a iniciarse el acto primero tras el final del segundo, y estaría muy bien, porque uno se sigue al otro y este al primero. Y así ad infinitum. O ad nauseam. Pero ya es de noche y suponemos que todos deberían ir a dormir. Sin embargo, como bien decían en el tango Horacio Pettorossi y Alfredo Le Pera: “Silencio en la noche. / Ya todo está en calma. / El músculo duerme, / la ambición trabaja”.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Cada una de las cosas iguales en este link a Alternativa Teatral.

0 comentarios:

Publicar un comentario

*** Para publicar un comentario, NO USES ESTE FORMULARIO, pues no aparecerá. Seguí las instrucciones que se encuentran arriba, a la derecha, bajo el título "LINKEATE y/o COMENTÁ", y así será publicado.

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.