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viernes, septiembre 17, 2010

reflexiones // La danza, unos pasos por delante del teatro

Esta es una versión levemente corregida y aumentada de la nota publicada
en la edición 143 (septiembre de 2010) de la revista Llegás a Buenos Aires.


Este blog se dedica al teatro, pero algunas veces se ocupa de espectáculos de danza o danza teatro.
En las dieciocho palabras precedentes aparecen dos problemas habituales: 1) solemos usar la denominación genérica “teatro” para en realidad hablar de artes escénicas, de manera que invisibilizamos con el discurso a la danza; 2) los límites entre danza y danza teatro, y entre danza teatro y teatro no son exactos, y si agregamos la categoría teatro físico, los territorios propios de cada una de esas expresiones se confunden entre sí. Por supuesto que no toda danza: El Chúcaro y Norma Viola jamás anduvieron cerca de la Dinamarca de Hamlet ni de la Casa de muñecas de Ibsen, pero cuando tomamos ejemplos de la cartelera porteña, seguramente encontraremos muchos casos en los que la propuesta no está tan lejana de la frontera entre una y otra expresión.
Ya que hablamos de la cartelera local, si la observamos con atención advertiremos que no solo está nutrida por muchos trabajos en los que está presente la danza, sino que hay artistas que interpretan uno u otro tipo de espectáculos. Y aquí hay algo destacable: el dominio y la expresividad corporal de quien tiene formación en danza es una herramienta valiosísima en la actuación, con la que no siempre cuentan los actores y las actrices. Es que nuestro teatro está muy comprometido con situaciones conocidas y manejables en el cotidiano de casi todas las personas, en tanto que la danza se sostiene tanto técnica como emocionalmente en un fuerte trabajo personal que necesariamente implica superación. Así se genera una exigencia que, lejos de satisfacer, entrena en la búsqueda de una exigencia aun mayor.
Un tosco ejemplo puede ayudarnos. Imaginemos que Laura va a un taller de teatro. Es muy mala para actuar, pero llega la muestra de cierre, se pasea por el escenario con torpeza, tartamudea sus textos y, aun así, su tía (que jamás pisó un teatro) la felicita porque la vio “haciendo como si” fuera ese personaje. Ahora bien, Laura va a un taller de danza contemporánea donde aprende y se desempeña bastante bien, y su tía también va a verla en la muestra de cierre, pero apenas Laura pierda el equilibrio durante dos segundos en una coreografía de diez minutos, su tía estará pensando que esa chica debe volver a actuar.
La danza desnuda todo, mientras que el teatro puede llegar a zafar disfrazando. Además, el público puede poner mucha voluntad y aceptar que tal actor no sea fluido en su hablar pues hay muchas personas que tampoco lo son, pero difícilmente deje pasar que un bailarín se caiga.
No es extraño, entonces, que en la danza se note mucha más audacia, más profundas búsquedas, más desarrollo en las técnicas de interpretación que en el teatro. Sin embargo, en parte alejándose de esta apreciación, el actor, bailarín, director y coreógrafo Pablo Rotemberg, hablando de este tema, dice: “Creo que la danza contemporánea independiente de nuestra ciudad (categoría en la que incluyo mi trabajo) se toma demasiado en serio a sí misma. Es como si al momento de embarcarse en un nuevo proyecto, uno debiera aprobar un examen muy exigente, y después resulta que esa danza no le interesa mucho a nadie. Ese es un problema. La danza es el pariente pobre y sin prestigio del teatro. Siempre ha estado bajo su sombra. Parece que siempre necesita justificarse sí misma y justificar su existencia intrascendente. No está amparada ni por una fuerte tradición institucional ni por el reconocimiento social. En cambio, el teatro, y, en realidad, también la música, la literatura, y las así llamadas bellas artes no tienen estas preocupaciones. Saben lo que son. Ahora bien, yo creo que la danza también sabe lo que vale, pero acaso no se atreve a gritarlo de manera más relajada”.
Para mejor entender lo dicho por Rotemberg, veamos cuatro espectáculos de danza, danza teatro y teatro físico (sin que nos toque a nosotros determinar qué subgénero se cruza en cada uno de ellos) que este mes podemos aprovechar en Buenos Aires.

Hamutay y Va
La Compañía Nacional de Danza Contemporánea (Bettina Quintá, Diego Franco, Daniel Payero, Ernesto Chacón Oribe, Juan Cid, Luciana Benosilio, Pablo Fermani, Victoria Hidalgo, Victoria Viberti y Virginia López) está presentando la segunda edición de Partido y compartido, un programa en el que incluyen un trabajo propio y una pieza de danza presentada por otro grupo de artistas.
En Hamutay, los dueños de casa –con dirección de Laura Roatta– parten de la mirada de los pueblos originarios sobre los cuatro elementos, prevaleciendo siempre su carácter ritual. Y aunque esta es una propuesta ciento por ciento de danza contemporánea, el tránsito previo de esta compañía ha fogueado a sus miembros en cuestiones más cercanas a lo teatral que bien saben explotar. Como nota destacable, además de una técnica admirable y un lenguaje coreográfico cada vez más personal, hay que recordar que esta compañía viene ahondando en la búsqueda de una expresión con fuerte identidad argentina y latinoamericana.
Los compañeros de ruta son Emiliano Formia y Ramiro Bailiarini, quienes interpretan Va con la dirección de Mariana Carli. La propuesta es tan atractiva como extraña, pues al comienzo los bailarines se muestran claramente recreando movimientos y reacciones de animales e insectos, y como si ciertos condicionamientos de la evolución jugasen una broma, ya en el estadio humano no parecen haber superado demasiado la etapa anterior. Así, podría entenderse el título por la contraria pues, en realidad, no va demasiado o, a lo sumo, va un poco y vuelve otro tanto. Y, sobre todo, se queda habitando el propio cuerpo, el contacto hallado, el espacio disfrutado.
Estrenada el año pasado, es un acierto haberle brindado a Va esta posibilidad de volver a presentarse. Y junto a Hamutay forman un deleitable doble programa para quien quiera asomar su mirada a los rumbos que anda tomando la danza contemporánea por estas latitudes.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Hamutay en este link a Alternativa Teatral.
Y acá, las correspondientes a Va.


Un poyo rojo
Dos hombres en un vestuario, lugar emblemático si los hay de la masculinidad, de su camaradería, pero también de los momentos previos y posteriores al mutuo desafío. Y, por qué no, donde nacen y mueren algunas fantasías.
Son Luciano Rosso y Nicolás Poggi quienes transitan esta propuesta en la que coquetean permanentemente con el humor. Provocándose de mil maneras y generando siempre una reacción nueva que puede ir desde la cadencia de una cumbia hasta la lucha, ellos dejan ver una celebrada heterodoxia a la hora de buscar recursos que, sin aparecer pretensiosa, indudablemente abre caminos.
Hermes Gaido, director de Un poyo rojo, es quien inscribe en los cuerpos de los intérpretes una especie de Babel del movimiento en escena: esa multitud de lenguajes que aparecen para confundir es, sin embargo, la que en esa misma eclosión define una poderosa belleza.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Un poyo rojo en este link a Alternativa Teatral.


La idea fija
Poco amigo de cualquier eufemismo conceptual o estético, Pablo Rotemberg (el mismo que nos dijo que la danza es la pariente pobre) creó esta obra en la que transformó la mecánica sexual en belleza. Aquel acto que en cualquiera de sus variantes siempre tuvo sinónimos en indicaciones u onomatopeyas meramente físicas (triqui-triqui, meta y saque, darle bomba, etc.) tenía escondido un potencial artístico que la mayoría de los mortales no supimos ver. A no imaginar romanticismo ni tampoco mucho despliegue en seducción: la cosa está que arde y ese es el punto de partida, por lo que toda encontrará su forma en festivo montón o en atlético cuerpo a cuerpo.
Rotemberg es un artista notable. Nadie que haya visto El lobo en alguna de sus cuatro temporadas (2005-2008) podrá olvidar ese relato ridículo y desesperado, ese cuerpo atravesado por lo noble y lo abyecto, ese artista que permanentemente estaba rompiendo límites para arrojarse sobre los nuevos que se le aparecían. Aquí lo hace otra vez, ahora desde la dirección y con el desafío de estar en el escenario asumido por Diego Mauriño, Juan González, Rosaura García, Vanina García y el excelente Alfonso Barón, quizás el intérprete más afinado con la propuesta del director.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La idea fija en este link a Alternativa Teatral.


Esta nota no tuvo la intención de esclarecer nada (cosa que quedó demostrada), aunque sí el propósito de alentar a ir a ver alguno de estos espectáculos y despertar también estas dudas acerca de los caminos que la danza está abriendo y que parecería que el teatro no sabe o quiere buscar.

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