Un barrio. Seis adolescentes. Típicos adolescentes: así como en un momento están atravesados por una conciencia existencial envidiable, al rato pueden estar actuando con la menor responsabilidad imaginable. Como temerosos de ser absorbidos por la masa, hacen ingentes esfuerzos por mostrarse muy particulares, tan particulares como el mercado les permite diferenciarse en el vestir y en el consumo. Pero esas características –que muestran hasta con rabia– son mayoritariamente fútiles, tanto por ser mercancía como por estar ellas y ellos permanentemente amoldándose al otro, a su mirada, a la expectativa ajena. Son desesperadamente sociales, aunque en su discurso indiquen bastante desprecio por la sociedad.
Un ser sobrenatural vira esta pieza hacia caminos clásicos de la tragedia: seamos griegos, españoles del Siglo de Oro o posmodernos, partamos de lo trascendente o del materialismo, siempre se abre un precipicio ante cada decisión que tomamos, queramos verlo o no. Para conocer más de los senderos que toma Visages, que cada cual se adentre en esta obra.
Si la edad de los personajes abre la sospecha de que la identificación con ellos podría quedar circunscripta a esa misma franja etaria, vale señalar que ese permanente deseo de complacencia, esa necesidad de ajustarse a lo que se supone demanda la mirada del otro, eso excede a la inseguridad de la adolescencia y está a la orden del día en nuestra sociedad. Esa complacencia también podemos verla en nuestro teatro (y en la crítica, pero eso ya es otro capítulo), que suele exhibirse tan condescendiente con el público que muchas veces termina siendo temeroso en su discurso e ineficaz en la interpretación. No es esta, justamente, la tesitura del texto de Hubert Colás ni de las elecciones en dirección y puesta en escena de Miguel Israilevich: aquí no hay facilismos ni guiños para el público. Es que el solo hecho de asumir un texto como el de Visages es indicio de una valiosa búsqueda por parte de quienes forman este equipo artístico. Pero a no entender esto como elitismo: lejos de estar haciendo un teatro para entendidos, están despertando la atención, la escucha, la emoción y la reflexión del espectador. Toda una aventura digna de ser celebrada esta producción en la que el relato y el lenguaje no son cotidianos, en la que hasta los cuerpos no fueron copiados de los que a diario nos cruzamos.
A propósito de esto, Colás, Mathieu Orcel (el traductor) e Israilevich (en tanto adaptador) invitan a entregarse a la sonoridad del texto. A no temer, que el relato puede resultar complejo pero dista mucho de ser hermético. Y sí o sí nos alcanza gracias a los mismos cuerpos de las actrices y los actores que, atravesados por cada palabra pero trascendiendo lo conceptual, transitan con intensidad sus emociones, incluso con las que los personajes pretenden ocultar toda emoción. Finísimo trabajo logrado por un excelente elenco. Comenzando por Diego de Paula, que compone al ser sobrenatural con verdad y sutileza, a la vez que sostiene la energía intensa que le exige armonizar con un elenco formado por artistas de entre 21 y 28 años. Carla Pessolano, sin forzamientos y lejos de aniñarse, sostiene y desarrolla a su aún niña, resultando el polo opuesto necesario para el despliegue de la chica que da muestras permanentes de tener las cosas claras, interpretada por una muy precisa Sol Rodríguez Seoane. Guido Botto Fiora, el más joven de este joven elenco, deja en todo momento entrever un mundo interior que enriquece a su personaje. Con fuerte apuesta corporal, Nicolás Deppetre crea a Árbitro, otorgándole interés al que posiblemente sea el personaje menos lucido. Siempre atento en la escucha y creíble hasta en los mínimos tics, Ramiro Giménez inunda de vida y ternura a su candidato a raterito. Y Rodrigo Lico Lorente, profundo, lleno de matices, alcanzando momentos de excelencia. Realmente, un excelente elenco, de rica diversidad y con una muy lograda conexión.
Otro punto a destacar es la escenografía, realizada por dos de los actores. Y también en esto han hecho un gran equipo, porque De Paula desde sus conocimientos como arquitecto y Lico Lorente con su experiencia en dirección de arte en cine han trabajado con adecuada imaginación. Con unos pocos cajones blancos (que a la vez son artefactos lumínicos) delimitan los espacios que habitan los distintos personajes. Pero esos mismos cajones pueden entenderse como maquetas del barrio donde viven, monobloques modernos que unen y separan. Y si jugamos con esta imagen, podemos aventurar que ese barrio les queda chico, pero que no salen de ahí, donde se sienten, pese a todo, seguros.
En cuanto al vestuario, lo que Gustavo Alderete y Natalia González han hecho es, más que elegir ropas, pintar la vida de los personajes por encima de su propia piel.
Detrás de todo esto, o mejor dicho, aunando y orientando todos estos aportes valiosísimos que él mismo supo elegir, está Miguel Israilevich que, atento con agudeza al texto, ejerce con seriedad y solvencia las libertades necesarias para darle vida desde la dirección. Y, a diferencia de los adolescentes retratados, él y el elenco han trabajado ajenos a la pobre lógica de la complacencia para ganar público fácilmente: nadie saldrá de una función de Visages diciendo que es “divertida”, pero cuando encuentren una palabra para calificarla, sin dudas será una que indique una virtud más permanente que la mera diversión, pues aquí no hay teatro para entretener, sino para contemplar, escuchar, admirar y reflexionar. Casi nada.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Visages en este link a Alternativa Teatral.
Y aquí, el link al blog de Visages.
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