Pero en estos tiempos en que la política ha vuelto a ser considerada mucho más que la rosca de unos pocos, es necesario recordar algunas cosas y hacer un cruce de informaciones. Hagamos un poco de memoria.
La señora Sarlo, en una nota publicada por el diario Perfil el 30 de diciembre de 2007, se tiraba de sus canosos pelos expresando su horror porque “algunos artistas e intelectuales están viviendo un síndrome que antes se llamaba oportunismo, pero que ahora se denomina ‘ocupar espacios para que no los ocupe alguien peor’”, en clara referencia a quienes estaban aceptando cargos en los albores del gobierno macrista, e incluso dedicándole la idea a Rubén Szuchmacher, entonces flamante director del FIBA, a quien Sarlo no acusa explícitamente, pero argumenta y estructura sus frases para dejarlo en off side:
Lombardi no sólo despidió a Graciela Casabé, la directora del Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, sino que le exigió que desalojara sus oficinas en 48 horas. Casabé fue responsable de ese festival, de gran éxito, durante años que incluyeron cambios de gobierno. A ninguno le pareció que había que sacarla ni, mucho menos, con malos modos. Pero a Lombardi, sí. Rubén Szuchmacher sucederá a Casabé. La cuestión no pasa por la capacidad de Szuchmacher para dirigir ese festival. Es un director de teatro reconocido, gestiona un pequeño teatro también reconocido y seguramente tiene ideas interesantes para el festival. La cuestión pasa por otra parte.A lo largo del resto de la nota, Sarlo jamás determina por dónde pasa la cuestión. Habla de cómo deberían hacerse las cosas (ella es especialista en materia ejecutiva, ¿no?). Y termina la nota con una provocación:
Una pregunta que no puedo responder con los datos presentes: ¿son ávidos de poder, desconfiados o simplemente ignorantes?En esos días, Montaje Decadente se ocupó de esa jodida intervención de Beatriz Sarlo, y poco después, también comentamos la defensa que en su inconsistente columna del mismo diario Perfil hizo Rafael Spregelburd de lo dicho por Sarlo.
Y si fuéramos más atrás podríamos ver que Sarlo criticó duramente a Aníbal Ibarra luego del incendio de Cromañón, y desestimó la maniobra que la derecha porteña puso en marcha para llevarlo al juicio político y ganar así protagonismo político en la ciudad. Ahí, Beatriz Sarlo no se cuestionó que su opinión estaba acompañando las posiciones del macrismo y también las del kirchnerismo. Rara progre esta señora que el 8 de marzo de 2006, tras la vergonzosa destitución del jefe de Gobierno, decía en Página/12:
Sobre el juicio político seguiremos discutiendo, pero a condición de que se retire el argumento de mala fe de que se trata de un golpe. Los argentinos, hace treinta años, aprendimos lo que es un golpe, y no hay acuerdo parlamentario, ni abierto ni secreto, ni necesario ni espurio, que pueda compararse.Sarlo no es tonta como para pedir ver los bigotes Videla y recién entonces animarse a hablar de golpe de Estado; sabe que hay distintos modos de hacer caer a un gobierno. Pero hacerse la tonta en este punto le permite seguir vendiendo sus argumentos de saltimbanqui tanto años atrás a Página/12 como ahora a Clarín y La Nación, sus nuevos aliados ideológico-económicos. Sarlo aparece entonces como una oportunista disfrazada de intelectual. Aunque –nobleza obliga– podemos atenuar la impresión sobre sus dichos alegando que, quizás asustada por el saqueo que su enemigo K ha hecho de las AFJP, ella se vende al mejor postor para asegurarse tranquilidad en su vejez ya cercana. Como fuere, algo es claro: la honestidad intelectual no la pudo haber llevado a decir nada, nada de lo que citamos en esta nota. Ni lo que citamos a continuación.
Porque el asunto es que ahora, a dos años y medio de su vómito sobre quienes aceptaban cargos de Mauricio Macri y su vomitiva solidaridad con la impresentable Graciela Casabé, ahora la señora Sarlo defiende a Macri. Con absoluta soltura de cuerpo y con una liviandad asqueante, el pasado 20 de julio publicó en La Nación una nota que comienza así:
Kirchner ha logrado el procesamiento de Mauricio Macri. Dentro de algunos años, cuando se recuerde este episodio de pormenores deleznables, se dirá que el ex presidente no despreció ningún arma personal, política, económica o judicial.¿Argumentos? Los que le dicta su calentura cerebral. ¿Pruebas? Ninguna. El resultado es un bochorno periodístico a la medida de la derecha que necesita que le digan que Néstor Kirchner es un demonio marxista. Y Beatriz Sarlo, la progresista, termina defendiendo a Mauricio Macri, al mismo que abominaba años atrás, el mismo que contagiaba cierta lepra ética a quienes cumplían tareas bajo su administración. (Lepra que alcanzaba a los nuevos directores de festivales pero que, por un recorte mágico que ella implementaba para no quedar como una reverenda pelotuda, no alcanzaba, por ejemplo, a los directores de hospitales. ¿Será que en el mundo de Sarlo el progresismo tiene que ver con la cultura pero no con la salud?)
Esa nota de La Nación tiene dos párrafos asombrosos, donde la pluma de una de nuestras más reconocidas intelectuales (estamos muy mal si realmente lo es) delinea a Macri como un bienintencionado jefe de Gobierno acosado por dos malvados.
De los Macri puede decirse que son realistas. Mauricio se presenta, invariablemente, como un hombre pragmático. Su padre no se presenta así porque no tiene necesidad de autodefinirse, ya que su identidad no está en juego: es lo que es. Mauricio, en cambio, para ser lo que quiso ser desde hace unos pocos años (un político), debió armarse una identidad más allá de los éxitos de Boca Juniors. En los debates de la campaña electoral por Buenos Aires, cada vez que sus contendientes se trenzaban en una discusión de ideas, Macri esperaba el momento para meter su bocadillo: "Yo tengo una propuesta". Quería decir que mientras Telerman o Filmus discutían por las nubes, él estaba con los pies en la tierra y que para cada bache tenía listo el kilo y medio de hormigón. Sobreprometió. Y entre esas promesas, cuyas dificultades eran mayores que sus posibilidades, estaba la de una fuerza de seguridad para Buenos Aires.Queda suficientemente claro, me parece, que la posición de Beatriz Sarlo ante el macrismo tiene etapas cutos cambios responden a la conveniencia, la operación, la compra-venta o la esquizofrenia, no lo sé, pero jamás al criterio honesto. Entonces, ¿desde dónde hablaba Sarlo al escandalizarse por quienes asumían cargos al inicio del gobierno de Macri?
La falta de experiencia y la idea de que los conflictos políticos se solucionan con "gestión" lo llevaron a imaginar que Kirchner iba a entregarle la Policía Federal aposentada en las comisarías de Buenos Aires. Cualquiera, menos los esperanzados vecinos que lo votaron, sabía que esto no iba a suceder.
Y así, ¿desde dónde habla Sarlo cuando escribe unas líneas sobre una obra de teatro? Y entonces, ¿para qué queremos la opinión de Sarlo si su palabra no vale nada porque ella misma se ha encargado de devaluarla?
Invítenla, por supuesto, cuantas veces quieran al teatro las agencias de prensa o los elencos o quien fuere que desee que Sarlo vea su trabajo. Pero, por favor, por el bien de todos, tengan la amabilidad de no tomar sus palabras como argumento a favor de sus obras.
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