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viernes, julio 16, 2010

teatro // El sepelio, de Heidi Steinhardt

Sobre el final de la emisión del pasado 10 de julio del programa Postales argentinas que conduce Jorge Dubatti por AM Nacional todos los sábados de 20 a 21, pudo escucharse el siguiente diálogo entre el también conductor radial y la dramaturga y directora Heidi Steinhardt.
J. D.–Contanos un poquito la historia. Ya hemos leído –por supuesto– El sepelio; vos nos has enviado el texto muy generosamente, y ha sido un placer leerlo. Pero contale a los oyentes un poquito la línea argumental, cuál es el punto de partida argumental de El sepelio.
H. S.–El sepelio cuenta un domingo a la mañana de una madre con sus tres hijos grandes a quienes invita a desayunar con la excusa de organizar su sepelio. Y a lo largo de la obra, lo que uno va viendo es que en esa hora en que están reunidos suceden otras cosas, y que la madre tiene un plan muy absurdo pero que la tiene muy asustada, muy preocupada, y que es lo que lleva adelante toda la obra.
J. D.–El punto de partida entonces es esta costumbre de la gente que prepara su propia tumba, su propio lugar en el cementerio.
H. S.–Sí, sí; en un sentido literal y en un sentido metafórico está planteada esa idea.
Poco más adelante, Dubatti agregó: “Yo tengo la suerte de tener todo el archivo de la génesis de El trompo metálico, gracias a Heidi Steinhardt”. Y para no dejar dudas acerca de sus intereses, pasó el chivo útil para el bolsillo del conductor-investigador y la cartera de la dramaturga: “Quiero decirle a los oyentes que El trompo metálico también se puede leer; está editado en el volumen de dramaturgia de Colihue, y es realmente un texto muy hermoso”. ¡Dale nomás! ¡Dale que va!
No me voy a detener en las raras cualidades que evidencia el ciclo Postales argentinas porque será objeto de una nota próxima en este blog. Lo que aquí me interesa señalar es cómo se manipula la opinión del potencial espectador: como de costumbre, Dubatti confunde teatro con texto teatral, de manera que destaca un texto que dice haber leído pero que no vio en escena, y finalmente instala la validación que para el imaginario supone la participación de un autor (una autora, en este caso) en un libro impreso. En síntesis, su mensaje es que la autora ha accedido a tener su obra publicada, y esta nueva obra es muy buena. Es palabra de Dubatti. Te alabamos, Dubatti. Y andá ahora a esperar que siquiera una de las decenas de las voces de la Asociación Argentina de Investigación y Crítica Teatral (Aincrit, un invento de Dubatti) que se han domesticado en la complacencia al cortador del bacalao (Dubatti, claro) se atreva a pisar fuera del territorio marcado (por Dubatti, sí).
De todos modos, por si no te acordabas o no lo sabías, el volumen de dramaturgia al que se refiere Dubatti en el que está editado El trompo metálico pertenece a la colección Teatro de Editorial Colihue, colección que coordina Jorge Dubatti. Y llegó a ser publicado porque ganó el segundo premio en el Concurso Colihue Teatro 2008, cuyo jurado fue coordinado por Jorge Dubatti. Pero no todo es pasado: la misma Heidi Steinhardt asegura en su perfil blogger que “prepara la edición de sus obras bajo la supervisión de Jorge Dubatti”. Suena raro, entonces, que Dubatti haya señalado en el reportaje que Steinhardt le había enviado “muy generosamente” el texto de El sepelio, porque siendo él quien supervisa la edición de sus obras, cae de maduro que debía, que forzosamente tenía que enviárselas la autora.
¿A qué vino esta introducción? A que hay que decir una y cien veces que cuando se instalan discursos de peso apenas estrenada una puesta teatral –o incluso desde antes–, difícilmente no se alineen con esa opinión algunas (o muchas) personas que, desde la segunda o tercera línea, creen que siguiendo criterios superiores lograrán sumar porotos y mañana serán importantes (algo así como autodisciplinamiento, diría un sociólogo, aunque en mi barrio le dicen ser chupamedias, trepador, condescendiente y algunas otras cosas que no encontré en el diccionario de la Real Academia). Esto es bien sabido: si antes de la carrera te mostrás con el caballo del comisario, seguro que muchos no abrirán la boca si te ven tomando un atajo.
Ahora sí, sentémonos y apaguemos los celulares, que empieza la función.

El sepelio
Una madre reúne a sus tres hijos en un desayuno dominical. Ese solo dato nos pone en aviso de ciertas características de esa familia: reunirse un domingo a la mañana, más que de rareza o disfuncionalidad, habla lisa y llanamente de una madre jodida y de tres hijos resignados a quien los parió. Poco después tendremos ya elementos suficientes como para corregir esa apreciación: la vieja es una hija de remil putas, un monstruo destructivo que no busca sino cagarle la vida a cada uno de sus hijos. Y ellos son tres boludos mayúsculos. Sin matices. Lo que resulta en un espectáculo de humor que busca permanentemente el atajo del puro efectismo de una agotadora continuidad de gags. Con situaciones tan grotescas como en la que Coyi (Diego Rinaldi) se pasea sin pantalones, luciendo en el slip un pitufo estampado a la altura del culo. Ja. Con emociones tan pobres y sobreexplotadas como cuando Alfredo (Néstor Caniglia) se asusta por un sonido y grita y grita y grita su reclamo y no se calma y no se calma y no se calma porque no le avisaron que iba a sonar ese pito o timbre. Ja. Con imágenes tan arbitrarias y desmesuradas como cuando Zulema (Cristina Maresca) ataca a sus hijos con la tierra de las macetas. Ja. Con personajes tan pobremente delineados como Pedro (Guido Silvestein), que no se sabe si tiene calor, está de resaca, se clavó un charuto descomunal hace dos horas o padece hipertiroidismo pero lo controla con meditación.
Que sean tres hermanos bastante idiotas y que siempre actúen como tales los hace fácilmente asociable a Los Tres Chiflados. Ojalá, pero no; ni siquiera en el momento de la torta en la cara llegan a ser cómicos: aunque la propuesta bordea el “homenaje” a Moe, Larry y Curly, no es graciosa.
Ah, ya me había olvidado: la malvada de Zulema convoca a sus tontísimos críos para dejar organizadas sus propias exequias, pero eso queda siempre en un segundo plano. No tanto porque se trataba de una excusa para poner en marcha un plan para que sus hijos desconfíen entre sí y poder ella fumárselos a los tres, sino porque lo importante es que la obra resulte hilarante. ¡Nada mejor que un público que se ríe fácil! Y nada más fácil que hacerlo reír de taradeces luego de dos décadas de adiestramiento de Marcelo Tinelli y sus parásitos.
Pero parece que quien también olvidó el asunto del funeral (el trasfondo serio de esta pieza) fue la misma autora, y lo recordó a último momento. O quizás creyendo que aquello de Almafuerte, eso de que “todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte”, sea aplicable al teatro, en los últimos minutos, cuando la obra agoniza, Steinhardt pretende curarla dándole un giro de pretensiones dramáticas, la pone seria a la fuerza, uno no sabe a qué viene ese barato golpe bajo, la hora de gags y humoradas gruesas que te comiste sentado es borrada de un plumazo trágico pero, por suerte, se apagan las luces.

Pero hay más
No, no más de El sepelio, por suerte. Pero sí hay más acerca del discurso instalado por fuera del hecho escénico. Mirá lo que dice la misma Heidi Steinhardt en la gacetilla de prensa:
El sepelio es una comedia dramática que hace foco en un tipo de vínculo filial cimentado en un “deber ser” que religiosamente se transmite de padres a hijos. En esa transmisión avalada por las instituciones más eminentes que organizan una sociedad, se producen todo tipo de interferencias provocadas por los deseos incumplidos, las propias frustraciones y la promesa de un premio o castigo según la ocasión.
Me interesa particularmente plantear ciertos interrogantes sobre la supervivencia, la permanencia de este modelo de relación que paradójicamente a su “buena prensa” provoca grandes sufrimientos en los seres humanos. El sepelio intentará abrir un diálogo que comienza mostrando las pérdidas irreparables que provoca la puesta en marcha de aquellos paradigmas obsoletos que si bien han encontrado espacios de debate y discusión, aún tienen fuerza de ley universal.
No tengo por qué no creerle a Heidi Steinhardt acerca de que quiso hacer todo lo que dijo en la cita precedente. Pero si lo que dijo es lo que quería hacer, que alguien le avise que el 95% de lo que dijo quedó adentro de su cabeza, jamás bajó al papel y mucho menos pudo llegar al escenario.
Sin embargo, no todos son avales dados por la misma autora y directora. También en la gacetilla de prensa hay palabras del dramaturgo, director y docente Ignacio Apolo. Preparate.
El lenguaje, en esta obra, es admirable. La nitidez en la captación de un discurso decadente, la estilización del abyecto lugar común y el tono absurdamente “retro” de su protagonista ratifican lo que Heidi Steinhardt ya había mostrado en El trompo metálico, su obra anterior: un talento refinado y, al mismo tiempo, exuberante.
El sepelio retoma el tópico de la familia entrópica, cuyas mismas fuerzas destructivas la sostienen en escena, y la figura central de la madre, poderosa, atroz y absurda. El humor es terrible. El tópico del funeral, notable. Los personajes, una explosión de formas. El ambiente, opresor. Y el resultado final, una obra extremadamente graciosa y cruel.
Ahora sí estamos listos para el sepelio.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El sepelio en este link a Alternativa Teatral.

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