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lunes, julio 05, 2010

teatro // La verdad fugaz, de Guillermo Hermida

Occidentales y cristianos como somos, herederos por las buenas o por las malas de Aristóteles y de Tomás de Aquino, basta que escuchemos la palabra verdad para que pensamos en algo permanente, unívoco, incuestionable, universal. Es “la verdad”, en singular. Es una. No cambia. Punto. Y, sin embargo, la vida nos plantea preguntas al respecto. ¿Es inmutable la verdad? ¿Hay una sola o muchas, aun sobre un mismo objeto? ¿Cuándo, o mejor, por qué una verdad deja de serlo? Y luego vendrán las preguntas de la ética, todas las relacionadas con lo que nosotros hacemos con la verdad o las verdades, sea como fuere.
Estos temas, estos interrogantes que atraviesan la historia del pensamiento y también nuestras decisiones cotidianas, son los que subyacen en La verdad fugaz, la obra escrita y dirigida por Guillermo Hermida sin ninguna pretensión más que la de contar una historia de verdades y de amores. Y es ahí –más allá de toda cuestión filosófica y ética– donde la estantería se nos viene encima: cual módica Caja de Pandora, son interminables los líos que se desatan cuando la verdad se cruza con el amor. Líos de los que todos y todas hemos sido víctimas, autores y testigos. ¿Quién no ha dicho siquiera una vez “Te amo” y sintió y supo que esas dos palabras eran la verdad más absoluta y totalizante que jamás hubiera pronunciado? ¿Quién no ha llamado a otra persona “mi amor” y sintió y supo que había una verdad mucho más grande que lo que podían contener esas dos palabras pero, aun inasible en conceptos, era clara y patente? Y, pese a esto, es muy probable que haya llegado o vaya a llegar un día en que esa verdad ya no sea lo que había sido. Podrá estar menguada o haber desaparecido del todo, quizás haya sido reemplazada por otra o incluso hasta descubramos que jamás fue real.
Como en la vida misma, en La verdad fugaz todo sería mucho más fácil para los personajes si la verdad fuese una y eterna. Y también el amor, como otras tantas cosas que nos gustaría que fueran eternas y sin fisuras, empezando por nosotros mismos. Pero no es así como funciona el teatro, ni tampoco el mundo.
De todos modos, ¿quién se atrevería a minimizar las bondades que no radican en la eternidad, o al menos en lo que podemos percibir de ella? ¿Es más bello el Sol, que nos precede y nos sobrevivirá, que una estrella fugaz que se nos aparece, nos sorprende, ilumina la noche, nos estremece y marca un rumbo en cuestión de segundos? ¿Y acaso estaremos en condiciones de conocer y beneficiarnos de una verdad eterna e inmutable? Capaz que no, que lo mejor es manejarnos con verdades chiquitas, asequibles, fugaces.
Cuando las luces se encienden, vemos a una novia (léase: una mujer indudablemente ataviada para la ocasión de contraer matrimonio) sentada junto a la barra de un bar es una imagen poco común que propone de suyo una situación extrema, una causa gravísima. (Es inevitable recordar a Emily, el personaje interpretado por Joan Cusack en la película In & Out, que terminó su frustrada noche de bodas junto a la barra de un bar luego de que su novio, en lugar del típico “Sí, quiero”, no pudo ocultar la verdad y dijo “Soy puto”.) Según relata esta novia, Emma, fue ella misma quien decidió abandonar la escena del enlace. Y con la enorme ventaja de ser la protagonista del abandono y no su víctima, Emma expone los motivos de su decisión ante la mirada y la escucha de Cristóbal, con quien su novia recién ha roto pero, por suerte para él, en un día como cualquier otro, no en el de la boda.
En el mismo bar, en una mesa cercana, Pedro y Sebastián están compartiendo una indeseable pero inevitable charla en la que, luego de pasado un tiempo desde que terminaron su relación de pareja, intentan saber cómo está el otro, tantean si hay margen para recomenzar, exhiben con algo de histeria sus dolores y se despiden convencidos de que todo será peor.
A partir de entonces, los personajes se entrecruzarán e irán tejiendo un mar de situaciones nacidas tanto de la puja surgida de la separación entre el amor y la verdad como de cierto opuesto formal que estaría dado por la protección que la mentira parece brindarle en ocasiones al amor. Asuntos estos que nos llevan la vida, terminan parejas, nos traen insomnio y hasta somatizaciones de todo tipo. Asuntos que suelen provocar tensiones y conflictos entre las personas en cuestión. Pero en La verdad fugaz no hay estados extremos; al contrario, cuenta con sujetos frágiles que hacen lo que pueden, que no tienen intenciones de ser héroes trágicos ni convertirse en cómicos banalizando sus sentimientos. Son frágiles, pero no les gusta quebrarse. Son pequeños con enormes deseos. Son medio sonsos cuando de amor se trata. Son como la mayoría de nosotros. Y se nos presentan sin ningún juicio sobre ellos ni pretendiendo impunidad o inimputabilidad para ellos.
Ahora bien, si se parece tanto a la vida misma, al cotidiano de cualquiera de nosotros, ¿en dónde, entonces, reside el interés que despierta esta obra? En la mirada con que Guillermo Hermida nos invita a asomarnos a esas vidas. El plus que ofrece es mirar a ese quinteto nada novedoso de sonsos, mentirosos, cagones y soñadores desde la ternura. Es esa la clave: la ternura, que atraviesa toda esta pieza, a cada personaje, cada vínculo, cada diálogo.
Pero hay algo más que un buen texto aquí. Empezando por un acertado elenco. Luciana Dulitzky construye con generosidad el único personaje secundario de esta obra (del que no he hablado para no revelar la trama de las primeras escenas). Luciano Correa como Sebastián y Mariano Farrán como Pedro podrían contarnos todos los años de pareja de sus personajes con solo mirarse a los ojos; tal es la emoción que logran comunicar en ese contexto de su ruptura. Qué decir de Pablo Cura, en un personaje sencillo y sensible como Cristóbal, que le permite desplegar un trabajo cálido y fácilmente querible como nunca antes le habíamos visto interpretar, pero al que llena de vida y verdad como él siempre sabe hacer. Lucrecia Gelardi, en una interpretación enorme y honestísima que hace a Emma como debe ser: alocada y adorable. Los cinco atentos, acompañándose y descubriéndose en cada diálogo y en cada gesto. Y cuando surge entre ellos algún conflicto, jamás toman el atajo de manifestarlo con gritos (recurso del que tanto se abusa en el teatro porteño), seguramente porque saben expresar sus emociones no solo con las cuerdas vocales pero también porque Hermida se ha negado –tanto en lo que pide su texto como en su trabajo con el elenco– a echar mano a los vacuos alaridos para resolver la exposición de tensiones.
Imposible pasar por alto el aporte de Sebastián Sabas en el vestuario y en la impactante escenografía, que bellamente evoca esa cierta taciturnidad que vemos tras la vidriera del bar en la obra Noctámbulos, del pintor Edward Hopper. Con la ventaja de que aquí las emociones que transmite el espacio se modifican con la siempre eficaz iluminación de Ricardo Sica.
Este trabajo honesto, limpio, tan sencillo como respetable por donde se lo aborde, es el segundo que Guillermo Hermida ha escrito y dirigido. Y si bien el primero, Cupido sin detenerse, era un espectáculo más que prometedor, el crecimiento de Hermida en sus dos roles merece ser destacado. Hay que señalar, además, que no tiene ninguna relación lo que él hace con la mayor parte de lo que hoy ofrece la cartelera porteña, lo que no se debe traducir en términos de mejor o peor, sino que necesita ser explicado (y resaltado) como una búsqueda muy personal.
Quizás la clave de este creador esté en que no da un paso más allá de sus posibilidades. Quizás sabe bien que, como la vida y el amor, la verdad es limitada, fugaz. Y nada más fugaz que la verdad del teatro.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La verdad fugaz en este link a Alternativa Teatral.

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