Esta es una versión corregida y levemente aumentada de la entrevista que le hicimos a Daniel Dalmaroni
con Mónica Berman (a quien agradezco me haya permitido subirla a este blog),
y que fue publicada en la edición Nº 140 de la revista Llegás a Buenos Aires (junio de 2010).
con Mónica Berman (a quien agradezco me haya permitido subirla a este blog),
y que fue publicada en la edición Nº 140 de la revista Llegás a Buenos Aires (junio de 2010).
Daniel Dalmaroni rema (aunque no solo) contra la corriente teatral en Buenos Aires. Y hace bastante ruido no por el marketing, sino por la fuerza misma de lo que plantea en los escenarios. Meses atrás (el pasado abril) se estrenaron dos piezas escritas y dirigidas por él: New York y El secuestro de Isabelita. A la vez, aparecía el segundo volumen de sus obras, que incluye El secuestro…, Los opas, Como blanca diosa, Las malditas, Lucha libre y Splatter rojo sangre, editado por Corregidor, que también está por reeditar el primero. Mientras tanto, sigue trabajando en un nuevo texto donde reaparece la política y más precisamente el peronismo como eje. Pero tal panorama no anuncia que este sea el año de Dalmaroni, sino algo que lo incluye y resulta mucho más alentador: la revalorización de la creación del autor teatral en nuestro medio, el lento regreso de los mundos modelados en la soledad del escritor a una escena que le había dado las espaldas en pos de la no tan novedosa dramaturgia del actor. Y en esa reaparición es insoslayable la obra de Dalmaroni por contemporánea, por argentina, por incisiva. Por todo eso, mantuvimos con él una charla rica, intensa y algo desordenada, como suelen ser todas las charlas en las que prima la pasión compartida.
En New York, un hombre le confiesa a su hermano que lleva años abusando sexualmente de su hija sin que éste reaccione ante la gravedad de lo dicho. Marca del autor: golpear a apenas minutos de iniciada la obra. Porque Dalmaroni no se guarda nada, expone el nudo de inmediato y luego sostiene el relato en esa intensidad que instaló. “Ya se había estrenado en 2003, con muy buena dirección de Villanueva Cosse”, nos recuerda. “Pero estaba colocada en una clase social alta y eso generaba ciertas contradicciones con la forma de hablar de los personajes. Tenía una deuda con esta obra, quería ponerla como yo creo que se tiene que poner, y me embarqué en un disparate: dirigir dos obras que se estrenaban en el mismo mes, porque para estrenar una en julio conseguía sala siempre y cuando alguna de las obras que arrancaba en marzo se cayese. Entonces, uno de los dos grupos esperaría una sala que tal vez no estaría disponible, y como eso me parecía injusto para los dos elencos… bueno, todavía estoy pagando un pico de stress que derivó en culebrilla tras ensayar todos los días con 28 personas a la vez.”
La otra causante del estrés fue El secuestro de Isabelita, que se destaca por la profunda indagación en el lenguaje de la época (enero de 1976), por la idea subyacente de que la historia se teje con muchos equívocos y la protagonizan sujetos que no están listos para hacerlo, por la cuidadísima puesta y por las muy precisas actuaciones que logran un deleitable funcionamiento en su conjunto. Pero ante todo por ser la primera mirada que el teatro le da a la militancia revolucionaria de los años ’70. “Y en ningún género se había tratado el tema con humor”, señala Dalmaroni. “En ese sentido, ese es el plus que tiene la pieza: no se deja tentar porque haya un único discurso progresista que pretende decir que todos quienes militaron en los ‘70 eran perfectos e iluminados y geniales, que los había, sin dudas, pero también había tontos, como en toda la sociedad. El secuestro de Isabelita plantea que puede haber otro discurso progresista; y lo hace desde el humor, que es un riesgo doble, pero yo no sé escribir de otra forma. Aunque jamás pienso en que la gente se deberá reír con lo que hago, porque yo no soy gracioso ni me hace reír lo que escribo.”
Si bien en El secuestro… aparecen ideas o situaciones que se abren a interpretaciones actuales, se trata de “un texto que tiene cinco años, y que en el proceso de ensayos tuvo muy pocas modificaciones”. Cualquier semejanza, por ejemplo, de la discusión acerca de si debe decirse la presidente o la presidenta con temas hoy vigentes es mera coincidencia.
Algo que sí se modificó es el origen de uno de los personajes, Sergio: “No me acuerdo cómo fue, pero tengo la imagen de que un día yo corté la escena, y Gastón Courtade, el actor que interpreta a Sergio, me habló a mí en tucumano, porque recién había vuelto de Tucumán; cuando va a Tucumán se le pega y a los cinco días se le va. Y le digo que está bueno eso, aunque no estaba en el texto. Por eso cuando proponen guardarse, en la puesta aparece que él no se puede volver a Tucumán. Me gustó, además, porque le daba esa cosa de que no eran nada más que porteños los militantes, que había gente del interior”.
–¿Por qué llevás a escena al peronismo?
–No es casual que lo haga, porque yo soy peronista. Y tiene que ver con que me cansé un poco de que alguno dijera que mi dramaturgia pasa por la familia. Además, hubo un crítico que empezó a hablar del teatro político y editó un libro sobre el tema. Entonces, en menor medida, escribir esto era reírme de su libro, ya que todo teatro es político. Y escribí El secuestro… en dos etapas: primero, hasta el momento del juicio, y ahí tuve un bloqueo. Y la dejé hasta que una amiga me contó que había conocido a un tipo en una estancia que decía que había sido jardinero en Puerta de Hierro, que Perón había muerto de muerte natural y que acá habían puesto un doble para que dijera los discursos, pero que Perón no existía ya. Eso motivó todo el disparate de que lo había matado López Rega. Después chequeamos y el tipo estaba loco, no porque Perón no había muerto antes de regresar, sino porque ni siquiera había sido jardinero. Pero eso me disparó. Y había pasado un año y medio entre un momento y otro, a tal punto que yo no sabía si la iba a terminar alguna vez.
En cuanto a la decisión de dirigirla él mismo, Dalmaroni relata: “Yo tenía en claro que El secuestro… es una obra tan políticamente incorrecta que es muy peligrosa. Como la gente toma lo que quiere –y me parece bien que así sea–, si hay 200 espectadores en una platea seguramente hay 200 opiniones. Arturo Bonín contaba que al término de una función de Illia –una obra que habla de un tipo íntegro, que nunca cambió sus ideas, nunca se vendió, nunca se cambió de partido– se le aparece en el camarín Cobos y lo abraza, y Bonín se preguntaba qué habría visto en la obra, qué entendió. Pensé que si un tipo reaccionario agarra El secuestro de Isabelita, la hace como parodia y hace una flagrante burla del peronismo y la militancia de la época”.
–Está a un paso de la parodia.
–Sí, pero hay verdad absoluta en los actores. Ninguno busca hacerse el gracioso
–¿Y qué devoluciones tenés del público?
–Yo desconfío bastante de las devoluciones que le hacen a uno. Por lo general, al que le pareció un horror no viene a decirte nada, se va, salvo que quiera provocar. La gente que se te acerca lo hace para decirte que le gustó, que le interesó. En ese sentido he tenido devoluciones positivas de militantes. Pero hubo un matrimonio de militantes, exiliados –ignoro el grado de militancia que tuvieron– que dijeron que yo debía ser de la ultraderecha peronista, que no se podía hacer humor sobre eso, y que lo que hace Capusotto con Bombita Rodríguez es detestable. Entonces, si ni siquiera digieren eso, tienen serios problemas para analizar la época.
Se acerca el final. “Si yo te hago cagar de risa sobre determinados ritos y situaciones de la militancia de los ‘70 y la obra termina en ese mismo registro, cualquier podría decirme que soy un pelotudo porque esa gente está toda muerta. Pero aunque yo sé que esa gente dio la vida, no quería transformar la obra de golpe y meterle un final que durara diez minutos en un registro totalmente distinto”.
Ya sabemos cómo terminó, y la mirada de Dalmaroni no lo niega. De alguna manera, el cierre de El secuestro de Isabelita se emparienta con el final de No habrá más penas ni olvido, de Osvaldo Soriano. Será porque ninguno de los dos ha rehuido a mostrar el peronismo tal como lo vieron y vivieron: complejo, visceral, contradictorio, inacabado.
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