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Camino a los subsuelos, paso por el escenario de la sala Martín Coronado. No hay fotos porque no servirían para demostrar lo más preocupante: el estado del piso, que en muchas partes vibra con solo caminar, que está flojo, que notás que se hunde apenas pisás fuerte. ¿El motivo? Goteras, goteras que se arreglan tarde, goteras que dejan llegar el agua a ese piso de madera.
Ya en el primer nivel de subsuelos, el problema está dado por la abundancia de imágenes sorprendentes. Parece que no hay pasillo que tenga el piso entero, no hay pared que no tenga un agujero o de la que no cuelgue un cable suelto, no hay cielorraso al que no le falte un pedazo. Lo difícil es qué fotografiar, y luego, qué elegir de lo fotografiado. Serán, pues, cinco imágenes, para no reiterar el testimonio en cincuenta.

Un bello conjunto de pared, techo, cables y caños, ¿verdad? Pero mejor bajar la vista, para ver por dónde vamos.

Unos pasos más por el mismo pasillo, y el panorama empeora.

Pero no todo está por el suelo: también hay problemas arriba. Levantamos la mirada y aquí tenemos lo que pende sobre nuestras cabezas, no menos peligroso que la espada de Damocles.

Y terminamos esta visita en este rincón. Uno de tantos.

Ahora bien, después de este paseo fotográfico, después de ver el abandono y la desidia, hay que recordar que no todos los desastres que padece el Teatro San Martín son registrables con una cámara de fotografías, porque no menos alarmantes son la reducción de personal, el vaciamiento de los talleres y la falta de insumos.
Pero además no se puede pensar que esta calamidad que –como una peste mitológica– castiga al gran teatro público porteño sea el resultado de los desatinos de una sola persona. No: esto es el resultado de una conjunción de miserias.
A este estado llegamos por la incapacidad del director general y director artístico, Kive Staiff, que no supo irse a tiempo, atando a una inmensa maquinaria artística a la decadencia de su vida, decadencia que es honorable cuando se asume con sabiduría, pero no cuando se disfraza de autosuficiencia ni cuando esta se troca por la imagen de un pobre perseguido por un gobierno al que le fue aceptada la continuidad en el cargo.
A este estado llegamos por quien viene siendo el director adjunto y ahora será director general, Carlos Elía, ideólogo de la precarización laboral, de despidos y de ajustes que Kive, gustoso, puso en marcha.
A este estado llegamos gracias a las distraídas miradas de Héctor Calmet, director escenotécnico, y de Gustavo Santa Coloma, director de administración.
A este estado llegamos también por los delegados y directivos del Sindicato Único de Trabajadores del Estado de la Ciudad de Buenos Aires (Sutecba), que han expresado sus críticas a distintos funcionarios involucrados en la decadencia del Complejo Teatral de Buenos Aires, pero nunca con la suficiente contundencia. Como si lo ya acontecido no hubiese dado suficientes motivos para llamar a huelga a todo el personal, permanente o contratado, del CTBA.
A este estado se llega porque el ministro de Cultura, ingeniero Hernán Lombardi, castigó al CTBA para pasarle viejas facturas a su jerarca Kive Staiff, complicándole su ya de por sí poco feliz final de gestión.
Y sin lugar a dudas se llega a este estado por la corrupción encabezada por un gobernante al que solo le interesa el teatro cuando es objeto de enormes inversiones en sus estructuras materiales para beneficiar a empresas privadas con suculentos contratos. Con el agravante de que contra el actual estilo deberemos seguir luchando más allá de todo futuro resultado electoral, pues así como el menemismo consolidó una negativa cultura que aún hoy sigue vigente, Mauricio Macri está destrozando los vínculos de trabajo y creación en la administración de esta ciudad, imponiendo una modalidad nociva que sobrevivirá a su gobierno.
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