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En la primera parte de este paseo fotográfico nos quedamos afuera del Teatro San Martín. Pero ahora, ya adentro, surge la posibilidad de elegir qué mirar. Y la elección, sin dudas, es mirar lo que no nos dejan ver. Mirar lo que ocultan las gacetillas de Ana María Monti, lo que disimula la actitud de abuelito enojado y maltratado de Kive Staiff con la que pretende sacarse de encima toda responsabilidad, lo que no le interesa al corazoncito teatrero del ingeniero Hernán Lombardi, lo que ignora Mauricio Macri aun mientras mandaba mensajitos de texto desde la platea en la celebración por los 50 años del San Martín, lo que calla con negociada prudencia el Sindicato Único de Trabajadores del Estado de la Ciudad de Buenos Aires (al que, ¡vaya casualidad!, es el único que ha reconocido Staiff como interlocutor).
Queda, entonces, claro que las imágenes recogidas corresponden a una mirada sesgada. Sesgada por esa elección de ver lo que no nos dejan ver. Sesgada, pero no falaz: el abandono, la desidia, la mugre estaban ahí.
Comencemos por el cuerpo A, el que da sobre la avenida Corrientes. Ascensor, piso 10, hall de la Sala Lugones. Basta bajar la mirada para encontrar la primera sorpresa.

En la roja alfombra que cubre el piso del hall se ve, además del logo de las alfombras Karavell, el logo del el Tattersall, el fastuoso y exclusivo centro de eventos del Hipódromo de Palermo explotado por Mariano Bernstein, un arquitecto que fue imputado por estafa en 2008 por usar ese edificio para fiestas sin estar habilitado para ello, y que ya había estado procesado junto a varios de sus parientes por evasión fiscal por un monto de $ 4.389.000 en 2003. Los Bernstein lograron la concesión del Tattersall –otorgada por Lotería Nacional a cambio del módico monto de $ 12.000 mensuales– el 15 de mayo de 2003, exactamente siete días hábiles antes de terminar el gobierno del presidente provisional Eduardo Duhalde. Dicho esto, no es una alfombra cualquiera, ¿verdad? ¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Quizás se trate, simplemente, de que los Bernstein son amantes del cine que programa Luciano Monteagudo. Pero la historia nos enseña a desconfiar. No, no la Historia, sino la historia de los Bernstein.
Dejamos el hall del piso 10, y vamos a bajar por la escalera.

No hay que tener miedo por el aspecto de abandono. Basta levantar la vista para seguir confiados. Porque para quien tema que el techo se le caiga encima, nada mejor que el techo ya haya caído.

Al piso noveno no podemos acceder. Pero desde la puerta vidriada podemos ver que está en obras.

Sin embargo, cuando miramos más detalladamente, notamos que el aspecto no parece indicar sino una obra comenzada y abandonada hace un tiempo.

En la próxima entrada pasamos al piso octavo, otro paisaje deleitable del Teatro San Martín.
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