Si las organizaciones armadas de los años ’70 no pudieron lograr sus objetivos no debe haber sido por falta de recursos ni por la incapacidad o incluso traición de algunos de sus dirigentes, sino por aburrimiento. Sí, sí: aburrimiento. Nadie, por más joven e idealista que fuese, habría podido sobrevivir a esa infinita burocracia gestual, a esa liturgia puntillosa que se desplegaba incluso para tratar asuntos triviales, a esa disciplina hipercastrense*. Extrememos en un ejemplo para visualizar mejor el absurdo: un puñado de trasnochados (algunos subsidiados por papá) que leyeron a Marx desde Mao mechándole salpicones de doctrina social católica imponían normas a hombres y mujeres de veinte años acerca de con quién debían formar pareja, como si el amor o las hormonas se pudieran supeditar a la jerarquía revolucionaria.
Si las organizaciones armadas de los años ’70 lograron irrumpir en nuestra historia pese a su imposibilidad de sumar al pueblo a su lucha y a la superioridad –al menos numérica– de las fuerzas físicas y discursivas que las persiguieron, debe haber sido porque esos tipos, esos chicos eran enormes en sus deseos políticos. Sí, sí: enormes. Enormes para entregar todas sus fuerzas a la búsqueda de una sociedad más equitativa, enormes para posponerse a sí mismos con tal de alcanzar un futuro para todos, enormes para salir a pelear en desventaja contra una injusticia que muchos de ellos decidieron conocer porque no atravesaba sus vidas.
Pero además de ingenuos y temerarios, estos militantes vivían enfierrados. Estaban dispuestos a pegarle un cohetazo al que hiciera falta ponérselo, y andaban por la vida sabiendo que en cualquier momento la bala se desplazaría en sentido contrario. Eso en el mejor de los casos; en los peores, ser capturados, paliza, torturas y todo lo que podamos imaginar. Y daban batalla. Con la que podemos estar más o menos o en nada de acuerdo, pero a la que no podemos reducir al actual discursito del odio que la derecha –que ahora se finge amorosa, dialoguista y reconciliadora– baja por cuanta cloaca tiene a mano intentando engatusarnos una vez más para que volvamos a explicarnos el mundo y la historia desde su excluyente óptica.
Claro está que las y los miembros de los grupos revolucionarios armados eran mucho más que esto, pero lo dicho hasta aquí alcanza para comprender que estaban atravesados por profundas, terribles contradicciones. Y así han sido las lecturas que se le ha dado a esos tiempos y a esos militantes: desde esa asepsia asquerosa e irresponsable de un burócrata salpicado por sangre de los ajenos y de los propios como Firmenich hasta la condena miserable de quienes –como Mariano Grondona– colaboraron para silenciar y presionar a una generación hasta no dejarle más margen que reaccionar con violencia. Entre esos extremos, y durante décadas, ni la política, ni la historiografía ni las artes encontraron la manera de leer esos tiempos sin pretender ajusticiar o indultar a sus protagonistas, con la sola excepción de La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Y mucho menos hubo alguien que se animara a hacerlo habilitando el humor. Hasta que irrumpió Daniel Dalmaroni con El secuestro de Isabelita.
El texto de Dalmaroni es una verdadera patada al tablero: revisa un momento clave de la historia desde el teatro, género esquivo para hacerlo y llegar a buen puerto; lo expone y resuelve en un tiempo “normal” para ser llevado a escena (una hora), y permite que lo que sucede resulte hilarante. No, no: no es una comedia, o al menos no me parece apropiado hablar de comedia. Lo que sucede no es gracioso ni las situaciones están forzadas para provocar risas. El autor ha creado sus personajes desde las contradicciones que los atraviesan, y cuando esas creaturas se encuentran, las contradicciones estallan y provocan risas. Vale aquí recordar aquello que dijo Chaplin acerca de que la vida en primer plano es tragedia pero en panorámica es comedia: basta acercarse al interior de estos personajes para vislumbrar la tragedia que viven, pero como su horizonte es inmenso, como son tan expansivos, apenas se encuentran con el otro y el primer plano se rompe. Hasta ahí nomás: Dalmaroni no toma mucha distancia de sus personajes (ni aquí ni en otras piezas de su autoría), no hay instante en que sus dolores y sus miedos y sus limitaciones se pierdan de vista. Así, la risa que provoca no nos dispersa de lo trágico; y aunque reír sea inevitable, no es el eje.
Así como en el título de la pieza desnuda ante nosotros el hecho que motoriza la trama –el secuestro de la presidenta María Estela Martínez, viuda de Perón–, Dalmaroni se encargó también de derrumbar cualquier intento de atraparnos desde la dinámica del equívoco, pues nos expone inmediatamente ante su revelación: “Yo no soy Isabel Perón”, dice la secuestrada, sentada derechita como si estuviera envasada en su tallieur. (Se comprende esa inmediatez: no hay equívoco que le pueda competir a que Isabelita haya sido presidenta.) El problema queda en manos de ese puñado de siete militantes, que en cuanto a la identidad, tienen otros asuntos que resolver antes, desde su identidad grupal hasta la individual que irán revelándose en un diálogo prohibido y delirante.
El mismo autor lleva a escena este poderoso material. En primer lugar, ha logrado que el elenco transmita con mucha intensidad la necesidad de los personajes de tomarse todo excesivamente en serio, empezando por sí mismos. Claro que si eso los amalgama, tienen sus profundas diferencias pues entre los muchachos “los hay ortodoxos, los hay heterodoxos, los hay retardatarios, los hay apresurados, los hay contemplativos”, como decía el General (cuando los necesitaba a todos para volver). Es que hay mucha verdad en las actuaciones de El secuestro de Isabelita, y si bien los desempeños no están todos exactamente en el mismo nivel, nadie está un paso por detrás ni por delante de lo que puede. El liderazgo en construcción, sin madurar de Marcos (Gabriel Kipen), la necesidad de aire que jamás llega a ser cuestionamiento de Chuzo (Mariano Bicain), la despreocupada y fuerte convicción de Lía (Laura Agorreca), el inevitable y siempre explosivo fundamentalismo de Sergio (Gastón Courtade), la actitud sencilla hasta la ternura de Susana (Ivana Averta), el pragmatismo de Mónica (Daniela Nirenberg), la desdramatizada posición casi marginal de Ricardo (Juan Mendoza Zélis) y la desconcertante zoncera de Isabel (Viviana Suraniti), todo eso se ve, se siente, porque está siendo transitado por estas actrices y estos actores.
La austera y suficiente escenografía de Marcelo Salvioli recrea la aspereza de ese espacio destinado al albergue provisorio de la secuestrada, en donde abundan las cajas con armas. Con eso tiene Dalmaroni suficiente hábitat para su relato y, pese a lo reducido que resulta para ocho intérpretes expuestos tanto al frente como en los dos laterales, logra que siempre estén visibles para el público y se muevan con soltura.
El vestuario, ideado por Cecilia Carini, es el resultado de dar un paseo por las vidrieras de las galerías de la época: tal es su fidelidad y su criterio.
El brevísimo, resolutivo y contundente final se toca con el final de No habrá más penas ni olvido, de Osvaldo Soriano. Y cuando sea el último segundo, entonces estaría muy bien recordar las palabras que completan la cita del General aparecida más arriba: “Pero son todos buenos muchachos, son todos peronistas”.
* Aún puede verse esta deformación aberrante en las manifestaciones de algunos grupitos de izquierda liderados por muchachos de estrictas zapatillas Nike.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El secuestro de Isabelita en este link a Alternativa Teatral.
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