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viernes, mayo 21, 2010

vida teatral // El Bicentenario, otro notable ausente en los escenarios porteños

(Esta nota fue publicada en la edición Nº 139, de mayo de 2010, de la revista Llegás a Buenos Aires.)

Es el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Una bandera celeste y blanca en el balcón de la esquina, escarapelas por doquier, “Oíd, mortales, el grito sagrado”, un feriado de yapa, eventos varios.
Quizás las cosas cambien en los próximos días, pero hasta fines de abril (cuando se escribió esta nota) no apareció el clima de celebración y reflexión que todo aniversario trae aparejado. De alguna manera, es comprensible: un ala de la intelectualidad nacional de alta exposición mediática insiste en que la fiesta, la verdadera fiesta, fue en el Centenario, porque el país de 1910 era como una Arcadia de áureas espigas de trigo y vacas anglomugientes. (Para sostener la imagen de aquel pujante granero del mundo, siempre han escamoteado El estado de las clases obreras argentinas, informe realizado pocos años antes por Juan Bialet Massé.)
Será cosa, pues, de dejar solo a un prestigiado autor como Marcos Aguinis diciendo que “somos mal educados y corruptos”; si él es esas cosas o cree que todos los demás lo somos, ya no tenemos ganas de compartir con él ese “nosotros”. Y nos vamos a otra fiesta.
Como estamos en la sección Teatro, veamos qué hay de fiesta por los escenarios con motivo de los 200 años de la patria.
Eh…
¿Nada?
Los organismos de promoción al teatro a nivel municipal y nacional (Proteatro e Instituto Nacional del Teatro, respectivamente), nada. El Teatro Nacional Cervantes, nada. El Complejo Teatral de Buenos Aires, nada (el estreno en el Teatro de la Ribera de 1810, de Martín Coronado, con dirección de Eva Halac, anunciado originalmente para abril, “quizás” esté estrenándose a mediados de julio). El teatro comercial, menos que nada. ¿Y en el circuito del teatro alternativo?

Miradas argentinas
Después de un detallado relevamiento (aunque admito puede ser incompleto y haber algo más rondando por ahí), me encuentro con que hay una sola obra creada para la ocasión, que se estrena dos días antes del Bicentenario y que, para no dejar lugar a dudas, lleva por título La Revolución. Como dramaturgo y director, Leo Bosio la define como su interpretación personal de aquel primigenio 25 de mayo, luego de haber presentado, en los respectivos bicentenarios de las invasiones inglesas, La invasión y la Defensa y La Reconquista. Desde el domingo 23 a las 20, La Revolución se presentará en una taberna que ofrece cocina colonial mientras que durante la función es a la vez la taberna en donde pueblo espera frente al Cabildo las últimas noticias políticas.
Luego tenemos una serie de obras que brindan o intentan brindar un aporte desde los escenarios para generar una mirada sobre nuestra sociedad y nuestra historia. Siendo tan escaso el aporte específico del teatro porteño al Bicentenario, vayamos a por lo más cercano, a las adhesiones implícitas que podríamos imaginar.
La primera, ¡vaya si es aporte! En Ala de criados, Mauricio Kartun toma la Semana Trágica como contexto para que tres jóvenes primos de la aristocracia porteña se entrenen en el sometimiento de la incipiente clase media argentina. Es sin dudas una pieza magnífica, de esas que como público no debemos dejar pasar, a la vez que el mejor ejemplo de que el posicionamiento ideológico de ninguna manera genera distancia o adquiere poses de solemnidad. Una lección no de historia, sino política. Y de la política actual: en ese enero de 1919 está en germen nuestra Argentina de hoy.
Algo inusitado es el actual programa de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea que, dirigida en esta ocasión por Rakhal Herrero, interpreta La que sepamos todos (oda a nosotros mismos), un espectáculo excelente en el que la idiosincrasia argentina sostiene el relato desde el cuerpo de las y los intérpretes, quienes vuelven a exponer su compromiso no sólo artístico y físico, sino con la búsqueda de una danza contemporánea de clara raigambre nacional.
Una particular propuesta –en la que conviven teatro y música– es la de Lovely Revolution, de Enrique Papatino, quien aborda los primeros sucesos determinantes de la historia argentina, incluyendo el viaje de Mariano Moreno a Londres, en el que muere.
En Severino (la otra historia), Pablo Razuk le da vida y pasión a un personaje maldito de nuestra historia: el militante anarquista Severino Di Giovanni. Nada menor es el dato de que se esté presentando con esta obra en el Teatro Bauen Hotel (Av. Callao 360), empresa recuperada por sus trabajadores. Di Giovanni no podría estar más a gusto.
Una interesante mirada al cotidiano de las mujeres trabajadoras a principio de los años ’30 aparece en la sencilla y muy cuidada Todos los secretos, de Ramiro Lehkuniec y Ulises Romero.
Recientemente, Daniel Dalmaroni estrenó El secuestro de Isabelita, en la que indaga en la guerrilla de los años ’70 con cierta (ya habitual de su parte) incorrección política. En el Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943, los sábados a las 23:15.
Otro trabajo sobre los años ’70, pero asomándose a ellos ya en plena dictadura y planteando tres relatos simultáneos (uno de ellos, actual), es el que propone Susana Torres Molina en Esa extraña forma de pasión.

Más vale que cada artista estará haciendo en teatro lo que desea, sin necesidad de atarse al Bicentenario. Pero respetando las elecciones personales, sean estéticas o políticas, algo sucede como para que la inmensa mayoría haya elegido desestimar el Bicentenario. Como si el país estuviera muy lejos y fuese una complicación homenajearlo que, a la larga, es homenajearnos a nosotros mismos en tanto sociedad.
Y aquí surgen algunos temas que sería bueno comenzar a preguntarse. Como que en la inmensa mayoría de los espectáculos teatrales que se presentan en Buenos Aires sospechamos que la acción ocurre en nuestro país sólo porque nos reconocemos en el habla y en algunas costumbres de los personajes, ya que fuera de eso, la ausencia de siquiera atisbos de la realidad sociopolítica argentina es tal que no resulta aventurado decir que la acción dramática de buena parte de la cartelera porteña podría estar situada en Villa Ortúzar, en Frankfurt o en Springfield, y casi nada se resentiría. Algo para pensar, pues esta ausencia de identidad es en sí misma una declaración.
Este paneo se complica cuando constatamos que en los escenarios pocas veces se refleja la realidad cotidiana en la que se mueve el mismo espectador: es más fácil ver a un actor interpretando a un alemán deprimido que a un cartonero. Y no es que el teatro deba copiar la realidad, pero si debe transformarla (que es lo que algunos seguimos pensando, pese a la oleada que avanza en contrario y con fuerza desde los ‘90), primero deberá leerla, reconocerla, interpretarla y entonces sí recrearla.
Dijimos cartonero, pero ¿cuántas realidades de nuestra sociedad están ausentes en nuestro teatro? Hijos apropiados, nietos recuperados, desaparecidos, piqueteros, represiones, indultados, prófugos, funcionarios y empresarios corruptos, etc. Mientras tanto, hay personajes que vemos una y otra vez en distintas obras y encarnados por el mismo u otro intérprete.
Vale aclarar que la idea no es proponer un teatro chauvinista o panfletario, ni que toda obra deba ser políticamente aleccionadora. Nada de eso. Pero así como ese exceso sería asfixiante, ¿no resultará algo asfixiante que estemos tan cerca del polo opuesto?
Y montados en estas ideas pero extremándolas, hay quienes crean teatro sosteniendo que su labor no tiene resonancia social ni contenido político. Lo que resulta tan paradójico como quien nos dice “Yo no hablo”: por más que lo niegue, ya lo está haciendo. De todos modos, ese posicionamiento no debe alarmarnos demasiado: mucho peor es la aberración de un partido político que dice no hacer ni querer hacer política, y eso ya existe.
Los 200 años de la gesta de Mayo están pasando casi inadvertidos entre la multitud de personas que hacen teatro en Buenos Aires.

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