1) Me senté en la butaca que me correspondía y vi el escenario. Había algo raro en ese espacio. Tardé en darme cuenta de lo que era muy evidente: todo se ve plano. La escenografía parece hecha en dos dimensiones. ¿La hizo Mariana Tirantte? Sí. Repasé en mi memoria algunos otros trabajos de Mariana y no, esto no tiene nada que ver. Tampoco tiene mucho que ver con lo que se espera de una producción teatral comercial, pues se la ve bastante pobre, presupuestariamente pobre. A medida que avanzaba la función, fui dándome cuenta de que en realidad esa escenografía está perfectamente adecuada a las necesidades de la puesta, pues todo parece resuelto en dos dimensiones, no hay profundidad. Apenas hay movimientos en el sentido adelante-atrás, ya que casi todo desplazamiento se da hacia los laterales. Es como un frontispicio en el que todo se ve en el mismo plano.
2) ¿Por qué Todos eran mis hijos en 2010? La pieza de Arthur Miller se defiende sola como texto dramático, pero los hechos que relata, la situación que denuncia y el cuestionamiento ético que plantea ya no revisten interés alguno. El personaje principal, Joe Keller, niega ser el responsable de una avivada que, como proveedor del estado, costó la vida de varios aviadores, culpando a su ex socio que por tal motivo está preso. Y eso hoy no es nada: cualquier mediano o gran empresario toma con frecuencia decisiones que implican que directa o indirectamente, más temprano que tarde, un puñado de personas morirá en algún lugar del mundo. Que no queramos verlo para seguir deleitándonos sin culpas con las mieles del capitalismo es otro tema, pero eso es lo que sucede cuando un laboratorio envía una droga no muy testeada al mercado africano, cuando Monsanto convence a los gauchócratas de que es más fácil regar con glifosato la pampa que separar los yuyos de la soja, cuando una multinacional deja en la calle a mil trabajadores no a causa de tener pérdidas sino porque se redujo su nivel de ganancias, y así miles. Es deplorable, sin dudas, pensar que es ese nuestro vivir cotidiano, pero hoy Joe Keller aparece como un miserable de poca monta, y su manera de remediar su falta –cuando sale a la luz su responsabilidad– carece de todo viso de actualidad. Sin embargo, varias voces opinan lo contrario. Por ejemplo, el encargado de la crítica sobre esta puesta publicada en el diario Clarín, Camilio Sánchez, escribió: “…lo que persiste en la sensación final es cómo los mejores alumnos de la plusvalía, finalmente, resultan aniquilados por el sistema que los había erigido como victoriosos. La clave del discurso que sostiene a la pieza que acaba de estrenarse en el Apolo, y de ahí tal vez su actualidad, es la manera en que el libre comercio deglute, sin más, a sus mejores alumnos”. Pero ¿a cuántos capitalistas en bancarrota, presos o suicidados conocerá Camilo Sánchez como para afirmar eso? El libre comercio que esgrime la nota, ¿se ha deglutido a Ernestina Herrera, Héctor Magnetto y Héctor Huergo –por dar algunos ejemplos que Camilo debe conocer– o se come la dignidad de los trabajadores de Clarín a quienes se les prohíbe sindicalizarse? (Y no me despierta mucho interés hacer aquí periodismo de periodistas, pero siendo aún Clarín el más poderoso creador e instalador de relatos sobre la realidad, resultaría muy tonto no citarlo.)
En pocas palabras: afirmar a esta altura de la (des)humanidad que Todos eran mis hijos es una pieza que nos interpela es, literalmente y citando al filósofo Carlos Saúl, haberse quedado en el ’45.
3) Hablemos de los dos grandes y trompeteados protagónicos. Admito que de Ana María Picchio no esperaba nada, por lo que no me decepcionó. (Admito también que no espero nada de ella por cierto rechazo que me provoca, rechazo nacido una noche, durante la función de un espectáculo; ella ocupaba la mejor ubicada y más visible mesa –junto al escenario, al centro– y ahí, a la vista de público y artistas, se la pasó bufando y bromeando con sus dos acompañantes, y me parece que ser vulgar en la platea es no haber entendido algo importante del teatro.) Pero sí me llamó la atención Lito Cruz porque no habla, sino que salmodia, salmodia todos los textos, a punto que debí poner mucha atención para escucharlo porque la inercia que impone su cantito invita a no percatarse de sus palabras. Eso sí: la atención volvió sola a él cuando notablemente olvidó parte de sus líneas.
4) No es novedad que los aplausos en las funciones donde hay muchos invitados (amigos, colegas, parientes) son más producto de la estima personal que de la valoración del desempeño profesional. No extraña, entonces, que los aplausos que cerraron la función del domingo 9 de mayo no se condijeran con la sensación de aburrimiento que manaba del público durante toda la representación. Supongo que a nadie en el escenario le habrá pasado inadvertido esto, pues el desinterés que reinaba en la platea era muy fuerte.
5) Para comprobar lo anterior, nada mejor que la excepción: Marina Bellati. El profundo trabajo que despliega en su breve personaje, Lydia, es maravilloso. La sala entera festeja la controlada manifestación de emociones encontradas que la atraviesa cuando conversa con George (Federico D’Elía). El cuadro no debe durar más de dos minutos y, sin embargo, nos hace comprender y amar a Lydia. Sin dudas, Marina Bellati ofrece lo mejor de esta nueva propuesta de la maquinaria comercial.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Todos eran mis hijos en este link a Alternativa Teatral.
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