Tomás de Aquino, el monje dominico que ilumina la teología católica desde el siglo XIII, distingue en su Suma teológica –hablando de la fe– tres sentidos del verbo creer: creerle a dios, creerlo dios y creer en dios (todo en latín y con mayúscula, como dios mandaba). Esos eran tres aspectos del mismo acto de fe, a los que podemos explicar así: creerle a dios (en lo que dice), creerlo como dios (su existencia) y creer hacia dios (yendo hacia él por el amor). Y esta última característica es exclusiva del creer en dios (“credere in deum”). Pues bien, bordeando conceptos que en otros tiempos hubieran valido la condena por sacrilegio, vamos a aproximarnos a Creo en Elvis.
Aquí tenemos a cuatro clones de Elvis Presley creados por y a las órdenes de la Elvis Corporation’s Clons. Se llaman, en un alarde de originalidad industrial, Uno, Dos, Tres y Cuatro. Ellos andan por el mundo buscando al Rey del Rock motivados por tantos (aunque tan lábiles) argumentos en los que se basan las teorías que afirman que no murió y que sigue siendo visto allá y acullá. Ahora los vemos en la base de la corporación, buscando con frenesí nuevas pistas para continuar con sus tareas.
Es comprensible tanta entrega: para los clones, intentar encontrar a Elvis no es mera burocracia o apenas su medio de sustento, pues si lo encuentran, serán libres.
La tarea no es fácil, y mucho menos cuando están todos juntos, ya que Uno, Dos, Tres y Cuatro no son iguales entre sí; cada uno replica a Elvis en una puntual etapa de su vida. Dos es el Elvis juvenil pero respetable y ejemplar en su uniforme del ejército; Tres, el rebelde de campera de cuero; Cuatro, el Rey en su momento de mayor esplendor, y Uno es el Elvis final, con sobrepeso y vestido como para deslumbrar en Las Vegas.
Pero no solo se distinguen entre sí por su aspecto. Volvamos por un instante a Tomás de Aquino, quien decía que “la fe es pensar con asentimiento”. De lo que se deduce que nadie tiene la misma fe que otro, porque cada cual piensa desde las posibilidades de su intelecto y asiente desde la solidez de su voluntad. Por lo tanto, nuestros cuatro clones no tienen la misma fe. Y ya sabemos que la fe propia confrontada con la ajena trae conflictos, de manera que los cuatro Elvis replicados tendrán bastantes problemas entre sí.
Pese a todo, como pueden, los cuatro creen en Elvis, necesitan creer en él para justificar sus vidas.
En esta especie de reducto-oficina los acompaña Cero, una vicaria de la corporación que controla el cumplimiento de las reglas impuestas a los clones, lo que en la práctica significa que se encarga de implementar los castigos que merecen ante cualquier error que cometan, en especial si toman el nombre de Elvis en vano. Ella no parece pertenecer a la misma especie humanoide cuando se la ve disfrutando tanto de lastimar a sus pares. Excepto a Menos Uno –cuyo nombre advierte su inferioridad–, a quien aprecia como lo que podría llegar a ser: una mascota con habilidades tecnológicas.
El autor, Mariano Rochman, nos lleva entre ridiculeces, excesos y torpezas a un callejón que se va angostando hacia una pregunta no formulada pero sí presente: la Elvis Corporation’s Clons, ¿cree en Elvis o estimula su supuesta existencia para algún fin poco confesable? Y que de eso trata este relato: no de Elvis, sino de la fe. Claro que, contextualizada en este ambiente, la fe es una fuente permanente de mutuas incomprensiones y situaciones grotescas, cosa que no sucede entre los seres libres como los humanos, ¿verdad?
Luciano Cáceres se encargó de adaptar el texto y llevarlo a escena. Optó por trabajar en un espacio funcional e integrado, a la vez que sus acotadas dimensiones generan una permanente sensación de amenaza de choque entre los personajes. La escenografía (obra de Facundo Estol, Gonzalo Córdova y Marina Polonio) tiene tales identidad y unidad que hace sentir la presencia y la presión corporativas, y también su maltrato y opresión.
Con el elenco, Cáceres ha logrado una fuerte armonía que no oculta las muy diversas experiencias y formaciones que han tenido los intérpretes. Resulta un cóctel ver juntos a Hernán Jiménez (Uno), Horacio Nin Uría (Dos), Joaquín Berthold (Tres), Daniel Campomenosi (Cuatro), Ideth Enright (Cero) y Martín Kohan (Menos Uno), pero un cóctel muy provechoso. Hay algo de sus respectivas cualidades que parece esencial a la creación de sus personajes. ¿Será que, a fin de cuentas, son clones, y sus personalidades no son más que técnica?
Y no se puede dejar de reconocer que los clones de Elvis, además, le deben mucho al aporte de Emilia Tambutti y Sofía Di Nunzio en el vestuario y a las terribles pelucas diseñadas por Alejandro Granado que, colocadas sobre un ombú, indefectiblemente transformarían al arbusto en un émulo del Rey.
En fin, todos podemos encontrar pistas cuando nos urgen para seguir adelante. Todos estamos capacitados para descubrir indicios donde necesitamos que estén. Todos somos Nostradamus cuando tenemos los datos delante y las necesidades muy adentro, interpretando así los acontecimientos como una sucesión admirable que nos alentará y hasta despertará adhesiones de insospechados creyentes. Estos clones, hechos a imagen y semejanza de Elvis, también lo hacen. Y que cada cual crea lo que quiera.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Creo en Elvis en este link a Alternativa Teatral.
Y acá, el link al blog de Creo en Elvis.
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