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lunes, abril 19, 2010

reportaje // Mónica Cabrera, una artista única en su especie

Si hacés la prueba de pedirle a alguien que no tenga directa relación con la actividad teatral que nombre de inmediato cinco grandes actrices de la escena porteña, nombraría entre tres y cinco mujeres que han tenido una fuerte presencia en la pantalla, sea la grande o la chica. He ahí la suerte del teatro: miles de años de reflexión y acción para que irrumpan en unas pocas décadas el cine y la televisión y se apropien de su principal recurso. Pero, por supuesto, el teatro (excepto unas pocas grandes producciones) no puede competir con la llegada masiva ni con los presupuestos que se manejan para hacer una película o una serie.
Así las cosas, es tan habitual como penoso que haya un enorme público que estaría dispuesto a dejarse sorprender por artistas que no conoce y que probablemente jamás conozca, pero que siempre queda en medio de la polvareda que levanta cualquier gran producción (especialmente si viene de New York y cuentan con el aval automático de un par de autoridades del espectáculo que te hablan con la misma seriedad de una puesta teatral y de la nueva mascota que adoptó Angelina Jolie).
Esto lo pienso en función de Mónica Cabrera, a quien entrevisté el mes pasado. ¿Cuánta gente ha disfrutado de su trabajo como Rosa, la mucama de Tratame bien? ¿Cuánta más la verá este año en Malparida, la nueva tira de Pol-ka? Y de toda ese teleaudiencia, seguramente un porcentaje ínfimo la vio en el teatro, en alguno de sus tantos espectáculos en los que despliega su enorme potencial como artista. Es decir, hay mucha gente que se está perdiendo algo que ni imagina.
En estos meses hay muchas posibilidades de verla actuando. Y esa fue la excusa para conversar con ella.

-¿Cuándo tuviste el primer acercamiento a un escenario?
-Nunca. Lo hicieron los demás, porque yo iba a ser escritora, artista plástica, escultora, e imaginaba que trabajaría en un banco hasta que pudiera vivir del arte. Pero como hablaba bien, en la escuela siempre estaba en los actos, y por eso, a los 16 años, unos compañeros de la FJC (Federación Juvenil Comunista) me dijeron que dirigiera una obra para la campaña financiera. Y la dirigí. Después de eso tomé un curso de teatro con Jorge y Adriana, a través de quienes llegué a Alejandra Boero, que era la maestra de ellos, y con quien me formé desde que terminé la secundaria. Era todo muy divertido.

Trabajó en un estudio de ingenieros, y luego en el banco Credicoop. En 1987 dejó el empleo bancario y la escuela de Boero. Comenzó a dar clases y a dirigir, siempre trabajando con numerosos grupos, lo que acotaba las posibilidades de que todo el grupo pudiera coincidir y sostener las horas de ensayo, perdiéndose así la calidad a la que ella aspiraba. ”Con la experiencia de trabajar con muchas personas, entonces busqué moverme con elencos mucho más chicos. Y unos años después, en 2000, comencé a planear ya los unipersonales. Que también tienen un aspecto económico, ya que cuando formás un grupo más pequeño, las posibilidades de cobrar algo de dinero por la recaudación son más ciertas; pero si es mucha la gente que forma la compañía, cada una apenas se lleva unos pesos, y no podés pedirle que sacrifique nada por algo que no es más que un hobbie”, dice la actriz, directora y docente.
Gracias a ese repliegue en sus producciones (en las que, señala, “ganás mucho en lo artístico al objetivarte”), Cabrera ha escrito, dirigido e interpretado cinco espectáculos unipersonales en los que dio vida a una treintena de personajes terribles, entrañables y desopilantes: El Club de las Bataclanas (2001), Arrabalera. Mujeres que trabajan (2002), El sistema de la víctima (2007), Dolly Guzmán no está muerta (2007) y Limosna de amores (2008). Y hay que aclarar que el año indicado es el de estreno, pues varios de estos espectáculos nunca pasaron una temporada sin estar en un escenario.
En 2008 estrenó también The Victory to La Madrecita, obra en la que sumó a otra actriz, Teresa Murias. El resultado de romper con la estructura de sus producciones unipersonales fue muy bueno, pero indudablemente implica una exigencia para Murias, en este caso, o para quienes se sumen a sus futuros proyectos (como quienes interpreten Calor malayo, que parece será su próximo estreno). Y esa exigencia está dada en algo tan simple y lógico como porco habitual en el teatro alternativo porteño: “Yo quiero que la obra dure, que esté años en cartel, que salga de gira, que circule por festivales. No quiero hacer teatro para que me vean cien personas y guardar el trabajo.”
-Pero eso es lo que hoy sucede con muchas obras en Buenos Aires.
-Supongo que tiene que ver con la clase social. Hay gente de clase media que hace teatro como podría haber hecho cualquier otra carrera. También hay personas que están esperando ser llamadas para hacer algo en cine o en televisión, y se valen del teatro como entrenamiento; por eso no les preocupa hacer teatro en una breve temporada y con poca convocatoria, porque no es su objetivo principal. Yo necesito asegurarme que mis obras estén en cartel, porque el teatro es mi trabajo, no un entretenimiento.
-En tus obras es también habitual algo que ya parece raro en los escenarios, que es el tomar partido, jugarse por sostener una idea. Tus personajes siempre exponen una ideología.
-En los clásicos siempre era así: esto está bien, esto está mal, y ustedes tengan cuidado porque el que piensa que está mal, es un hijo de puta. Eso son los clásicos, eso es el relato bíblico de Caín y Abel. Eso es lo que hace reaccionar al público ante Juan Moreira y tomar partido ante la injusticia. Y esa es mi escuela, los clásicos; por eso, aunque haga una broma, estoy diciendo algo. Hay quienes creen que eso es setentista, que ya pasó; pero Aristófanes no era setentista.

En esto también se diferencia Mónica: no está buscando complacer al público, su presencia en el escenario no tiene por objetivo que el espectador no se inquiete, que no se angustie, que se entretenga y se vuelva tranquilo a su casa. No: asume que hacer teatro implica una manera de ver el mundo y que eso se pone en juego en el escenario.
-¿Cómo y cuánto pensás en el público al crear un espectáculo?
-Tanto como pensaba en vos: pensé que llegases bien a mi casa, que ojalá tuviéramos una charla interesante, atenderte bien, ser amable con vos, pero no voy a decir lo que vos quieras escuchar. Yo no creo estar por encima de los demás como para decirle al otro cómo tiene que vivir, pero no por eso me voy a callar lo que pienso, lo que creo.
No tengo intención de escandalizar a nadie ni de ofender, porque el público no va al teatro para ser maltratado. Claro que quiero que vuelvan a verme, que les guste lo que hago, pero no soy condescendiente.
-A lo largo de estos años, ¿alguno de tus personajes flaqueó en su vigencia y debiste cambiar?
-No. Hay algo que se modifica mínimamente incluso entre una y otra función, pero no cambia a los personajes y ni siquiera al texto. Vos viste muchas veces mis trabajos y notás que no hay grandes cambios.

Debo salir a decir que, tal como señala Cabrera, soy testigo de esto. Por ejemplo, a Alhelí, personaje de El Club de las Bataclanas, la he visto más de treinta veces (la presentaba con frecuencia en El 3340. Con humos de cabaret), y si bien siempre tiene algo distinto –quizás relacionado con un acontecimiento de los días recientes, o con algo que sucede en la sala en esa función–, el texto y el personaje no han cambiado. Y valga esta digresión para reconocer y destacar su eficacia como humorista, que lejos de ser yo el único que ha visto cuadros de Mónica Cabrera decenas de veces, hay mucha gente que la conoce, la sigue y regresa a sus obras sabiendo que volverá a reír como la primera vez. En esto, el trabajo de esta artista se emparenta con el humor de los grandes hitos de la comedia argentina, y con sus textos sucede lo mismo que con los diálogos de Esperando la carroza o los parlamentos de Niní Marshall: no importa que ya los hayamos escuchado una o cien veces, porque su poder no reside en lo inesperado. Y, por si lo estás pensando, te aseguro que no creo que resulte temerario hacer estas comparaciones. Lo mejor es conocer a Mónica Cabrera en un escenario y responderse cada cual acerca de su trabajo. Y estos meses nos dan una buena ocasión, porque es muy probable que algunos de sus espectáculos se despidan definitivamente.
Si hacés la prueba de pedirle a alguien que nombre de inmediato cinco grandes actrices de la escena porteña, y esa persona vio alguno de los espectáculos de Mónica Cabrera, quizás no la cuente en esa lista (toda valoración es subjetiva), pero seguramente pensará en Mónica Cabrera antes de dar a conocer sus elegidas. Porque de lo que no hay dudas es que se trata de una artista única en su especie.

Para más datos, visitá la página de Mónica Cabrera haciendo clic acá.

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