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lunes, abril 05, 2010

danza // La que sepamos todos (Oda a nosotros mismos), de Rakhal Herrero, por la Compañía Nacional de Danza Contemporánea

Así como en ronda de amigos nunca falta quien le diga al guitarrero que toque “una que sepamos todos” para que nadie quede fuera del canto, aquí Rakhal Herrero le propone a la Compañía Nacional de Danza Contemporánea interpretar “la que sepamos todos”. Pequeña diferencia: no es alguna entre otras tantas posibles, sino una sola, precisa, puntual. Pero no dice “la que sabemos todos”, como si tuviera certeza de antemano acerca de cuál es esa; no, dice “la que sepamos todos”, o sea, hay que buscarla. O mejor, hay que construirla. Y nos encontraremos (la historia argentina es prolífica en ejemplos) con que la que sepamos todos no será del gusto de todos, porque lo que sabemos todos no nos identifica, no nos deja a todos del mismo lado, sino que nos confronta. Como que si lo que supiéramos todos fuera la puja, la lucha, la convivencia complicada.
Somos como esa nave con la que Herrero abre esta pieza admirable: una nave que avanza unida hacia donde deciden quienes están en proa, los mismos que a la hora de la defección aplastan a los de popa para que el agua no los tape, mientras se oyen –¿como canto de sirenas?– acordes de Aurora, aquella canción patria que gastamos en la escuela y que le da nombre al actual rejunte de la intelectualidad reaccionaria. Pero también somos confrontación en asuntos más pequeños, como en el dominio ensayado sobre los animales del campo (si es que no se trata de la peonada reducida a cuadrúpedos), en el acoso del macho que resiste cualquier negativa y hasta ignora la humillación que padece para seguir mostrándose superior, o en el frenético aporte social a la construcción de mitos que nosotros mismos luego hacemos devenir en ansia de destrucción.
Qué potente es este espejo que nos ponen delante Rakhal Herrero y la Compañía Nacional de Danza Contemporánea. Qué fuerte el compromiso no sólo físico, sino también emocional y actoral y político de ese cuerpo. Y qué oportuno que esta compañía siga apostando a generar espectáculos de danza que no se limitan a despertar en nosotros admiración por lo bello y lo virtuoso, dándole a la danza la posibilidad de ser claro y evidente vehículo ideológico, sin que ello signifique desmedro alguno en su calidad estética. Qué fórmula poderosa es esta en la que convergen un creador audaz y un equipo profesional a la altura de sus exigencias. Y hay que decir que esa convergencia es fruto de que ese equipo –que siempre se propone más– se entrega como materia disponible al duro desafío no sólo de otra mirada, sino también de aceptar otros lenguajes y desarrollar nuevas herramientas.
Nada menor es el aporte sonoro, diseñado por el mismo director y con música original de Gastón Taylor. Sonidos variados y una selección musical ecléctica que nos pasea por esa ensalada que va desde el folclore hasta el cuarteto, desde el tango hasta el rock nacional.
Actualmente, la Compañía Nacional de Danza Contemporánea está formada por Daniel Payero, Diego Franco, Juan Cid, Luciana Benosilio, Pablo Fermani, Victoria Viberti, Virginia López, Bettina Quintá, Ernesto Chacón Oribe y Victoria Hidalgo, siendo estos tres últimos los directores. Es decir, a Bettina, Ernesto y Victoria hay que pedirles que hagan más funciones, en otros días, en otros espacios, que es el Año del Bicentenario y sin dudas su trabajo sobre nosotros mismos es esencial como aporte desde la danza para celebrar y reflexionar.
Y hablando de reflexionar, tres ideas (absolutamente irreflexivas, pero que me invitaron a pensar) que se me aparecieron apenas terminada la función.
1) Recordé que la resolución 125 no fue la madre de todos nuestros males, que “ella” no inventó el conflicto al imponer retenciones móviles a “el campo”, que Moreno y Saavedra, que Lavalle y Rosas, que chupandinos y pandilleros, autonomistas y radicales, yrigoyenistas y antipersonalistas, peronistas y antiperonistas, Montoneros y Triple A, pueblo y Proceso de Reorganización Nacional. Sí, somos eso todavía. Estamos viendo día a día esa lucha que algunos quieren pasteurizar con eslóganes que llaman a la serenidad mientras urden exclusión y represión.
2) Recordé a Gustavo Cordera, ese lucrador de baratas consignas seudo rupturistas, y lo imaginé vendiendo su imagen de presunto pensador de la realidad nacional mientras cantaba La argentinidad al palo, esa canción hueca que se instaló como comprometida que, a la vez, sigue siendo celebrada por esos seguidores a quienes la Bersuit colma, más que sus gustos musicales, sus conciencias, pues les permiten reconocerse en la débil ética de un tipo que se disfraza delante de sus ojos de denunciante social mientras posa para Caras en la 4x4 sobre las arenas de Punta del Este.
3) Mientras algunos siguen encumbrando la obra de Mauricio Wainrot –pese a que no sale de su esteticismo mudo–, no encuentra techo el fruto del trabajo de las y los artistas que él descartó del Ballet Contemporáneo del San Martín. Y pensando en el conflicto que derivó en la no renovación de contratos, ¿cómo pretender que no haya confrontación, esa misma que en esta obra han sabido reflejar?
Sé que he escrito con un entusiasmo poco habitual. Pero poco habitual es la propuesta de La que sepamos todos (oda a nosotros mismos), riquísima en valores artísticos y también políticos.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La que sepamos todos (oda a nosotros mismos) en este link a Alternativa Teatral.

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