Pocas veces el título de una obra me ha generado tan profunda contradicción como este: es atractivo, suena muy interesante, pero a la vez implica un juicio muy fuerte el caracterizar al pasado como un animal grotesco. Valorar el pasado como ridículo y de mal gusto plantea un posicionamiento a tener en cuenta en un relato que, justamente, se estructura y versa sobre el paso del tiempo. Porque Mariano Pensotti propone seguir a cuatro personajes a lo largo de un decenio, comenzando en junio de 1999 y terminando en mayo de 2009, de sus 25 a sus 35 años.
Aquí ya tenemos un dato nada menor: se trata del primer decenio del menemismo sin menemato. (Dos aclaraciones: hablo del menemismo no como corriente partidaria, sino como modo de pensar y pensarse en la sociedad; y si me refiero a una primera década de menemismo sin menemato es porque tengo la certeza de que estamos transitando la segunda, ya que –como decía mi abuela– los males llegan rápido pero se van despacio.) Es el decenio en que la gran mayoría de los argentinos y las argentinas han ido expresando su aborrecimiento por Menem y lo que significó para la política nacional, pero también en el que más se ha notado la adhesión de enormes porciones de nuestra sociedad al pensamiento que sostuvo y se instaló en tiempos de Menem presidente. Porque no solamente tardan en verse los resultados económicos de las políticas de un gobierno: también lleva años que sus resultados sociales alcancen su esplendor. El menemato termina cuando Pensotti pone en marcha este dispositivo (1999), pero en el decenio que contienen estas cuatro historias es el mismo durante el que el menemismo alcanzó sus mejores momentos: nada más menemista que Moria diciendo “Yo me encapsulo en mi Mercedes Benz, y de los vidrios polarizados para adentro me hago autista”, o Alfredo anunciando que “el que quiera comer lomo, que lo pague ochenta pesos el kilo”, o la fauna porteña de imbéciles asegurando que “Mauricio no va a robar porque tiene plata”. Y eso y mucho más pasó entre 1999 y 2009.
Ahora bien: si tan profundo caló el menemismo en tantas personas de distintas edades y realidades socioeconómicas, qué no habrá logrado en quienes vivieron el menemato mientras consolidaban su personalidad y sus anhelos. Porque estos cuatro personajes tenían 15 años cuando Carlos Menem asumió su primera presidencia. Se criaron con pizza y champagne espectando un universo impune de winners (decir “ganadores” no alcanza) que sería el resultado de que cada cual se entregara a su ambición, mientras gran parte de la sociedad se regodeaba –en mayor o menor escala– en las legitimadas ventajas de cagarse en el prójimo. Aprendizaje terrible del que nadie salió indemne, ni quienes sacaron ventajas ni quienes sufrieron consecuencias.
Y eso es lo que nos muestra Pensotti: lo que realmente sacude y descoloca a estas personas es que están como están porque se les enseñó a vivir en una sociedad que nunca existió. E incluso se les vació de sentido todo el pasado. Entonces, quizás por esto podamos entender por qué dicen que el pasado es un animal grotesco.
Debería ahora decir cómo se desarrolla la obra. Pero no: no voy a poner yo mis palabras en donde Mariano Pensotti lo hizo de manera maravillosa y frondosa, ramificando la vida de cada uno de sus cuatro personajes, engarzando los cuadros y las acciones con mano maestra, llevando al elenco por caminos de profunda intensidad (sin que esto resulte un campeonato de estridencias) tanto en la construcción de los cuatro personajes protagónicos como en los otros muchos roles que generan el entorno de los antedichos, e incluso en los sucesivos momentos en que se desempeñan como relatores. Y qué placentero entonces resulta ver en el escenario el despliegue de eficacia que aporta Juan Minujín, pero también reencontrarse con lo mucho y bueno que saben dar Julieta Vallina (tan lejos de Raíces), Javier Lorenzo (tan lejos de Hasta que la muerte nos separe) y Pilar Gamboa (tan pero tan lejos de Tren).
Otro protagonista es el espacio, montado sobre un dispositivo que gira en el sentido de las agujas del reloj y que, como la percepción que del tiempo tenemos, pasa ante nuestros ojos a distinta velocidad. Sobre ese mecanismo, la siempre audaz Mariana Tirantte generó cuatro espacios neutros que se modifican permanentemente, ofreciendo en cada caso una muestra de sobriedad y significado. Tarea en la que debe señalarse el exigente y oculto trabajo de Leandro Orellano, que a lo largo de toda la función anda montando y desmontando cada una de esas escenografías en tiempos acotadísimos y sin interferir con los ruidos que provoca cualquier movimiento de objetos.
Hay, según mi entendimiento y mi percepción, un error técnico: hacer hablar por micrófono a quien relata. Porque agota la audición, degrada la dicción y empasta el sonido. Pero ¿qué peso puede tener eso ante todo lo disfrutable de esta nueva y bienvenida propuesta de Mariano Pensotti?
Una anécdota marginal
Estuve en la función de estreno de El pasado es un animal grotesco (18 de marzo), y en la misma fila que yo, a dos butacas, se encontraba Graciela Casabé. Su presencia en la sala sin que haya provocado ni una expresión de rechazo por parte de ninguna de las personas vinculadas a la actividad teatral allí presentes (ni tampoco de mi parte, lo asumo) bien puede explicarse en que el menemismo sigue muy vigente. Mientras parezca algo sin importancia que sigan circulando personas que se han favorecido de su paso por la administración pública y la utilizaron para concentrar sus favores en donde podían generar sus negocios privados, los personajes creados por Mariano Pensotti seguirán padeciendo las injusticias de un sistema del que ni siquiera son protagonistas.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El pasado es un animal grotesco en este link a Alternativa Teatral.
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Comentario enviado por Pablo Caruana.
ResponderEliminarAyer vi el estreno de la obra de Pensotti en Madrid. Lo primero que se veía en España de él... Yo tuve la suerte de ver vapor, de leer algun texto, de ver "Los muertos" con Catanni; y de ver una maravilla en ese festival tan menemista (a mi me pareció simplemente profiláctico como el de Paris, Madrid o Hong-kong) en un pasaje, una calle de Buenos Aires.
Hago estas aclaraciones para manifestar que no estoy en contra de los preámbulos y los meandros, ni mucho menos. Otro preambulo: vimos la obra de Pensotti, a media sala, en un festival que se va a pique regentado por la derecha esteparia más tramontana de la Península.
Me gustan los preambulos cuando informan y no se ciñen a lo que parecen obsesiones reduccionistas...
El estreno acabó con la gente en pie silvando de gozo creo, es suposición, que ante dos cosas: ante el talento, arduo de ver, y ante una obra que pone en escena problemas compartidos con muchos y los pone trabajándolos, reflexionando con ellos, creando una estructura literaria-cinematografica que se hermana y hace crecer la escena. Pero por partes.
El talento que quede claro. Primero los actores, que entienden el proyecto, se dan a él y se arriesgan en el esfuerzo de la metamorfosis acelerada de pasar de un papel a otro sin descanso y sin bajar intensidad. Caray, es increible como se puede llegar interpretar con los ojos, todavía tengo los ojos pegados del personaje de la veterinaria en mi cabeza, brillantes, expectantes, como al borde del vertigo y el precipicio.
Y el talento de Pensotti, pero un talento, y lo siento, ya está bien, no a la Daulte, Spregelburg, etc.; es decir, un talento que muchas veces pierde por su obesión de hacer equilibrios en la forma, y piruetas superdotadas de intelecto híbrido y posmoderno. No. El talento de Pensotti, sin renunciar a la profundidad y a arriesgarse a la complicación y la dificultad, casi siempre es funcional. Está dirigido a contar la historia, a acercar con más complejidad si cabe, pero a acercar al personaje al espectador. Para mirarlo con lupa, para entenderlo, con distancia y sin caer en pozos de empatia emocional.
Bien, pero a lo que venía este comentario, desde Madrid.
Para qué tanto Menem Bordegaray. Todos somos hijos de las circunstancias, pero de verdad cree usted que la estructura psicológica de los personajes, su relación entre lo intimo y privado y lo público y político, su manera de relacionarse, las estructuras familiares y laborales en las que viven, son menemistas. Caray... Pues son en un 99 por ciento, las mismas que las que vivimos en Madrid.
Y ahí está el acierto, que seguro es consciente, de Pensotti. De estrujarse la cabeza para hablar desde lo propio pero de lo que importa. Y lo que importa es que el pasado será lo que sea, una irrealidad, un recuerdo de un recuerdo, un animal grotesco, o tierra y deseo, pero ante todo es lo que nos conforma y nos encarcela: creo que en la obra de Pensotti, yo así al menos lo advertí, se plasma un cierto determinismo, como si los personajes, aunque luchan contra sus defectos y sus virtudes, aunque se desgañitan y se esfuerzan por no ser lo que creen que son, (Pensotti hace muy bien en poner una distancia narrada que nos advierte que la veterinaria es muy inteligente aunque ella no lo crea o que Pablo escribe de la hostia aunque el no lo sepa); ninguno es capaz de escapar de su propia historia, y aunque no se apuntan destinos, si hay una tristeza, un pesimismo ante una vida donde te tocan las cartas que te tocan.
Bueno, me callo, lo dicho y poco más, siempre con respeto.