1) Entrás a la sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza y te encontrás con un problemita: hay personas subiendo al escenario. Sí, público. Porque hay unas sillas dispuestas en semicírculo en la parte posterior del escenario, como pretendiendo cerrar y limitar el espacio. Quizás la pretensión es mayor, y quisieron así ayudarnos a que nos sintamos más cercanos, aunque dudo de que en la fila 20 puedas sentirte más cerca de otra cosa que no sea la fila 19. Cuando comience la función te vas a dar cuenta de que esas localidades adicionadas están indicando que la sala es inadecuada para esta pieza, y se le puso ese parche para que parezca estamos en una sala chiquita, que es lo que el texto pide.
2) La música inicial (incluyendo sus ruidos raros) es de una altisonancia insoportable. Si tu ubicación llega a estar en los laterales de las primeras filas, ponete en manos de san Policarpo de Esmirna o aceptá –en caso de no ser creyente– que tu maravilloso equipo de martillo, yunque y estribo se llevará un souvenir lesivo de esa noche.
3) Tras un show de luces que nada aporta, Mike Amigorena dice la primera palabra. No recuerdo qué palabra pero, ¡ay!, esa palabra se escucha a través de los parlantes. Claro, quizás las dimensiones y la pobre acústica de la sala exijan el uso de micrófono (no lo sé), pero hay un problema grave, porque el texto de Bernard-Marie Koltès pide intimidad, y no hay manera de transmitir intimidad por micrófono.
4) Ya sabemos que Mike Amigorena es un excepcional intérprete, de una versatilidad asombrosa y capaz de casi todo (quizás de todo, pero ninguna actuación podría pedir todo). Es un volcán de recursos que puede seguir explotando y siempre con precisión, con absoluto dominio de su instrumento. Pero además de intimidad, el personaje creado por el buen Bernard-Marie pide poco despliegue a quien lo encarne. Muy poco. El texto de La noche antes de los bosques es de esos que uno podría imaginar interpretado por un gran actor sin salirse de una silla, mientras que acá sucede lo contrario: Mike tiene rienda suelta. Y hace de todo. Que, ¡por supuesto!, lo hace todo bien, pero no les hace bien, ni a él ni al texto, porque tantas habilidades lo alejan del texto a Mike, y al texto le quita potencia una interpretación tan expansiva. Es decir: Amigorena da todo, pero Koltès necesitaba mucho menos.
5) La directora, Alejandra Ciurlanti, se hace ver demasiado. En todo lo antedicho: la dañina dimensión de sala y el intento de emparchar su enormidad, la música, las luces del inicio, el despliegue de Amigorena, todo eso ella lo vio y lo eligió sabiendo (no puede no saberlo) que se ponía por delante del texto, que usaba el texto para mostrar su trabajo.
Pero, por supuesto, hay público para todo. Y críticos para todo, quienes desde otro criterio pueden avalar fervorosamente esta puesta, claro está. Por ejemplo, y sin pretensiones de futurólogo, creo que La noche antes de los bosques es una excelente candidata a llevarse algunos premios ACE de los que se entregarán este año.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La noche antes de los bosques en este link a Alternativa Teatral.
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