Creo que lo familiar ha empujado a lo social fuera de nuestros escenarios en las últimas dos décadas.Cualquier persona que haya frecuentado el circuito teatral alternativo de nuestra ciudad, atiborrado de pretendidos conflictos de living y saturado de familias disfuncionales, estará de acuerdo con el diagnóstico dado por Apolo. Y es bueno que lo haya dicho. Pero cuando expresa sus intenciones, el dramaturgo y director nos habla de algo que no ha logrado, algo a lo que ni se le ha acercado.
En este tiempo hemos visto cómo los despojos de la familia burguesa saturaron y saturan con su rostro disfuncional las pequeñas salas del circuito alternativo y las grandes salas de la calle Corrientes.
Una y otra vez, nos reunimos a padecer y a reír de lo deforme, lo cómico y lo monstruoso que habita el interior de nuestras casas, refugiados en el interior de los teatros.
Y mientras tanto, hemos perdido las calles.
Lo público es televisivo. Lo social, mera estadística. Lo político es marketing. La calle, violencia y exclusión.
Mi pequeña obra es una obra sobre una niña pequeña: Rosa no tiene más de trece años. Si no cerramos nuestros ojitos burgueses a lo que habita más allá de nuestro living, cada día, cada terrible noche, entenderemos cómo a esa edad y en nuestro mundo real la niña ya conoce la violencia, el crimen, el sacrificio.
El ritual secreto de nuestra sórdida sociedad es el sacrificio oculto de sus pequeños. El sincero deseo que rige esta puesta es ofrecer a cambio un ritual teatral que, si bien no puede salvarlos, al menos los haga visibles.
Sucede que “nuestros ojitos burgueses” se abren aquí frente a un ritual teatral cargado de estereotipos –si no caricaturas–, y eso provoca un distanciamiento tan grande que de ninguna manera animará al espectador a hacer una autocrítica o una revisión de sus valores que resulte en un cambio de su actitud para con lo que sucede puertas afuera. Porque así como nada mejor que poner en el escenario a un miembro del Ku Klux Klan con su ridículo disfraz y pegándole a un negro para calmar la conciencia de un público con inclinaciones al racismo, ni nada mejor que representar una noche movidita de la Gestapo para aliviar la conciencia de quien desprecia un poco a los judíos, Rosa Mística presenta personajes tan estereotipados que jamás animarán a ninguna reflexión porque son lejanísimos, extraños. Nadie puede identificarse con esos seres tan fehacientemente prejuiciosos que, para más, están moldeados en prejuicios: la mirada que Apolo les da a esos miopes de clase media baja no es menos limitada que la juzgada en ellos. Y no se trata de negar la existencia de ese tipo de fascistoides baratos que piden mano dura junto a Mirtha y Susana porque “salís a la calle y te matan”, pero verlos en el escenario sin matices, tan de la línea Ruckauf-Blumberg, los convierte en fusible: se queman ellos sin que haya riesgo para quien está cerca.
Condicionada por estas limitaciones, Rosa Mística nos muestra a una chica de 13 años, excesivamente piadosa, que siente amenazada su fe porque en un cercano barrio indigente se instala la devoción a un bebé muerto en un enfrentamiento entre la policía y los parientes de la inocente víctima. Un caso al que sospechamos de gatillo fácil que deriva en lo que ella entiende como una aberración para con su ferviente catolicismo. Pero está atravesada por las presiones generadas por su papá policía malo, su mamá ama de casa tonta y negadora, el cura de la parroquia y Lauchi, un amiguito de la villa. Todos personajes maquetitas: el cura, un aparentemente dulce inquisidor que remite todo a lo trascendente (exageradamente retrógrado, a punto tal que argumenta con conceptos que ni siquiera son de la actual doctrina católica); mamá en el límite de la idiotez; papá policía salido de una película argentina de la inmediata post-dictadura, y el villerito fierita “Eh, ¡aguante’ lo’ pibe’!” (con dedos índice y pulgar haciendo un ángulo de 90º y, a la altura del mentón, rotando la muñeca arriba y abajo). En ese entorno, Rosa, tan mística, tan nena, tan patológica, se sostiene mucho mejor.
Hay unos problemitas más que Apolo no supo resolver en el momento del casting, cuyos resultados poco felices se advierten en la familia. Tenemos que a Ana Pauls, aun siendo una mujer muy joven, de todos modos se le complica sostenerse como una adolescente temprana e inocentísima, y quienes interpretan a sus padres evidencian tal diferencia de edades que es imposible reconocerlos como matrimonio. Esto se complica mucho porque los vínculos entre los personajes no existen, no generan nada, no se revelan en ningún gesto ni en emoción alguna. Si Ana Pauls no le dijera “mamá” a Amanda Busnelli, podríamos pensar que es la kiosquera de la esquina o una tía que la crió; y lo mismo sucede entre Busnelli y Mario Jursza: si no se nos informara en palabras que son los padres de Rosa, jamás lo hubiéramos sabido. Resulta así paradójico que la imagen que dan es la de aquello de lo que el autor quiso desmarcarse: una familia rara, que si tuviera un poco más de protagonismo en la dramaturgia, a no dudar que hubiera devenido disfuncional.
La intención de extender su crítica a la función controladora de la religión (en este caso, la católica) no es escamoteada por Ignacio Apolo. Pero le falta investigación en todo lo que se refiere a lo eclesiástico, desde las oraciones y los signos hasta las ya citadas doctrinas perimidas, en el exagerado hieratismo del cura (¡es un cura del conurbano, no Eugenio Pacelli!) e incluso en sus vestimentas rituales.
Lamentablemente, Rosa Mística tiene muy escasos logros para sus demasiadas intenciones explícitas. Si el objetivo de Apolo era llamar al público a reconciliarse con los temas sociales en el teatro, no lo logra, y quizás incluso invite a renegar de esos temas por la poca profundidad con que se los trata porque –insisto– construyó con prejuicios a quienes quiso mostrar como prejuiciosos, se detuvo poco en quienes detienen poco su mirada en los demás, cayendo irremediablemente en huecos clisés.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Rosa Mística en este link a Alternativa Teatral.
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