No en la atenazadora angustia, no en la sombría desesperación, no en la carcelaria melancolía, pero sí en la serena tristeza hay indicios de belleza. Quizás porque la tristeza sea inherente a la vida humana (a punto que, quien no la conoce, inevitablemente ostenta un alto grado de imbecilidad), en tanto que las tres primeras deforman lo humano, y cuánto mejor para quien no las haya padecido.
No, tampoco se trata de la belleza formal del relato sobre la tristeza, que podría aparecer al describir incluso angustia, desesperación o melancolía. Esa viene después. De lo que aquí se trata es de la belleza de la tristeza. Misteriosa, contradictoria, muchas veces ignorada. Pero está ahí, en la añoranza del bien perdido, en el rechazo del mal actual o en la aspiración al bien renuente a ser alcanzado. (Si esto suena excesivamente a una metafísica religiosa, será por una pobre identificación de lo trascendente con lo divino, pero no necesariamente es dios lo que escapa a nuestras limitaciones.)
En un trabajo donde su rol de director seguramente potenció al de autor desde la primera palabra escrita, Fernando Rubio supo encontrar esa belleza que habita oculta en la tristeza. Y la ofrece en siete muy breves textos que apenas son retazos de historias de soledad, de pérdida, de abandono. Siete fragmentos propuestos en la despojada intimidad que exige su transmisión.
Sin pretensiones de originalidad ni ostentaciones de firma del autor, Rubio recurre a generar un encuentro personal, íntimo, ineludible entre quien interpreta y quien asiste (y uso este verbo porque ahí no somos espectadores ni público, sino asistentes en todas las acepciones de esa palabra). Apenas seis personas en cada una de las siete cabinas que nos obligan a poner los pies en la tierra, que hacia lo alto nos permiten escapar sin fin, que nos separan del afuera con la liviana determinación de un plástico blanco sensible a la menor brisa. Ante esas seis personas van desfilando los siete intérpretes (intensos y a la vez sutiles intérpretes: Andrea Nussembaum, Jorge Prado, Julián Calviño, Martín Urruty, Natalia Salmoral, Pablo Gasloli y el mismo Fernando Rubio), cada cual con un retazo que no sabemos cómo ensamblar con los otros. Y si nadie ha dicho que se deba asumir esa tarea, que cada cual se los lleve como puede.
Las heridas que con pudor exponen –más o menos cicatrizadas, más o menos disimuladas– evidencian que no todo está bien bajo el sol. Pero el sol, como decía Albert Camus, nos recuerda que la historia no lo es todo. Y donde comienza el día, todo futuro es posible.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Donde comienza el día en este link a Alternativa Teatral.
domingo, marzo 14, 2010
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