Aprovecho que todavía no hay ninguna obra por estrenar ni se ha anunciado ningún ciclo de la mano del Goethe-Institut, no sea cosa que parezca que hablo contra el trabajo de algún o alguna artista en particular de entre quienes se suman a las propuestas teatrales de ese organismo de cultura de la República Federal de Alemania. No, nada de eso. Hablo de lo que se propone en general.
Ante todo, aviso que comprendo a ambas partes: Alemania quiere que su cultura despierte interés en otras latitudes, que sus artistas sean conocidos (incluso, me parece, cuando ni los alemanes están seguros de que valga la pena conocer a algunos de ellos), y a la gente del teatro porteño le viene muy bien una inyección de euros en el bolsillo por montar una obra. Es decir, ambas partes persiguen intereses legítimos.
Pero yo sigo creyendo –¿ingenuidad?– que las personas que hacen teatro son, además de trabajadoras, artistas. Y es ahí donde me resulta incomprensible que pongan su arte al servicio de textos tan lejanos a quienes veremos sus puestas. ¿Qué tiene que ver ese mundo de personas que a diario sacian su consumismo, que establecen vínculos que no reconocemos, que se especializan en problematizar nimiedades? (Que, además, tienen vidas aburridísimas.) Por supuesto que no estoy en condiciones de afirmar que no existan porteños y porteñas como esos personajes alemanes, pero será que no frecuento Puerto Madero ni paso los fines de semana en un country lo que me hace desconocer a esa gente. Es más: tampoco la veo en el circuito teatral alternativo porteño. Mientras que –pequeña paradoja–, cuando salgo del teatro, seguramente me cruzo con muchos cartoneros cuyas vidas apenas han aparecido en nuestros escenarios y en nuestra dramaturgia. Tampoco aparecen mucho otros temas que atraviesan nuestras vidas a diario, como el latente temor a la desocupación, las consecuencias en la vida cotidiana del desguace del estado, el abandono a la vejez, las personas que viven en situación de calle…
No, no es temor a que el Cuarto Reich comience en las salas de Abasto. Mucho menos una cuestión de chauvinismo. Es apenas la sensación de que, gracias a algunos años más de acción del Goethe-Institut, terminaremos reconociendo mejor a un oficinista de Stuttgart que a un adolescente de Villa Lugano.
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Comentario enviado por Alan Robinson.
ResponderEliminarHace poco hice un trabajo sobre Máquina Hamlet, del Periférico de Objetos. El grupo públicamente reconoce que el Goethe-Institut le pagó los pasajes del dramaturgista Welke.
¿Era necesario para el texto de Máquina Hamlet, teniendo en cuenta la independencia y distancia que generaba la puesta en escena respecto de la dramaturgia de Müller?
No era necesario por una cuestión artística, sino por una cuestión comercial. El problema de estos grupos es que no se reconocen comerciales. Sienten de alguna forma culpa. La producción de Máquina Hamlet fue genial, lograron el apoyo del Celcit y que el San Martín los coprodujera. A veces una buena gestión comercial genera que un grupo se arme de su propio público. Este fue el caso del Periférico. Pero hay que ser honestos: El Periférico ya no es periférico, está en el centro, y les encanta estar ahí.
Comentario enviado por Alan Robinson.
ResponderEliminarMe olvidaba aclarar que no me parece mal los mecanismos y estrategias de producción utilizados por el Periférico para hacerse de un público, y que Maquina Hamlet me pareció una obra muy buena, además de que me haya gustado en lo personal.
Pero son cosas distintas.