Si algo pudiéramos reclamarle al feminismo es haber luchado para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo laboral. ¡Grave error! Deberían haber buscado, exigido, inventado una alternativa al sistema de esclavitud capitalista que los hombres organizaron sin ellas. Así están las cosas: a los hombres explotadores se le sumaron mujeres explotadoras, y las mujeres explotadas son, con suerte, apenas un poco menos explotadas. Mal negocio, ¿verdad? Pero se comprende, porque casi siempre es así: la inmensa mayoría de los grupos sociales excluidos aspiran a poseer lo que ven en los sectores privilegiados, sin pensar otras opciones que aventajen a la situación imperante y no reproducirla. Los resultados están a la vista.
Fijate en Chichita, toda la jornada metida en un baño, dando toallitas descartables o repasando el piso y los sanitarios. Eso no es vida, y por tal motivo se inventa otra, la que fuere, y mejor cuanto más lejana sea a ese baño, aunque termine delirando ser una especie de Baronesa de Munchausen armada con una sopapa.
Fijate si no en Chabela, que se presenta como “la empleada de la limpieza”, una persona horrible a la que le ha tocado trabajar para gente quizás menos expeditiva que ella, pero no mucho menos inhumana.
O en Marucha, que acosada de por vida por dietas inútiles que jamás le dieron resultado, se vio obligada a vivir de venderlas. O en Chola, educada para el sufrimiento y el fracaso a punto tal que no puede ver todo lo bueno que se desencadenó en su vida gracias a la agencia de lotería que puso con lo que heredó de su abuelo.
También tenés a Ceci Sex, una prostituta devenida en mero símbolo sexual (la posmodernidad vacía a todo) a la medida de las necesidades mediáticas, y seguramente más prostituida así que cuando hubo entregado su cuerpo por dinero. Y a Mecha, la mujer que, aunque no necesita trabajar, seguramente su marido la motiva a escribir para que se mantenga ocupada y le hable menos, alentándola a trabajar para que no moleste en la casa. Hasta que finalmente se nos presenta Pochi, una sobreviviente que ha sabido adaptarse a lo que venga porque en un país sin laburo, “hay que hacer de tripas corazón”.
Mónica Cabrera es la culpable de la existencia de esas siete mujeres. Y muy bien aprovecha las circunstancias sociales de esos personajes para alimentarlos con sus respectivos contextos y, a la vez, hablar de las consecuencias de esos contextos que no son simples paisajes, sino condicionantes de las vidas que en ellos se desarrollan. De alguna manera, Chichita, Chabela, Marucha, Chola, Ceci, Mecha y Pochi, más que celebrar el Día de la Mujer, deben valerse de él para seguir reclamando su lugar en el mundo.
Arrabalera. Mujeres que trabajan es otra maravilla del catálogo de obras escritas, dirigidas e interpretadas por Mónica Cabrera. Y este título ha regresado a la escena porteña gracias a la feliz idea de una Maratón Cabrera que está desarrollándose en el Teatro Payró, con cinco obras en cinco meses consecutivos.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Arrabalera. Mujeres que trabajan en este link a Alternativa Teatral.
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