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jueves, febrero 11, 2010

teatro // El Club de las Bataclanas, de Mónica Cabrera

Ellas son Amapola, Violeta, Hortensia, Narcisa, Coral y Alelí. Las seis flores de ese club, las seis bataclanas que –a no dudarlo– en sus años mozos habrán provocado el furor de sus espectadores, clientes, admiradores o abonados. Ahora ya tienen una edad que ni siquiera es conveniente calcular (70, 85 ó 120, qué más da). Y si bataclana significa “corista o bailarina de baja categoría cuyo mayor mérito consiste en la exhibición de su cuerpo” (no es esta una apreciación mía, sino una definición de Oscar Conde en su Diccionario etimológico del lunfardo), sumado a que el tiempo lo arruina todo (tampoco es afirmación mía, sino de Gaspar Noé en Irreversible), entonces ya no hay nada que exhibir, porque el mayor mérito se ha perdido. Así las cosas, ¿qué ofrecer? La propia historia, la experiencia, lo vivido. Y estas bataclanas suman, a sus particularísimos y crudos relatos, un estilo personal en el que se mezclan sus respectivos contextos culturales, sus personalidades y hasta sus ideologías políticas.
Amapola es quien está a cargo de darnos la bienvenida. Mujer sufrida, luchadora, indefectible en su ideales anarcosocialistas, aunque parece cansada de este mundo tan ajeno al de sus sueños políticos. Este inicio es brillante, pues dado que Amapola es muy perceptiva, se permite capitalizar e incorporar en su monólogo todo lo que sucede entre el público (sin involucrarlo ni hacerlo intervenir), además de poder relacionar lo que fuere con la actualidad sociopolítica, pues el personaje no ceja en su compromiso militante incluso sabiendo perdida la batalla.
Las siguientes en desfilar son la dominatriz Violeta con su voraz discurso que invita a someter al varón, y Hortensia, amiga de Leandro Nicéforo Alem, una precursora en usufructuar los beneficios de tener amigos en la Unión Cívica Radical. Una y otra se destacan por sus contundentes y personalísimas expresiones corporales. Luego aparecen Coral, una mujer con reminiscencias gallináceas y cuyo hablar convierte en expresivo cacareo algunas de las innumerables sílabas “co” que aparecen en su relato, y Narcisa, quien tiene algunos problemas por haber dejado de fumar.
El espectáculo se cierra con otro personaje fantástico: Alelí, vieja puta que sin falsos pudores se presenta como tal con su bata de un rojo furioso y su tocado negro. Hija devota, madre exigente, dulce abuelita, afanosa trabajadora en su juventud y madurez, a las puertas de la tercera edad se ha puesto al día con la tecnología y las nuevas tendencias sexuales, por lo que ahora atiende a sus clientes a través de una línea telefónica paga en la que ellos y ella hacen sus respectivas partes por separado; más limpio el trato no puede ser. Y entre un cliente y otro nos cuenta de su vida, la pasada y la actual. He ahí un momento increíble, desopilante, inolvidable: cuando un usuario de sus servicios le pide que le cante una canción infantil, lo que la inefable Alelí convierte en una exitosa provocación erótica.
Esas seis mujeres son Mónica Cabrera, excepcional intérprete, profunda y sólida autora y muy sagaz directora de este espectáculo. Hay que decir además, aunque suene poco serio o académicamente sea indebido, que Mónica Cabrera es una de esas laburantes del teatro que han dado mucho a la escena porteña y cuyas cualidades han sido solo reconocidas por el público y en parte por el periodismo teatral. Pese a ser una excelente artista, Mónica Cabrera nunca es considerada entre los nombres destacados del teatro: el suyo no forma parte de los apellidos que exhalan como jaculatoria quienes quieren poner ejemplos que confirmen que estamos en la era de oro del teatro argentino, y recién en 2009, en la séptima edición de Festival Internacional de Buenos Aires, fue por primera vez seleccionado un espectáculo suyo (The Victory to La Madrecita) en ese evento. Será porque habla llano, porque lo suyo no es exclusivamente comprensible para señoras formadas o para petulantes de título habilitante bajo el brazo, porque no deja pasar ocasión para decir lo que piensa o por otros motivos. Eso sí: donde quiera que se presente, con cualquiera de sus espectáculos, haya en la platea 50 o 300 personas, Mónica Cabrera se lleva un aplauso fervoroso, festivo, agradecido y honesto

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El Club de las Bataclanas en este link a Alternativa Teatral.

1 comentarios:

  1. Comentario enviado por Stella Matute.

    Impecable tu crítica, Lucho. Merecidísima para Cabrera. Que más allá del profundo afecto que siento por ella es, como bien decís, una artista enorme, de grandes dimensiones. Y que nos prueba en cada una de sus funciones que es mentira que el teatro argentino murió en algún momento... ¿o no?

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