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lunes, febrero 01, 2010

teatro // Mucho ruido y pocas nueces, de William Shakespeare, según Oscar Barney Finn

El clima del jueves 28 de enero fue agobiante en la ciudad de Buenos Aires. Quizás ese excesivo calor originó mi confusión, ya que me dirigía al Teatro San Martín en subte, pero luego aluciné haber viajado en el túnel del tiempo y haber sido arrojado –cual Tony y Douglas– en la platea del estudio mayor de ATC durante la grabación a color de una adaptación de una joya del teatro universal a la idiosincrasia argentina, que es joven, gaucha y estanciera. No entendía cómo estaba sucediendo eso, pero tenía como prueba lo que acontecía ante mi vista: un viejo programa de televisión, con cuadros musicales melosos y coreografías sonsas, con personajes estereotipados y chistes fáciles dichos mirando a cámara.
Mi confusión se desvaneció cuando recordé que estaba viendo una adaptación de Oscar Barney Finn de Mucho ruido y pocas nueces. Pero entonces me ganó otra confusión, que es la que propone el director: una obra de fines del siglo XVI adaptada a principios del siglo XXI, trasladada a mediados de la década de 1870 y con una puesta que nos retrotrae a 1980.
El asunto es que estamos en una bucólica tarde de principios de 1876, en la pampa bonaerense. La nutrida familia Lagos (hay una parva de gente en el escenario) se divierte bajo un frondoso árbol que enmarca el escenario por la derecha. Y llegan los militares que andan controlando a la indiada en la frontera, la que pocos meses después quedará bien delineada gracias a la preclara Zanja de Alsina*. Y como parece que poca gente pasa por la estancia de Leandro Lagos, los oficiales del ejército terminan siendo el mejor partido para las chicas de la casa. La médula shakespeareana pone los desprecios, las pasiones, los engaños y las muchas confusiones que se sucederán hasta llegar al final feliz.
Ahora bien, más que adaptar, parece que Barney Finn ha mezclado a la fuerza algunas cosas. Resulta extraño ver a los hermanos Lagos (Salo Pasik y Carlos Kaspar) de punta en blanco y con tan elegantes modales, porque antes de la gran repartija de tierras robadas por Julio Roca y sus cómplices a los indios, los dueños de estancia no se parecían mucho a los muñecos atildados de la posterior oligarquía agropecuaria. Otro tanto pasa con los soldados: para luchar contra el indio se arriaba a cuanto gaucho vago andaba por ahí, y los oficiales tampoco eran lo mejor de la sociedad porteña, pero resulta que en el escenario vemos dentro de los azules uniformes a muchachos como educados en una corte europea. Esas incompatibilidades atraviesan toda la obra, y no tienen otro origen que en el haber metido a presión los manierismos cortesanos en la pampa bárbara.
Un capítulo aparte merece la escenografía, que desde la misma escena de apertura anuncia falta de criterio: esa casita que se supone es el casco de la estancia a la distancia, sin perspectiva ni algún efecto de iluminación que la suponga lejana, se impone como una maqueta que está ahí nomás o, en el peor de los casos, como una lujosa cucha de perro que emula la arquitectura que aloja a sus patrones. Luego tendremos el frente de la casona y el frente de la iglesia, exactamente paralelos a la boca del escenario, exactamente en el medio del escenario, cada uno simétrico, pesado, chato, duro, pese al vano intento de darle algo de movimiento al templo con sendos álamos que parecen el pobre resultado de una primera clase de trabajo en cartapesta. Pero la mayor de las arbitrariedades llega cuando una serie de paneles verdes intercalados en dos hileras irrumpe en toda la altura del espacio. ¿Qué son esas cosas? ¿Qué explicación tiene la aparición de lo abstracto cuando vienen armando el espacio desde cierto realismo, aunque sea un realismo de troquelado de Billiken? ¿Qué se supone que generan esos paneles, solo útiles para que los personajes puedan corretearse entre ellos y escucharse escondiéndose detrás, sólo justificables en un ocasional horror vacui en plena llanura pampeana? Se torna imposible de creer que el mismo Jorge Ferrari haya hecho esto y, a la vez, la austera y funcional escenografía de Rey Lear (por solo dar un ejemplo con un trabajo suyo que ahora puede verse y compararse), a no ser que se trate de un mero realizador que se ajusta a los pedidos del director de turno sin aportar nada más que la concreción material.
Fuera de esto, nada que destacar. Todo transcurre en una aburrida continuidad sin matices ni emoción, excepto por los policías: el comisario Robles Robles (versión criolla de Dogberry, interpretado por el prestador de servicios docentes al Banco Central Daniel Miglioranza) y sus asistentes Inocencio (Diego Freigedo), Anacleto (Enrique Iturralde) y Zenón (admirable e inagotable Claudio Pazos). Pero su registro actoral y el delineado de sus mismos personajes no tiene ninguna relación con el resto de esta propuesta, pues ofrecen unas caricaturas desmesuradas, como si se tratasen de adaptaciones pampeanas de los Keystone Cops de las películas mudas de Mack Sennett. Vaya paradoja: lo único que resulta eficaz de esta versión es lo que no se ajusta a ella.
Entre la Mesina original y la pampa barneyfinniana está el océano. Será por eso, por quedarse a mitad de camino, que esta puesta se hunde.
¡Y viva la patria aunque Shakespeare perezca!

* La Zanja de Alsina fue uno más de los tantos gastaderos de fondos públicos que resultaron en nada útil. Cualquier similitud con esta puesta hecha en un teatro del Gobierno de la Ciudad es mera coincidencia.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Mucho ruido y pocas nueces en este link a Alternativa Teatral.

1 comentarios:

  1. Comentario enviado por Fernando Musante.

    Coincido con tu crítica. Es más, asistir al estreno me hizo reflexionar sobre el título de la obra y su traducción a nuestra lengua (la expresión en inglés es "Much ado about nothing") y hallé, tanto al original como a la versión española, sumamente adecuados para describir lo que vi. En otras palabras: sobró ruido y las nueces brillaron por su ausencia.

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