Una película. Una sorpresa. Un placer. Por todo eso, una nota que es una excepción.
Hay rutas insospechadas para los porteños. Rutas que, vistas desde nuestro ombliguismo, no son más que una línea que atraviesa pueblos ignotos trazada caprichosamente entre dos puntos del mapa argentino. Una de ellas es la ruta nacional 95, que une Ceres (Santa Fe) con Villa General Güemes (Formosa).
Aproximadamente a mitad de camino entre sus extremos, recorriendo esa ruta, la cámara nos entrega un paisaje dominado por la luz y el calor para ofrecernos la mirada de Esteban, quien vuelve a su terruño tras largos años de ausencia. Solitario y silencioso, el joven parece empequeñecerse bajo el arco que advierte al viajero desprevenido que ha ingresado a “La Tigra. Rugir del Chaco”, a la vez que se destaca por ser el único que camina por esas calles.
Esteban volvió para hablar con su padre, quien formó una nueva familia. Pero no lo encuentra: salió por varios días (no se sabe cuántos) a trabajar con su camión, según le comenta la tía Candelaria, quien recibe en su casa al recién llegado.
En ese pueblo de unas pocas cuadras, Esteban reencuentra rápidamente todos los vínculos de su pasado y algunos que ni conocía, como el hijo menor de su padre. Y ante todo a Vero, a quien dejó siendo una niña y ahora es una hermosa joven que le quitará el sueño. O le provocará sueños mejores que los que traía, porque Vero es para Esteban la prenda de una vida que él no imaginaba o, quizás, que había olvidado. Aunque no todo es sueño, pues Vero está de novia con Roger, que tiene una carnicería, su padre le regalará una casa y tiene una banda de rock, lo que lo convierte en un muy buen partido, si no en el mejor de los candidatos para cualquier chica de La Tigra.
Es evidente que no hay sorpresas en La Tigra, Chaco. Es una historia común, en la que un muchacho se reencuentra con una chica y descubren que todo lo que había sido juego en la infancia, hoy se les aparece como amor. Y si por esto fuere, sería una película igual a otras miles. Pero no lo es, porque Federico Godfrid y Juan Sasiaín, autores del guión y directores, han logrado darle al relato un ritmo y una estructura admirables, y cuyo único secreto quizás sea el haber comprendido y respetado el transcurrir de la vida en ese mismo pueblo. En este, su primer largometraje, los directores han sabido entregarse al objeto de su mirada, y así nos lo acercan con la máxima honestidad posible, pues no le han exigido adaptarse a intenciones previas ni se han dejado llevar por el asombro ante lo desconocido o infrecuente. Ellos respiran La Tigra, palpitan con ella, y de ahí la originalidad y la belleza que logran exhibir en cada escena, en cada plano.
Así también han obtenido destacables logros en las actuaciones. Por un lado, en el profundo y sutil trabajo actoral de Ezequiel Tronconi (Esteban) y Guadalupe Docampo (Vero), pero también en las actuaciones no profesionales de tigreños y tigreñas que se desenvuelven con precisión porque están contenidos en su vida misma y no arrojados a una ficción que toma a su pueblo como mero escenario. De ese elenco local, se disfrutan y agradecen los trabajos del muy jovencito Federico Ibáñez (Alejandrito), Roger Grancic (Roger) y especialmente el de Ana Allende, quien crea una tía Candelaria memorable y protagoniza la escena más gratuita, innecesaria y genial de este film, en uno de esos momentos que solo el cine puede lograr y que nos quedan grabados en algún lugar del corazón: ella sentada junto a una mesa en el patio de su casa, un jadeante perro de orgullosa vulgaridad echado en esa mesa que recibe sus caricias, mientras Candelaria le canta (sí, al perro) una canción en checo, su lengua natal.
Así es la vida, chiquita, serena, casi nunca extraordinaria. Federico Godfrid y Juan Sasiaín trazaron una larga ruta y la recorrieron hasta encontrarse con ella y poder contemplarla de cerca, sin tomas asombrosas ni efectos especiales, y hacerla transcurrir en la plenitud de su poesía cotidiana.
Mientras el colonizado cholulaje del cine nacional sigue festejando las producciones argentinas que menos argentinas parecen, La Tigra, Chaco se abre camino desde una decidida mirada al país profundo, en el que la vida transcurre sabiamente sin necesidad de estremecimientos ni hechos impactantes. Y si menos es más, pocas películas podrán ser más que esta.
Horarios actualizados de febrero: La Tigra, Chaco se presenta los viernes y sábados a las 20 en Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415; tel.: 4808-6500) y todos los días a las 17:40, 20:55 y 22:30 en Cine Gaumont - Espacio INCAA Km. 0 (Av. Rivadavia 1635; tel.: 4371-3050).
Aquí, link al blog de La Tigra, Chaco.
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Comentario enviado por Alan Robinson.
ResponderEliminarVi la película y me pasó algo muy común en estos tiempos: una belleza técnica, pero una opinión tibia.
El pibe que vuelve de Bs.As. no tiene un proyecto, no sabe qué quiere, tampoco se lo pregunta, parece no preocuparse por sus propósitos en la vida. Es un pibe de los de ahora, puro presente. Y la película opina que esto está bien, que el amor es puro presente. Por este motivo la jovencita se queda con el pibe puro presente que es un mamerto, y no con el pibe que tiene un proyecto, es un artista, trabaja de carnicero y tiene planeado arreglar una casa.