Días atrás fui a ver la puesta de Rubén Szuchmacher de Rey Lear. Ya había visto un ensayo general, pero esta vez la vi con un público, digamos, de verdad. Tratándose de un texto clásico, uno supone que ese público será más lúcido que el que va a ver espectáculos que le ofrezcan un “convivio” (espero que esta palabra no sea marca registrada) con los culos que la televisión lanzó a la fama durante el año pasado. Y sí, pero no del todo, pues una parte –minúscula, pero existente– de aquel público resultó apenas más lúcida que ese otro, ya que se evidenció amaestrado por la vulgaridad televisiva, esa que lleva a festejar toda palabra soez cual babeantes perros de Pavlov ante el sonar de la campana. Bastaba que Horacio Peña ¬–en su rol de Kent– dijera “hijo de puta” para que se escuchasen varias risitas, producto de la imbecilidad de quienes creen que una puteada es una jodita para Tinelli y no la expresión espontánea de una persona indignada hasta la furia.
Con esta imbecilidad haciéndose notar en la platea de Rey Lear, ¿cómo no esperar que mayoritariamente el público de Agosto celebre como uno de los grandes momentos del teatro esa conversación que mantienen los personajes que interpretan Mercedes Morán, Eugenia Guerty y Andrea Pietra alrededor de la concha de su madre? ¿Y por qué no pensar que alguien convierta esas palabras chabacanas en el eje de su dramaturgia, si de ese modo tendrá asegurado un público satisfecho y agradecido?
Pues bien, la sensación que me provocó Fuego entre mujeres es que su autor y director, José María Muscari, tras años de mostrarse como transgresor, terminó encerrado en la acumulación de puteadas y groserías gratuitas pero muy efectivas para complacer a su actual público. Y sobre ellas monta los vínculos entre sus personajes, pues no profundiza en más relaciones que las surgidas de sus expresiones de mutuo desprecio y mutua reprobación.
Aun así sería injusto decir que todo es fruto del efectismo de esas palabras ordinarias, porque Muscari tiene otros dos mazos de donde saca cartas y con ellas abre el juego (aunque el juego es el mismo): el segundo mazo tiene los nombres de personajes renombrados que son utilizados como comparativos descalificadores, y el tercero, marcas comerciales existentes o desaparecidas. Y por más que mezcle y renueve las cartas de esos mazos, el condicionamiento es inevitable: podés pasarte la vida mezclando y dando de nuevo, pero si el mazo es el de las cartas con los países del TEG, jamás vas a tener envido porque Argentina, Rusia y Kamchatka no suman 33.
Entonces tenemos una abuela quemada que espera un injerto de piel de chancho (Irma Roy), su hija alcohólica (Mónica Salvador) y su nieta con trastornos severos en la alimentación (Dalma Maradona). No las une el amor, sino la devoción por Sandro (quien tuvo el tino de morir pocos días antes del estreno de esta pieza), cuyas canciones cantan, bailotean e interpretan estas mujeres. Fuera de lo ya señalado, no mucho más que alguna confesión dicha al público como para resolver los agujeros que fueron quedando en el camino.
A Irma Roy se la ve más preocupada en hacer notar que es ella misma que en componer su personaje. A Dalma Maradona se la ve muy preocupada en componer su personaje, pero apenas lo sostiene en mohínes de maltrato y poses de rebelde de cabotaje. Se destaca y agradece el trabajo de Mónica Salvador, pues brinda una interioridad y una intensidad mucho más equilibrada, exponiendo el dolor y el desgarramiento de esa mujer sin parodiarla ni alejarse del clima gracioso que intenta transitar la obra.
En síntesis: las llamadas malas palabras son necesarias cuando cualquier sinónimo nos privaría de su precisión y contundencia, pero por eso merecen ser cuidadas y no lanzadas al por mayor como sucede en Fuego entre mujeres. Y parecería que, cautivado por el éxito que le proporcionan esos textos cada vez menos interesantes, Muscari está perdiendo sus indiscutibles potencialidades como director porque se ha atado a trabajar sobre ese mal dramaturgo que es él mismo.
Digresión política
En 2001, poco antes de las elecciones nacionales del 14 de octubre (esas en la que miles de imbéciles se jactaron de votar a Clemente o una feta de salame), la entonces candidata a diputada por la Ciudad de Buenos Aires de la coalición Nuevo País, Irma Roy, fue denunciada por cobrar una jubilación ($ 3.600) y, a la vez, un sueldo como legisladora porteña ($ 4.500). Eso generó una fuerte fricción con el impoluto Gustavo Beliz, su socio en esa ocasión. “En principio, Roy negó percibir ese beneficio, pero después reconoció en público haber mentido”, decía Clarín en su edición del 15/09/2001, y recogía la siguiente afirmación de la actriz devenida política: “Ya renuncié a la jubilación. ¿Qué quieren ahora? ¿Que me inmole a lo bonzo?". Rara justicia la que la ha llevado por tantas alianzas políticas (incluso a ser candidata en 2007 por la lista de Alberto Rodríguez Saá) y hoy, finalmente, la hace aparecer quemada en un escenario.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Fuego entre mujeres en este link a Alternativa Teatral.
miércoles, enero 20, 2010
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