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Edición undécima de Montaje Decadente. Encontrala en:
Anfitrión, Belisario, Del Abasto, El Camarín de las Musas, El Fino, El Laberinto del Cíclope, Timbre 4.
Pronto, en otras salas (a medida que retomen su actividad),
Haciendo caso omiso a lo estipulado en el Reglamento General del Acceso a la Información Pública para el Poder Ejecutivo Nacional (Decreto 1172/2003, Anexo VII), Pablo Bontá da muestras de negarse a cumplir con sus deberes como funcionario público. En efecto, pasados los diez días que indica esa norma, no me ha dado respuesta a la nota que presenté solicitándole copia del acta de la preselección para la Fiesta del Teatro de la Ciudad de Buenos Aires 2008. Por eso recurro al Director Ejecutivo del Instituto Nacional del Teatro, Raúl Brambilla, solicitándole el mismo documento..
Y como en esta historia hay tanta palabra falsa, aquí la copia de la nota presentada.


Una cena entre amigos, como tantas otras. Los dueños de casa, Sofía y Gabriel, acompañados por Inés, comparten anécdotas y trivialidades, recuerdan y sueñan viajes. Falta Tomás, esposo de Inés, porque tuvo que viajar. Se escuchan a los hijos de ambos matrimonios jugando y luego pidiendo a gritos ver una película. Todo transcurre en la típica medianía serena de familias económicamente acomodadas y existencialmente satisfechas. Todo está en su lugar, y eso es muy tranquilizador.
El equilibrio se deshace cuando Inés explota: Tomás no está de viaje, sino con otra mujer. Inés llora, anuncia el divorcio, se anima, se compone. Y les deja a los anfitriones esa brasa ardiente a la que Sofía apaga tomando partido por su amiga (no puede ver otro partido cuando la otra parte fue infiel); no así Gabriel, que hasta se permite escuchar a Tomás cuando irrumpe en la tormentosa madrugada.
Pasará el tiempo y cada cual se irá reacomodando en su nueva realidad o ante la ajena. Pero quien no se reacomoda a lo sucedido es Donald Margulies, porque el autor toma partido por Sofía y Gabriel, los fieles cónyuges, que tratarán con extrañeza a los divorciados –como si la amistad hubiese tenido por objeto al matrimonio y no a las personas que lo formaban– y se cuestionarán un poquito cómo viven su propio vínculo. Así, Inés y Tomás van entrando en un cono de sombras, se difuminan como personajes para ser solamente un tema, y nos quedamos con un final que le augura a Sofía y Gabriel una vida feliz de una complejidad apenas superior a las que plantean las comedias rosas con Doris Day y Rock Hudson.
Hay que reconocer que –pese a la señalada elección o toma de partido o incluso sutil intento moralizante– el texto de Cena entre amigos es bello e inteligente, y tiene momentos de delicado humor. Necesario destacar que se lo disfruta sobremanera gracias a la rica y desacartonada traducción de Cecilia Chiarandini.
La labor del elenco –compuesto por la misma Chiarandini (Sofía), Roberto Vallejos (Gabriel), Nora Kaleka (Inés) y Lizardo Laphitz (Tomás)– es de una precisión tal que, en mínimas y escasas situaciones, parecería impedirles hallar la reacción que despierta el otro, como si cierto exceso profesional estuviera impidiendo el dejarse sorprender por el otro y por lo propio. Esto, insisto, es mínimo, y quizás haya sido algo que sucedió solo en la función en la que estuve, pero lo señalo porque esos deslices “hipertécnicos”, aunque mínimos, distancian a las y los intérpretes entre sí en instancias decisivas de esta obra.
El espacio ha sido eficazmente aprovechado, a lo que aporta la justa escenografía de Marta Albertinazzi. La dirección es del maestro Agustín Alezzo y de uno de sus discípulos, Lizardo Laphitz, quien –con honesto criterio, pero no siempre tenido en cuenta– tuvo a su cargo las escenas en las que no actúa.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Cena entre amigos en este link a Alternativa Teatral.
Umo. Cabaret mágico es un espectáculo que, si se lo describe, parecerá uno más de tantos: humor, coreografías, playback, magia, canciones muy bien interpretadas, transformismo, impactante despliegue de vestuario. Pero esta enumeración en nada le hace justicia, porque en cada cuadro, en cada elemento, en cada trabajo hay algo más que ha sabido buscar Adrián Ferrán, y casi siempre ha encontrado ese algo más que luce en el escenario, ennoblece a quien lo interpreta y deleita al público.
La singular apertura ya nos anuncia algo distinto, y evoca justamente a lo totalmente otro, a lo sagrado en tanto arcano, en una especie de procesión ritual que desemboca en un insólito alumbramiento.
Si bien no vamos a enumerar cada cuadro, tomemos los cuatro primeros que forman una sección, la del bar. Mientras este bar va tomando vida, abre con una milonga que, a modo de desafío, enfrenta a dos guapos; Diego Nocera y Bruno Lázzaro, que con sensualidad y aires de malevaje llevan adelante su parte. Le sigue Fumando espero, en el que una bataclana brinda una versión estupenda y única. Se trata de Horacio San Yar, que arrasa la sala entera con su voz y con el sentido que le da a las palabras de ese tango hasta convertirlo en algo nuevo, nunca escuchado; tal es el arrebato y la energía que pone que todas las versiones conocidas –esas que nos llevaban a imaginar una mujer que apenas aguardaba– parecen haber ignorado el secreto de esa espera apasionada y urgente que magníficamente sabe expresar este actor.
Tras un aplauso cerrado (no dudo que acontecerá así en cada función), Marcelo Iglesias le presta el cuerpo a Tita Merello para que cante Con permiso con unos pasos y gestos tan de arrabalera que bien valen a la vez como homenaje a ella y como efectivo grotesco. Con El tango de Roxanne, en el que la sensualidad y la magia se entremezclan en dosis justas, cierran esta parte Fernanda Telesco y Emmanuel Zaldua.
Y nos pasearán en mágicos, cuidados y cómicos momentos por la Europa central y la mediterránea, por el dorado Hollywood (no dudo que, con solo verlas, amarán a las sirenas), por el Oriente lejano y también por nuestras tierras, aquí con desopilantes Ramona Galarza y Jolly Land. No resulta acertado el cuadro final, el de Cenicienta, ya que no atrapa la atención (todos sabemos de qué se trata) y es demasiado extenso para poner al final de un espectáculo que desde el inicio se mostró felizmente vertiginoso.
En este elenco muy profesional hay que destacar el buen desempeño de Fernanda Telesco y la sorprendente ductilidad de su cuerpo, los aportes mágicos de Emmanuel Zaldua (¡cuánto gana la figura del mago cuando tiene herramientas de actuación!) y todo Horacio San Yar. Sí, todo él, porque aparece en el escenario y se ilumina y lo ilumina, despliega con soltura y simpatía un enorme talento en todo lo que hace… ¡y vaya si hace!: soprano, bataclana, monja francesa, cocinera alemana, sirena, asistente china y tonta del mago, Jolly Land, y todo lo hace asombrosamente bien. Para más, se lo ve disfrutar muchísimo, y en este tipo de espectáculos eso genera mucha cercanía con el público, que por consiguiente se contagia del disfrute y multiplica la satisfacción. Sí, Horacio San Yar es una fiesta en el escenario y, sin desmerecer a los demás, es indudablemente la estrella de Umo. Cabaret mágico.
Adrián Ferrán ha hecho una gran apuesta aquí. Podría hasta decirse que se ha jugado por entero, pues es autor, director, actor, iluminador, diseñador de vestuario y uno de los productores generales. Sin embargo, no necesita leer estas líneas ni ninguna otra para saber de resultados, porque ya ha ganado con este mundo seductor, misterioso y por sobre todo divertido que llevó a escena.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Umo. Cabaret mágico en este link a Alternativa Teatral.
Por tercer año consecutivo se presenta en la sala Puerta Roja (Lavalle 3636, Buenos Aires) el Encuentro de Teatro Marplatense en Buenos Aires, un panorama de las últimas creaciones del teatro independiente de aquella ciudad que tiene como objetivo apoyar y alentar esas producciones y se propone, año a año, seguir difundiendo algunos de los espectáculos teatrales cada vez más numerosos y de mejor calidad que allí se generan.
Las siguientes son las obras que se presentarán este año.
Viernes 6 de marzo, 22 hs.
Disparate
Un matrimonio sentado a la mesa hablando permanentemente. Hablan de todo, todo el tiempo; y no dicen nada. Una reflexión acerca de la incomunicación a pesar de la utilización permanente de la palabra. Paradójicamente, la palabra es utilizada para no comunicar, para establecer la falta de comunicación. Una vida hecha de frases hechas. Un todo de hablar de nada. Un universo de lugares comunes. Una mélange (casi podríamos decir) de sentimientos escondidos detrás de las palabras:
Actúan: Claudia Mosso y Guillermo Carlos Yanícola. Dramaturgia y dirección: Guillermo Yanícola.
Sábado 7 de marzo, 21 y 23 hs.
Un milagro
Una fiesta de cumpleaños. Amigos, parejas, ex parejas, gente (acompañada o sola), el infaltable brindis, peleas, arrepentimientos, discusiones, encuentros terribles y desencuentros apasionados, música sonando y cuerpos bailando sin parar, milagro de encontrarse en un gesto, una mirada de amor, los inevitables altibajos de toda fiesta, el deseo de unión llevado en cada célula del cuerpo, un milagro es que la gente se quiera.
Segundo trabajo originado de los seminarios de actuación y montaje escénico de Paola Belfiore y Adrián Canale (luego de Ponerse en pie), Un milagro pone en primer plano, en medio de un festejo de cumpleaños, la corporalidad de las relaciones, la profunda unión y a la vez el inmenso abismo que existe entre las personas; los “actos ebrios” que buscan un deseo irresistible: el de ser mirado, querido, amado o deseado.
Con Andrea Crouzat, Carla de Oyarbide, Christian Vogel, Jessica Grimaldi, Leandro Etchevarne, Luis Míguez, Mónica Feuer, Néstor González, Sofía Di Pace y Rosa Moreno.
Inspirada en el mundo poético de Charles Bukowski. Dirección y dramaturgia: Paola Belfiore y Adrián Canale.
Entrada general: $ 25.- Informes en Puerta Roja: 4867-4689.
El Encuentro de Teatro Marplatense en Buenos Aires
El primer encuentro se realizó durante el fin de semana del 3 y 4 de marzo de 2007, y en él se presentaron dos trabajos: El tajo más cruel, con dramaturgia y dirección de Adrián Canale, y Los fines, dirigido por Guillermo Yanícola. En 2008 se duplica la cantidad de espectáculos y se sumó un día de muestra, abriendo el espectro creativo de la producción del teatro independiente en Mar del Plata. Formaron parte de ese encuentro Una sociedad secreta (inspirada en el mundo poético de Roberto Arlt y Armando Discépolo), Ponerse en pie (surgido del Taller de Actuación y Montaje de Paola Belfiore y Adrián Canale), Un Beso Único (basada en Ubú Rey, de Alfred Jarry) y Después del final de la palabra (inspirada en el universo poético de Clarice Lispector).
No sabemos quiénes van llegando a no sabemos dónde. Son tres hombres y una mujer. Hay indicios de que fueron amigos. Hay indicios de que ellos han sido o han querido ser algo más que amigos con ella. Fluye entre ellos una mezcla de nostalgia por aquella amistad, algunas cuentas pendientes, envidias, revanchismos y cobardías. Un cóctel fuerte que no desentona en circunstancias extremas, en un contexto que habilita cierto grado de impunidad. Por eso nada mejor que estén en el velorio de un amigo. (También podría entenderse que están junto a una sala de terapia intensiva, pero las reacciones ahí siempre serían más acotadas, mientras que el dolor por la muerte parece más apto para cualquier desmadre porque suele despertar todas las emociones, desde las más bellas a las más horribles.) Con medias palabras, susurros y secretos van transitando ese momento en donde el pasado perdido se junta con la frustración, mientras el sinsentido de la vida deriva –para esquivar la angustia– en recíprocas imputaciones.
A todo esto llegamos por sus reacciones, las expresiones de sus rostros, la furia o la angustia en sus miradas, pero jamás por las palabras. Y al no haber referencia concreta a pasado alguno, a relación alguna ni a nada que los explique ahí y así, lo que acontece se convierte en universal. Lo poco que sabremos, lo sabremos por asociación, porque alguna vez estuvimos ahí y con personas como esas. O hemos sido alguna de ellas, en el peor de los casos.
En sus actuaciones, Eugenia Guerty, Claudio Martínez Bel, Néstor Caniglia y César Bordón ofrecen un desempeño impecable. La construcción de un relato sin expresar verbalmente conceptos que sostengan su trama los desafía a un intenso y permanente diálogo corporal, gestual y emocional que resuelven con maestría. Forman un elenco ejemplar, tanto en el sentido de la palabra “elenco” como de la palabra “uno”: son como un organismo, circula entre ellos una comunicación asombrosa que es, a mi entender, su máximo logro y su mejor fortaleza. Trabajo finísimo en el que la mirada de Enrique Federman ha sabido llevarlos hasta el extremo de cada estado de ánimo, haciéndolos estallar a todos en el ridículo, siempre dosificando adecuadamente para darnos siempre más.
No me dejes así estrenó en el invierno de 2005. Y puede pasar muchos inviernos más, tan vigente como el primer día, pero más efectiva por lo que logra crecer a fuerza de tanta profesión y tanta interpretación.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de No me dejes así en este link a Alternativa Teatral.
La Secretaría de Cultura de la Nación invita a la presentación de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea, que tendrá lugar el jueves 26 de febrero a las 21:30, con entrada libre y gratuita, en la Sala Alberto Williams del Centro Nacional de la Música y la Danza (México 564).
El siguiente es el programa que se ofrecerá esa noche.
Dejame hablar. Coreografía y dirección de Ramiro Soñez. Intérpretes: Bettina Quintá, Ernesto Chacón Oribe, Pablo Fermani, Victoria Hidalgo, Wanda Ramírez. Música: Ricardo Vilca.
In memoriam. Idea, coreografía, interpretación y dirección: Jack Syzard. Música: Michael Galasso.
Madre e hijo. Idea, coreografía, interpretación y dirección: Bettina Quintá y Ernesto Chacón Oribe. Música: Chiquilín de Bachín y Hora cero, de Astor Piazzolla.
Charanda (fragmento de una obra próxima a estrenarse). Coreografía, idea y dirección: Compañía Nacional de Danza Contemporánea (creación colectiva). Intérpretes: Bettina Quintá, Ernesto Chacón Oribe, Jack Syzard, Pablo Fermani, Victoria Hidalgo y Wanda Ramírez.
Divina. Coreografía e idea: Grupo Nuevos Rumbos. Intérpretes: Pablo Fermani y Victoria Hidalgo, Bettina Quintá y Ernesto Chacón Oribe, Wanda Ramírez y Jack Syzard. Música: Divina, de Joaquín Mora, y La Tablada, de Francisco Canaro.
Prólogo de un hecho histórico-cultural
Luego de haber transitado por destacadas compañías nacionales e internacionales y tras haber compartido casi diez años de experiencia artística en el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, un grupo de reconocidos bailarines decidieron seguir transitando juntos el camino para completar su desarrollo como artistas profesionales y preservar su intangible patrimonio: la dinámica grupal que adquirieron tras años de trabajo conjunto. Con esta motivación decidieron crear el grupo Nuevos Rumbos, con el objetivo de promover la inclusión de la danza contemporánea en la sociedad, como así también darle la oportunidad a la sociedad contemporánea argentina de expresarse, conmoverse y verse representada (con sus problemáticas, sus historias, sus diversas voces y visiones) a través de este arte. Propagando, además, los valores esenciales de comunicación, democracia, unidad, respeto, tolerancia, sociabilidad, trabajo colectivo, responsabilidad, participación y libertad de expresión, y buscando fomentarlos mediante el ejemplo de la dirección colectiva, algo que tiene que ver con una forma de conducción mucho más “contemporánea” y acorde a los tiempos democráticos que vivimos.
La Secretaría de Cultura de la Nación, observando su trayectoria artística individual y desempeño grupal, valorando los resultados obtenidos con su dirección colectiva y destacando los objetivos iniciales que como grupo humano tuvieron; decidió contratar a seis de esos artistas para integrar e iniciar la Compañía Nacional de Danza Contemporánea. Hecho que consideramos realmente auspicioso para la danza argentina y que da respuesta a una postergada necesidad de la Secretaría.
Este grupo inicial nos permitirá ocuparnos de las urgencias culturales más inmediatas mientras se trabaja, se instrumenta y planifica los objetivos a largo plazo.
La Compañía Nacional de Danza Contemporánea contará con un repertorio propio, creado por coreógrafos nacionales y por los mismos integrantes. Reflejando la realidad y cubriendo las necesidades culturales del aquí y ahora. Ofreciendo un producto a la sociedad y, al mismo tiempo, escuchando lo que la sociedad pide. Innovando en las formas de expresar nuestra identidad nacional contemporánea y convirtiéndose en custodio de las distintas corrientes creativas de la Argentina.
Dado que esta compañía tiene sus orígenes en época de democracia, auguramos que será referente y propagador de ella.
La Gran Guerra –esa que después fue bautizada como Primera Guerra Mundial– estaba llegando a su fin. Los horrores vistos y padecidos a lo largo de esos cuatro años imponían la necesidad de creer en la inmediata llegada de tiempos de paz y de progreso. Buenos deseos con poco o ningún asidero.
La vida familiar de entonces estaba atravesada por lo que esa realidad generaba: el fin de la angustia y de la incertidumbre, el regreso de los varones que fueron al frente, el encaminarse a un futuro venturoso y de bonanza sin límites. En ese clima están los Conway cuando entramos en su casa. Es la fiesta por los 21 años de Kay, quien aspira ser escritora y, de alguna manera, parece ser quien enfoca este relato de su vida hogareña. La acompañan sus tres hermanas: la inocente y pequeña Carol, la bella –y muy confiada en su belleza– Hazel, y Madge, la mayor, maestra y socialista militante. También está la madre, una viuda que coquetea discretamente con los ajenos y distribuye arbitrariamente roles entre los propios. Faltan los hijos varones: Alan, un bonachón que tolera ser ensombrecido –si no humillado– por su madre, y Robin, el mimado de mamá que sólo brilla por la permanente y zalamera mirada de ésta. Y de quienes participan de la fiesta conoceremos a Joan, una señorita casi tonta de tan sencilla, a Gerald, un pretensioso pueblerino, y Ernest, oscuro y torpe amigo del anterior.
El segundo acto nos lleva al mismo día, pero de 1937. Los Conway se reúnen en la casa materna ya no para festejar el cumpleaños de Kay, sino para buscar solución a la crisis financiera a la que han llevado los caprichos y las preferencias de la madre. El panorama es bastante desolador: nada queda del optimismo que les vimos en 1918. Todo indica que pronto habrá una nueva guerra. Todo indica que los sueños dieron paso a pesadillas. Pero el tercer acto nos devuelve a aquella luminosa noche inicial, como si en realidad se le hubiese permitido a Kay asomarse al futuro y ver las duras consecuencias de las decisiones desacertadas que toman sus familiares movidos por aquella simplona y eufórica esperanza.
En su película Irreversible (2002), Gaspar Noé termina/inicia su relato con una tesis: “El tiempo lo arruina todo”. Sesenta y cinco años antes, Priestley comprobaba algo similar, pero como entonces no se había inventado la comodidad intelectual de la posmodernidad, no le achaca los males al paso del tiempo, pues los sabe y los asume como consecuencias de las elecciones y a las acciones de las personas, que se viven y yerran en el tiempo. Por esto es tan valioso volver a El tiempo y los Conway: no solo por su valor estético, su bello texto (en este caso, cuidado por la traducción de Jaime Arrambide), su fuerte y detallado entramado, sino también por devolvernos a un mundo de responsabilidades, donde las acciones y las decisiones tienen consecuencias. Donde, digámoslo, los seres humanos tienen la oportunidad de ser adultos. Elección, por tanto, valiosa y valiente la del director, Mariano Dossena, al proponerse hoy decir esto, cuando la peor plaga y la que más rápido contagia es el síndrome de Peter Pan, que no siempre incluye retoques faciales, pero sí o sí desemboca en el limbo ético de una irresponsabilidad falsificada.
Suma este trabajo la honestidad desde la que fue encarado, el respeto con que se trata al texto, el adecuado vestuario de Julieta Fernández Di Meo y Nicolás Nanni, así como la escenografía sencilla pero suficiente de este último. De las heterogéneas actuaciones se destacan las de Alcira Serna como Magde, Diana Kamen como Joan y Luis Gritti como Alan.
A los aciertos de Mariano Dossena hay que agregarle el uso de un espacio escénico reducido en el que supo disponer los movimientos del nutrido elenco.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El tiempo y los Conway en este link a Alternativa Teatral.
Miércoles 18 de febrero
18 hs.: Apenas el fin del mundo, de Jean-Luc Lagarce, con dirección de Cristian Drut. En Espacio Callejón (Humahuaca 3759).
21 hs.: Stéfano, de Armando Discépolo, con dirección de Guillermo Cacace. En Apacheta Sala Estudio (Pasco 623).
Jueves 19
20 hs.: La noche canta sus canciones, de Jon Fosse, con dirección de Daniel Veronese. En Teatro Beckett (Guardia Vieja 3556).
21:30 hs.: La conspiración de los objetos, de Diego Cazabat. En El Astrolabio (Terrero 1456).
23 hs.: Escrito en el barro, de Andrés Bazzalo. En El Grito (Costa Rica 5459).
Viernes 20
18 hs.: ¿Quién no es salvaje?, sobre textos de Griselda Gambaro, con dirección de Mabel Dai Chee Chang. En Teatro del Abasto (Humahuaca 3549).
21 hs.: La maña, de Damián Dreizik, con dirección de Vanesa Weinberg. En Abasto Social Club (Humahuaca 3649).
23.40 hs.: Lote 77, de Marcelo Mininno. En Teatro del Abasto (Humahuaca 3549).
Sábado 21
21 hs.: Tercer cuerpo, de Claudio Tolcachir. En Timbre 4 (Boedo 640).
22:30 hs.: Fin de partida, de Samuel Beckett, dirigida por Pompeyo Audivert y Lorenzo Quinteros. En el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543).
Domingo 22
20 hs.: Juanito... a la otra orilla, de Celeste López. En Templum (Ayacucho 318)
22 hs.: Ivanov, de Anton Chejov, con adaptación de Raúl Serrano y Piero Anselmi, y dirección de este último. En Teatro del Artefacto (Sarandí 760).
Entradas: $ 15.- Estudiantes y jubilados: $ 10.- En venta a partir de una hora antes de cada función en las boleterías de los respectivos teatros.
De estos doce elencos resultarán elegidos tres que representarán a la Ciudad de Buenos Aires en la XXIV Fiesta Nacional del Teatro, en la provincia de Chaco, y formarán parte del Circuito de Festivales Internacionales organizados por el Instituto Nacional del Teatro durante 2009.
En 1914 se estrenaba en nuestra ciudad Los invertidos, de José González Castillo. Convencido de que su obra debía despertar odio y asco por esos pervertidos, el autor no mezquinaba su mirada terrible y despiadada para con ellos, proponiendo como única salida la muerte, recomendando que fuese por mano propia. Cuarenta y cuatro años después, en 1958, el mundialmente reconocido y siempre aclamado Tennessee Williams le deparó igual destino al homosexual Sebastian Venable en Suddenly, Last Summer sin siquiera poner en palabras precisas el asunto. Poco había cambiado en el mundo fuera de la denominación: el término de definición sanitarista “invertido” había cedido su lugar al clínico “homosexual”. Pero los tiempos corrieron raudos y, apenas treinta y cuatro años más tarde, en 1992, David Drake puede imaginar en escena a un gay (definición de mercado; a no engañarse creyendo que es un término liberador) contando sus primeros acercamientos a otros hombres, su pasión por el gimnasio y sus compañeros de gimnasio, sus noches de disco y levante y sexo, la conciencia política asumida de prepo por la aparición de la peste gay, los amigos y amantes tempranamente muertos con el estigma del sida (escena que intenta ser emotiva pero apenas es densa), e incluso se aventura a pintar un futuro feliz. Esto es lo que vemos en La noche que Larry Kramer me besó, que se ha sumado a la cartelera porteña este verano.
Javier van de Couter asume la interpretación de este texto. Se lo ve cómodo en su personaje y demuestra suficiente solvencia, aunque parece más seguro ante las exigencias físicas que a la hora de variar las emociones, dejándose afectar por las situaciones que atraviesa el personaje. Además, por momentos hay una escisión entre lo que dice con su cuerpo y lo que dice el autor con sus palabras que enrarece lo que se le transmite al público.
No resulta aventurado suponer que tales problemas sean resultado de la dirección del debutante Martín Alomar, quien apostó a impactar más desvistiendo al actor que desnudando al personaje. Hay un plausible interés por lo visual que se materializa en la escenografía, la iluminación, las proyecciones de imágenes, creando climas intensos y bellos, pero también otros innecesarios, de excesiva duración o que simplemente distraen porque no están al servicio del relato. Y todo ese despliegue visual, por contraposición, desmerece más algunas elecciones de puesta y de actuación. Dicho en pocas palabras, lo menos logrado por Alomar es lo que hace en esencia al teatro: la relación del actor con el espectador.
Los tiempos corrieron más raudos entre 1992 y 2009, y el paso de estos diecisiete años llevó a que la pintura hecha por Drake, vista en perspectiva, parezca apenas más cercana a nosotros que la de Tennessee Williams. Por eso sorprende que a esta altura del partido se elija poner en escena esta obra que, excesiva y notoriamente militante, sin chances de convertirse jamás en clásico, ya perdió su vigencia por brindar una mirada demasiado coyuntural. Sin negar el aporte que pudiera haberle dado a la causa de los derechos de las minorías sexuales en su momento, la escasa amplitud de sus planteos lo hace aparecer hoy casi como un texto oportunista, que capitalizó con su tono esperanzador los peores fantasmas de aquellos años.
La última escena merece unas líneas aparte. A todas luces adaptada, arroja al personaje al 2019 y le regala un “happy end” digno del Hollywood más pacato y tranquilizador de burgueses. Toda la transgresión que el personaje vivía por su sexualidad diferente en los ’80 y a principios de los ’90 se convierte en muelle vida doméstica y domesticada: al final, con este final, parece que el objetivo de la lucha por los derechos gays era vivir como en La familia Ingalls pero con tarjeta de crédito o incluso como en La tribu Brady con su ombliguista –si no reaccionario– discurso de “acá adentro el mundo sí funciona bien”.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de La noche que Larry Kramer me besó en este link a Alternativa Teatral.
Después de las tantas mujeres que creó y que fueron desfilando en solitario por El club de las bataclanas (2000), Arrabalera. Mujeres que trabajan (2002), El sistema de la víctima (2007), Dolly Guzmán no está muerta (2007) y Limosna de amores (2008), para su último espectáculo Mónica Cabrera cambió lo que ya era una reconocida (y eficaz) modalidad de sus trabajos: ahora no está sola en el escenario, e interpreta a un único personaje. Ella es la Madrecita, quien está acompañada por su devota hermana (Teresa Murias), o hermanita, pues parece que los diminutivos aportan favorablemente en las devociones y creencias populares.
Allá andan las dos, probablemente en algún pueblo del noroeste argentino. La Madrecita fue bendecida con el don de la curación, tiene visiones sobrenaturales y hasta hace milagros. Su hermanita es como una amable mediadora entre ella y los pobres y los enfermos que, en persona o por carta, le hacen llegar sus ruegos. Pero todo tiene su contracara, y esta se hace visible cuando ellas están a solas, en su cuarto: la hermanita administra con rigor las donaciones que reciben como signo de la gratitud de los beneficiados por los poderes de la Madrecita, a la vez que organiza su agenda de curaciones y presentaciones, en tanto que la sanadora y milagrera, que ya había dado suficientes muestras de desequilibrio mental con el despliegue de su beatería, de entre casa se muestra no menos loca pero sí sometida a los negocios que establece su ya no tan dulce hermanita.
No faltan, por supuesto, momentos para las canciones, ni la palabra cómplice e improvisada que capitaliza alguna reacción del público, ni las referencias políticas y sociales que tan bien maneja en sus textos Mónica Cabrera. Ella, intérprete, autora, directora, escenógrafa, vestuarista y compositora de la música original de The Victory to La Madrecita, también ha sabido encontrar una compañera ideal en Teresa Murias, talentosa actriz cuyas composiciones hemos disfrutado tanto como anfitriona extranjera y disparatada en el exitosísimo El 3340. Con humos de cabaret así como con su personaje oscuro y extravagante en La piojera, o un procedimiento justicialista.
Esta desopilante y a la vez triste estampa, en la que los tonos estridentes de la fe en lo supuestamente sobrenatural contrastan con las opacidades de las pequeñas miserias cotidianas y de la pobreza, abre un nuevo capítulo en el “universo Cabrera” y da un paso firme en su ya reconocido camino de humor, de profunda mirada crítica y de arrollador trabajo en el escenario.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de The Victory to La Madrecita en este link a Alternativa Teatral.
Trataré de ser breve, porque el tema es claro y conciso.
El artículo 24º del Reglamento para la Selección Provincial CABA 2008 y XXIV Fiesta Nacional del Teatro 2009 dice: “Cualquier aspecto no contemplado en el presente Reglamento, así como cualquier duda o interpretación a algún proceso de la Selección Provincial de Teatro, deberá ser dado a conocer remitiendo los fundamentos al Instituto Nacional del Teatro dentro de los 5 (cinco) días hábiles de finalizada la Selección Provincial y será resuelto de forma inapelable por su Consejo de Dirección”. Ahora bien, ¿qué duda podemos tener sobre el proceso de selección si el acta no es publicada? ¿Cómo saber si el proceso no estuvo viciado si no tenemos acceso al documento que certifica y expone el acto de selección? La publicidad del acta es indispensable para saber si la selección se hizo según lo que el procedimiento y la ética indican, o si es un mamarracho impresentable.
Recordemos que los reales fundamentos para el cuestionamiento de la primera selección para la Fiesta CABA 2008 no surgieron de sospechas, sino de las incongruencias que evidenció la lectura del acta correspondiente. Acta que años atrás era subida a internet pero que ahora, si se la necesita con rapidez, sólo se consigue “por izquierda”. Y ni siquiera: para cuando la segunda selección, quizás por alguna durísima directiva, fue imposible conseguir tal acta sin cumplimentar con algunos pasos burocráticos sin dudas preexistentes pero que, ¡oh, casualidad!, antes del escándalo no parecían ser requisitos indispensables: con un “¿Me mandás el acta por mail?” alcanzaba.
Aclaremos esto: no parece que esté mal que así de fácil hubiera sido el acceso a ese documento, ya que es información pública, y no confesiones íntimas de un miembro de un organismo público. Aun más: tampoco parece que esté mal que se exijan ciertos procedimientos para solicitar el acta. Lo terriblemente sospechoso es que este ataque de hiperlegalismo venga de quienes actuaron con poco o ningún interés por el cumplimiento de las normas en el proceso de la selección para la Fiesta CABA.
Pero ya que quieren (¿o debería decir “quiere”?) que transitemos el camino del cumplimiento irrestricto de la norma (camino del que apenas y sólo a veces rozan la banquina), pues bien: haremos las cosas como las piden.
El miércoles 4 de febrero me presenté en la oficina sita en avenida Pueyrredón 768, 4º piso, departamento A (Representación de la Ciudad de Buenos Aires del INT) para solicitar el acta de la segunda selección. A pocos metros de donde yo estaba, Pablo Bontá –representante de la Región Centro del INT y natural avalador del acta que estaba buscando– le hacía saber a una empleada, para que me lo transmitiera a mí, que el acta sólo está a disposición de los elencos participantes. Saliéndole al paso, le dije desde la puerta de la oficina en la que Bontá se encontraba que, según el Reglamento General del Acceso a la Información Pública para el Poder Ejecutivo Nacional (Decreto 1172/2003), yo no debía demostrar derecho subjetivo ni interés legítimo para acceder a esa información. Entonces Bontá, ya dirigiéndose a mí, me dijo que el acta debía ser aprobada por el Consejo Directivo, y luego de esto sí podría solicitarla.
Si el acta puede darse a conocer luego de que el Consejo Directivo la apruebe, no hay manera de llegar a establecer una denuncia antes del plazo de cinco días que establece el reglamento citado al inicio. Estamos, pues, ante una trampa: no se puede hacer una denuncia sin saber cómo fue el proceso, el proceso está expresado claramente en el acta, el acta se da a conocer cuando ya venció el plazo de presentar una denuncia. El Consejo Directivo del INT debe aclararse y aclararnos su operatoria: o publica de inmediato sus actas o extiende –y mucho– los plazos de impugnación.
Esto es el cuento de la buena pipa. Y aunque no podría asegurar quién se la está fumando, sí sé que el tabaco somos todos los que queremos una gestión limpia en INT.
Buenos Aires, 5 de febrero de 2009
A la comunidad teatral de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Aunque fue de público conocimiento la maniobra realizada por las autoridades del INT en la última selección para la Fiesta Regional del Teatro (Región Centro), hoy todo parece encaminarse hacia el olvido y la Fiesta asoma con celebrarse como si nada hubiese ocurrido.
¿Qué fue lo que pasó?
Ante un reclamo de parte de la comunidad teatral sobre el método empleado en la selección de los espectáculos, las autoridades del Instituto Nacional de Teatro (INT) –sin aclarar demasiado el hecho ni explicar de manera cristalina y pública las fallas sobre el proceso de selección– deciden que se “volverá a elegir”.
Es decir que lo que se lleva adelante con esta segunda selección es:
1) pasar por alto el supuesto acto de corrupción llevado a cabo por los seleccionadores en la primera selección (acto de corrupción claramente aceptado por quienes deciden llamar a una segunda selección, sino por qué llamarían a una segunda selección, ¿no?);
2) olvidar el acta firmada de la primera selección (que compromete a los elencos);
3) dañar económica y moralmente a los elencos elegidos;
4) y por último, pero no de menor gravedad, mancillar la integridad del INT.
Es difícil digerir el hecho de que se haya cometido un fraude de tal envergadura y que –no obstante– las autoridades sigan en sus cargos.
Algunos miembros de la comunidad teatral han ido personalmente a solicitar explicaciones a Raúl Brambilla (Director Ejecutivo del INT) y a Pablo Bontá (Representante Regional, Sección Centro), manifestando que no acataban la disposición de haber sido seleccionados y luego deseleccionados.
¿La respuesta? Admitieron la equivocación y, por ello, convocaron a una segunda selección dejando de lado la primera (que, además, tuvo carácter público).
La pregunta es: ¿cómo puede seguir el señor Raúl Brambilla a cargo de esta Institución que dice representarnos? ¿Cómo es posible que la Fiesta vaya a realizarse tras estos episodios de evidente desprolijidad e impunidad? ¿Nadie se hace cargo? ¿Nadie asume los daños?
El INT es una institución que necesitamos se mantenga fuerte porque es de las pocas que tenemos en el país que se dedica al fomento de nuestra actividad.
Celebramos que la Fiesta del Teatro se realice.
Participamos.
Y esta carta no pretende entablar una pelea entre elencos: todo lo contrario.
Sólo queremos que la impunidad cese y que se lleven adelante medidas acordes a este deseo.
Merecemos que las cosas se hagan dentro del marco legal: así las hicimos nosotros.
No merecemos el perjuicio desconsiderado.
No podemos permitir que esto quede en el olvido.
No sería justo para nadie.
Martín Lavini, Gabriela Izcovich, Luis Ziembrowski, Violeta Urtizberea, Cynthia Edul y elenco de Miami.
A casi doscientos años del nacimiento de la patria, los creadores de la revista Barcelona adhieren a tan magno acontecimiento con una ópera cumbia que repasa los “highlights” de la historia argentina. Acompañados por una pareja difícil de imaginar como es la que forman el Negro Cabeza (Esteban Masturini) y Romina de Caballito (Natalia Cociuffo) –cuyas denominaciones los describen con bastante precisión–, el recorrido se inicia en un 25 de mayo de 1810 digno de un troquelado de revista infantil, aunque los dichos evidencian intenciones mucho menos honestas. A medida que avanza el tiempo y van visitando otros acontecimientos de relevancia, esta sabrosa dicotomía se mantiene: una iconografía inocentona y panegirista ante los próceres distanciada de las evidencias puestas en palabras, gestos y divertidas intervenciones audiovisuales.
Respetuosos de las convenciones, no omitieron el coro que en este caso no es griego sino de garcas: don Goyo Pérez Carpincho, productor agropecuario o, según la antigua usanza, explotador terrateniente (Horacio Vay); el general Luciano Cristino Benjamín (Rubén Roberts); monseñor Máximo Vergara (Alejandro Dambrosio) y Amalia Ernestina Victoria Máxima Felicitas Anchorena Álzaga Unzué de Hoz de Gómez, señora gorda al decir de Landrú (Mariela Passeri). Completan el elenco en roles varios Fernanda Provenzano, Karina Hernández, Leandro Bassano, Leo Bosio, María Eugenia Fernández, Sebastián Pavón y Yanina Groppo.
El desempeño en este trabajo es muy bueno y todas y todos se lucen. Quizás la voz de Esteban Masturini no posea el registro que algunos temas le exigen, quedando un poco detrás del desempeño de Natalia Cociuffo, pero no por eso se desluce el trabajo de aquel. Y vale destacar al dúctil Leo Bosio, que en sucesivos y vertiginosos fragmentos encarna a San Martín, Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Roca, dándole a cada uno un matiz propio y efectivo. La dirección de Valeria Ambrosio no solamente evitó que tantos cuadros y coreografías y movimientos permanentes se convertieran en un empaste, sino que logró darles un tiempo preciso, raudo pero no enloquecedor, donde incluso cada línea tiene su oportunidad de ser bien desarrollada, lo que asegura que sea bien disfrutada.
Teniendo en cuenta que ¡Mueva la patria! se presenta como “la ópera cumbia argentina”, ya sabemos por dónde viene su ritmo. Sorprende este cuando mecha de variadas maneras las notas de la Marcha Peronista o del Himno Nacional y las convierte en bases de diversas canciones.
Ahora bien, el texto, que de ninguna manera puede objetarse pues es eficaz y sólido, no alcanza los niveles de ácida ironía –ni mucho menos los de feroz honestidad– que lógicamente esperan (esperamos) los lectores de Barcelona, ya que este espectáculo está montado en la bien ganada fama de los creadores de esa revista. Esperábamos irreverencia y nos dieron leve transgresión. Sospechamos cruda mordacidad y nos dieron alguna que otra pillería en la lectura de nuestro pasado.
Todo está bien o muy bien. Pero algo faltó. Y ese algo que faltó es el estilo Barcelona.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de ¡Mueva la patria! en este link a Alternativa Teatral.
Mientras el público va ocupando sus lugares en la platea, una proyección nos introduce a esta nueva versión del universo Muscari. Imágenes que hablan de frivolidad, snobismo, jet set de cabotaje. Pedanterías maquilladas con abultadas cuentas bancarias; no mucho más que eso. Un enorme símbolo del euro baja desde las alturas y deposita a Ronnie Arias en el escenario. Nos da la bienvenida y se presenta como nuestro guía; mientras transitemos por este infierno de medio pelo venido a más, él será para nosotros algo así como un Virgilio. Su locución –rauda incluso para rectificar algunos furcios con soltura– anticipa el ritmo que tomará Cash. A agarrarse, pues, que esto ya no para más.
Estamos en una oficina de una empresa de tiempo compartido. Entra un matrimonio joven formado por la hipersensual Marcia (Belén Blanco) y el agotador metrosexual Patricio (Nacho Gadano); el ratito que están solos en la oficina alcanzará para verlos distanciados, hartos uno del otro, porque no los une el amor, sino el espanto de imaginar una vida sin poder ir de compras. Les sigue la pareja formada por Florián (Gustavo Garzón), un arquitecto que no deja pasar bragueta sin desear, y Nano (Daniel Aráoz), cosmiatra, indolente enamorado del sexópata que tiene a su lado. Por último aparecen Vessna (Norma Pons), sojera y pragmática, a quien nadie le interesa pero que particularmente no ahorra humillación para con su ex marido, Gringo (Juan Carlos Dual), dueño de una cadena de parripollos, que llega tarde.
En Cash apenas hay un relato que avanza unos pocos pasos y por un camino débil y fortuito: tres parejas propietarias de tiempos compartidos que quieren cambiar el ineludible destino de sus vacaciones, pero bien podría Muscari haber arrojado a los seis en la cola del check-in de un vuelo al Caribe o en una mesa de black jack en un casino europeo, y daría lo mismo, porque el relato es la excusa para ahondar en los personajes. Todo apunta a mostrarlos, desde pensamientos hasta filosas réplicas (firma d’autore), pasando por soliloquios en los baños e incluso sugiriéndolo en simples coreografías que evocan claramente a desfiles de modas.
Si bien la dramaturgia aparece como deshilachada, antes de que los hilos sueltos sean demasiados, reingresa el presentador e hilvana todo. Que no solo hilvana: oportunamente, también se encarga de exponer a las actrices y a los actores por delante de sus personajes, refiriéndose a cada cual por su nombre artístico o real, con lo que Muscari libra así de esa carga “exhibicionista” –ya típica en sus trabajos– que les imponía a sus intérpretes romper y traspasar la representación y que, para quienes seguimos su recorrido, ya no tenía nada de sorprendente.
Entre las actuaciones brilla mucho, pero mucho, Norma Pons: desplegando sus cualidades de comediante, inunda el escenario y la platea con su energía, su voz, sus infinitos matices, su atenta escucha, su percepción de las reacciones del público; como fuere, es la gran estrella de la noche. A puro oficio, Juan Carlos Dual sostiene en alto su opaco personaje, el menos estridente de ese conjunto desmadrado en pirotecnia verbal. Bien –justamente bien, no más– Belén Blanco y Nacho Gadano. Daniel Aráoz es eficaz y ocurrente haciendo de su gay un tanto hueco. Pero el que interpreta Gustavo Garzón merece párrafo aparte.
Empecemos diciendo que es muy difícil separar el personaje de la interpretación porque no podríamos señalar dónde terminan las referencias del autor y dónde comienzan las elecciones del director dado que es una sola y misma persona, por lo que hablaremos de Florián-Garzón, quien no logra escapar a los torpes lineamientos con los que Fabián Gianola encarnó al homosexual de La familia Benvenuto, y has recorrido, muchacha, un largo camino ya como para revisitar estereotipos con dos décadas de atraso. Esto, sin dudas, es lo que ha elegido Muscari para crear a Florián, y debería evitarlo, pero no para cumplimentar con una falluta corrección política, sino para ser más generoso en la creación del personaje. El teatro en general y Muscari en particular ya nos han dado muchos putos, por lo que no alcanza con que este gay sea un prototipo de los que tranquilizan cualquier inquietud burguesa con su título universitario y su pareja, porque en tanto que los demás personajes nos hacen reír por codiciosos desbordados y consumidores compulsivos, a la larga Florián-Garzón termina haciendo reír por puto, ni más ni menos. Una limitación que se evidencia de inmediato si se compara a Vessna-Pons con Florián-Garzón: ella es un universo de apariencias, hijaeputeces, venganzas y desprecios; él es gay, casi solamente gay.
Por último, Ronnie Arias. Desde mucho antes de llegar a Cash, a Arias se lo ve hiperkinético, verborrágico y desprejuiciado, con la dosis justa de atrevimiento que la televisión puede tolerar. Aquí, su rol de presentador es un traje hecho según esa medida. Si bien desempeña un buen trabajo, es una lástima que no juegue un poco más.
Es indudable que Cash se cimienta en los antecedentes de Muscari y se erige con su mismo material reciclado. No marca un salto sino un paso más. Incluso podemos encontrar algunas cosas que él se ha prestado a sí mismo y que posiblemente las tomó de En la cama, de Laboratorio Muscari (en particular, Lucha de clases y Los ’90) y hasta de Shangay. Que no está mal, aunque cualquiera que haya visto algunos de sus anteriores trabajos coincidiría en decir que podría estar mucho mejor.
Una perla (o, mejor dicho, dos perlas)
Estuve en la función del jueves 29 de enero. A su término, mientras el elenco saludaba, Norma Pons vio que, en segunda fila, estaba Jorge Luz. De inmediato, con gestos y a voz en cuello para hacerse escuchar en medio de los aplausos, ella advirtió al público de la presencia de tan admirable actor, y le insistió para que se pusiera de pie. Jorge Luz accedió, lanzó un beso hacia la platea y fue aclamado con un cálido y potente aplauso.
Qué gusto, qué emoción poder seguir devolviéndole, aunque sea así de poquito, a una figura como Jorge Luz todo lo que nos ha dado a lo largo de su extensa y variada carrera. Y qué enorme generosidad la de Norma Pons, que desvió los aplausos que le correspondían al elenco para que los y las presentes pudiéramos hacer ese pequeñísimo pero a la vez valioso acto de justicia.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Cash en este link a Alternativa Teatral.