Termina la función de Neva. En la vereda del teatro Payró me encuentro con varias personas amigas o conocidas. Veo en sus miradas lo que sospecho también expresa la mía: una mezcla de admiración y asombro y satisfacción. No podemos decir mucho más que algunas palabras más cercanas a un fanatismo visceral que al elogio reflexivo. Es que Neva se apodera del espectador, le contagia sus convicciones, le infunde sus inquietudes y preguntas.
En un momento, sin buscarle explicación, reconozco el sentimiento que me invade: es el mismo que me despierta ver la película El acorazado Potemkin, de Sergéi Eisenstein. Sí, esa inquietud que nos gana el cuerpo cuando se nos enfrenta a tanta injusticia, esas ganas de golpear al oficial que dice que la carne agusanada es apta para el consumo de la tripulación, esa urgencia por arengar y desalentar a los infantes que por obediencia apuntan contra sus hermanos de destino. Y no es caprichosa la asociación: Neva acontece en San Petesburgo el domingo 9 de enero de 1905, el llamado “domingo sangriento”, cuando una pacífica marcha de campesinos y obreros fue acallada criminalmente en esa misma ciudad, y pocos meses después, con un clima de creciente tensión social, tendría lugar la sublevación del Potemkin. Una y otra comparten ese grito de “¡Basta!” que ya se hacía incontenible.
Pero más allá de lo que a mí me generó, Neva no es una artística recreación de hechos históricos para proponer la adhesión a un ideal (como sí lo es el film de Eisenstein). No: el momento es apenas el contexto en el que dos actrices y un actor están ensayando El jardín de los cerezos, y ahí son ellos atravesados por la realidad circundante. Y no solamente porque la represión podría haber dejado sin vida a los compañeros de elenco que no han llegado, o porque la protesta torna incierta su propio regreso a sus hogares, sino porque el mundo está pidiendo algo que difícilmente puedan ellos darles. ¿Cómo ensayar una obra de teatro mientras miles de personas están ahora mismo pidiendo por su vida? ¿Para qué montar la gris y módica tragedia de esos personajes de Chéjov cuando millones están sufriendo la tragedia real del hambre? ¿Por qué proponer las desventuras de una burguesía tonta cuando es esperable que comiencen terribles tiempos para el pueblo que exige apenas lo mínimo de su dignidad? ¿Qué están haciendo ahí dentro, qué pretenden sostener desde ahí mientras la sociedad comienza a dirimir a sangre y fuego dos modelos incompatibles? Entonces, ¿hay que dejar de ensayar El jardín de los cerezos? Es más: ¿hay que evitar toda puesta futura de esa obra? Tan actuales y tan universales son las preguntas que Neva siembra.
Hay mucho más. Ese fragmento de elenco ahí detenido es, a su vez, síntesis de diversas maneras de entender el teatro o, mejor, de entenderse en el teatro. Y bien reconocibles que son esa Masha que parece obligarse desde las entrañas a sostener sus ideales aun previendo el dolor que traerá la lucha y las fragilidades que llegarán con el triunfo, o ese Aleko cuyo origen acomodado limita una y otra vez su mirada, que idealiza los cambios venideros y desconoce el precio de su consecución, o esa Olga que sufre por ella misma porque su actitud de diva la lleva a creer que el mundo es el teatro y que el teatro es ella.
Pero Olga no es cualquier Olga: se trata de Olga Knipper, viuda de Anton Chéjov, muerto seis meses atrás. Ella es la viuda de un teatro reciente y exitoso que quizás ya no sea el adecuado, pero hará todo lo posible para mantenerlo vivo, para mantenerse viva. Y esto seguirá sucediendo a diario mientras viudas/viudos (u otros deudos) pretendan que el muerto siga hablando y se obstinen en representar los últimos instantes del difunto más como ritual de supervivencia que como memorial o relectura. Es así que, ante esa Olga, tanto mayor aparece Masha, cuya figura crece hasta estallar en un monólogo final que a nadie deja sin su correspondiente zamarreo. Porque Masha es la poderosa voz del teatro que interpela e inquieta. Y entre una y otra, Aleko, abuelo no del teatro burgués, sino más bien del burgués que hace teatro (aceptémoslo, que no es delito: casi todos, casi todas).
Este impactante, admirable, esencial, necesario trabajo de la compañía Teatro en el Blanco, de Santiago, Chile, es el fruto de largos años de investigación y búsquedas y de fuertes apuestas personales de Paula Zúñiga (aquí, Masha), Trinidad González (Olga) y Jorge Becker (Aleko), quienes convocaron a Guillermo Calderón a sumarse como dramaturgo y director. La generosidad de las actuaciones, la extrema sobriedad de la puesta, la precisión y libertad en las elecciones de dirección hacen de Neva una favorita de este FIBA pese a estar transitando apenas el segundo día de funciones.
Toda la obra está solamente iluminada por la luz que emite un pequeño calefactor. Al terminar la función, Aleko lo gira y ese calor y esa luz se nos da a los espectadores. El teatro continúa y se completa en el público. ¿Qué haremos con ese calor, con esa luz? Sea en San Petesburgo, en Santiago o en Buenos Aires, lo mismo da, pues nos hermanan los ríos Neva, Mapocho y de la Plata, donde flotaron ayer los cadáveres de víctimas de la represión. Hoy no: el sistema ha inventado mejores formas de eliminar gente, como que floten aún vivos en las veredas.
Esto fue todo por hoy. Entonces, ¿seguimos ensayando Chéjov o no?
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Neva en este link a Alternativa Teatral.
jueves, octubre 08, 2009
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