Dice Wikipedia (no necesito más precisión para acercarme a este tema) que un agujero negro “es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que provoca un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, puede escapar de dicha región”. Pues bien, de eso se trata lo que esta compañía nos trae desde Praga: el bar de una estación de servicio en el medio de un desierto de Estados Unidos es ese agujero negro.
En ese bar se generarán unas pocas situaciones al cruzarse paisanos y forasteros: la moza, un policía, una pareja joven, un encuestador, una estrella de televisión y su representante. Pero las consecuencias de acontecer en un agujero negro distorsionan el tiempo y la materia, por lo que la escena se repetirá una y otra vez, cada vez más acelerada, con alteraciones que incluso modifican los cuerpos. Y quizás hasta los cuerpos se encaminen hacia su desintegración. Un último personaje, un hombre mayor que los antes nombrados y ajeno a ellos, que misteriosamente pasa por fuera del bar, podría significar la insoslayable discontinuidad entre ese bar y el afuera.
Pero podemos suponer que hay mucho más que una linda analogía entre temas cosmológicos y la estructura del relato. No parece aventurado sospechar que también se están planteando ciertas hipótesis sobre el teatro, porque como agujero negro, es decir, como región que –además de poseer un espacio como la sala teatral– tiene un tiempo propio que se altera, se podría pensar si no es el mismo teatro el que distorsiona la materia, impide dar cuenta desde afuera de sus acontecimientos, y genera una atracción de la que nada escapa. Además, aquí el teatro dice de sí mismo que avanza o circula (circula sería más justo) gracias a esas redefinidas copias sin verse amenazado, como si estuviera muy a gusto en ese espacio final donde se torna complejo, repitiéndose sin ser el mismo.
Esta creación colectiva abreva indudablemente de fuentes cinematográficas entre las que no resulta difícil vislumbrar a David Lynch y Quentin Tarantino. Y ese bar en una estación de servicio en medio de la nada del territorio norteamericano remite de inmediato al Bar B Q de El bosque petrificado (Archie Mayo, 1936), pues ambos están habitados momentáneamente por un catálogo mínimo de personajes yanquis que sintetizan las sociedades de sus respectivas épocas.
El agujero negro es una obra entretenida, tan divertida como extraña, inteligente, actuada con una precisión asombrosa, y que al abrirse a muy distintas lecturas se transforma en un material decididamente inquietante.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El agujero negro en este link a Alternativa Teatral.
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