Un hombre vuelve a su casa luego de haber estado internado. Su familia intenta darle ánimos además de cuidados y mimos, pero él parece saber que va a morir pronto. Lo sabe y lo acepta. Como se puede aceptar la muerte, de manera íntima y silenciosa. O quizás incluso lo decide como entrega, dejándose partir, como quien va volcando de a poco el agua de un vaso hasta que se vacía; nadie sabe qué secretos pacta consigo mismo un hombre ante su muerte.
Y agoniza, lentamente. Luego de una leve mejoría, agoniza. Que, como casi todo lo que nos sucede a los humanos, también nos sucede con otros, entre otros. Por eso, en el núcleo familiar aparecen reacciones nobles y egoístas, se dan situaciones infrecuentes, y todo acontece en dos tiempos bien distintos: el del moribundo, que se aplaca, se hace lento, y el de su entorno, que se acelera.
Apenas unos pocos minutos de iniciada la función, ya todos sabemos el final. No hay secreto ni sorpresa ni ruptura en El hombre que no duerme. Y está bien. Y es un remanso que, en medio de la escena alternativa porteña en la que actualmente hay tanta ruptura, tanta sorpresa, tanto de todo –que no es necesariamente malo u objetable–, alguien proponga lo previsible, porque la vida es a veces previsible, y la muerte lo es siempre, incluso para sus negadores. Es un remanso también que en la obra toda se vaya apagando, como ese hombre que no duerme, en medio de crecientes propuestas en las que predominan sin sustento el grito permanente, el pogo y la hiperkinesis a tal punto que todo se torna un mero exceso hormonal tanto en lo representado como en la representación. No, que aquí prima la sutileza, aun cuando el enojo o la angustia desbordan a alguno de los personajes.
Qué valiente, entonces, y qué profundo resulta el texto de Diego Lublinsky. Que, sumado a su trabajo de dirección junto a Paula Travnik, da por resultado este espectáculo que inquieta y entristece al espectador que se le atreve, y he ahí otra reivindicación: la tristeza, tan ausente en las propuestas que solo buscan divertir a la gente.
Todo se desarrolla con delicadeza, con respeto, como invitando a contemplar los fenómenos que circundan este frágil momento, y sin que por ello aparezca ni atisbo de solemnidad, porque finalmente la muerte, cuando acontece, no se muestra como algo infrecuente, sino que resulta ser un hecho cotidiano al que a diario no quisimos mirar.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El hombre que no duerme en este link a Alternativa Teatral.
jueves, septiembre 10, 2009
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