Había una vez tres amigas actrices que querían trabajar juntas en teatro. Se llamaban Verónica Llinás, Alejandra Flechner y Valeria Bertuccelli. Las tres contaban con un indiscutible reconocimiento del público masivo, y aunque su talento, su nombre y sus ganas no eran poca cosa, necesitaban a un dramaturgo y director para que las ayudara a cumplir ese deseo. Fue así que eligieron a Javier Daulte quien, pensando, pensando, pensó en Caperucita Roja. Ya tenía a las tres mujeres del cuento: la nieta, Silvia (rol que le tocó a Valeria, lógicamente, por ser la más joven); la madre, Cora (que recayó en Alejandra), y la abuela, Eloísa (Verónica), pero le faltaba el lobo y el cazador. Para interpretar al lobo, Javier eligió a un actor con el que había trabajado, Héctor Díaz, pero que no iba a hacer de lobo de verdad, sino de un hombre llamado Víctor. Y al cazador se lo comió. (Se lo comió Javier, no el lobo.)
Hablando de comer, el equipo que se había armado era un bocado deseable para cualquier empresario que anduviera por el bosque del teatro comercial oteando en busca de una nueva presa suculenta para llevar a su sala, por lo que las tres amigas actrices, el director y el actor se encaminaron con paso firme y confiado hacia el Multiteatro.
Después de los consabidos ensayos, llegó el estreno de la obra, que terminó llamándose Caperucita. Un espectáculo feroz, en la que Javier, una vez que se abrió el telón, nos contó de una chica que se llamaba Silvia, que cuidaba a su abuela, Eloísa, que estaba internada, lo que le daba a Silvia una buena excusa para dejar de ver y sacarse de encima a Víctor, un tipo más grande que ella con el que tuvo un romance o rollo o amorío pero ya no lo aguanta, y el tipo, que estaba mal de la cabeza y era mentalista, no la quería dejar, por lo que llegaba a meterse en el pasado de Silvia para saber por qué la quería tanto a su abuela y se preocupaba por ella en lugar de salir con él, para luego planear cómo recuperar la atención de Silvia, a la vez que íbamos viendo también cómo era Cora, la mamá de Silvia, un desastre que ni siquiera podía pensar en sí misma y mucho menos ocuparse de Eloísa, su madre, y con la presencia siempre de Víctor, acechando como lobo hambriento, dispuesto a lograr su cometido con creciente furia y sin medir consecuencias.
Pero ocurrió que la historia de las tres mujeres prometía mucho más por sí sola, y Víctor parecía ajeno, de manera que cuando entraba en escena se perdía lo que se estaba dando entre ellas para dar paso a lo fantástico daultesco que esta vez no aportaba una manera de entender o remediar o modificar el plano real de la ficción, sino que solamente hallaba justificación en su propia irrupción. Es por eso que, aunque se trataba del lobo que quería comer a la niña, la manera de su ingreso en la dramaturgia lo asemejaba al lobo de Los tres chanchitos, ese que entraba a la fuerza y rompía todo. Y así empezaba a notarse que la excusa de meter a estas tres mujeres en una versión libérrima de Caperucita Roja era, además de arbitraria, forzada. (Tengamos en cuenta que la arbitrariedad en una creación no necesariamente implica una valoración negativa, pero lo forzado siempre lesiona de alguna manera lo creado).
Esto se iba profundizando a medida que avanzaba la función, por lo que Silvia, Cora y Eloísa terminaban siendo apenas unas meras acompañantes para sostener y soportar la maldad, la locura y los poderes mentales de Víctor. Sí: en la versión de Daulte, Víctor/el lobo se comía a todos, aunque no con su boca tan grande, sino con el Héctor Díaz no corregido pero sí aumentado que se desplegaba con desproporcionado frenesí en el escenario.
Nadie podría entonces haber negado que estaba presente el universo mágico del autor (quizás no menos fascinantemente caprichoso que el que había mostrado en aquellos trabajos en los que comenzó a asumir la dirección de sus propios textos), pero tampoco era posible ignorar que esa vez había trabajado con más matices pasteurizados, de fácil digestión, y con más guiños para lograr la risa complaciente de los espectadores. La fórmula no era mala, ni mucho menos nueva: en el bosque del teatro comercial se sabía de antemano que la mayoría de quienes ocuparían la platea de cualquier puesta no lo harían por el nombre del creador, sino por el básico placer de ver en carne y hueso a esas figuras a las que ya conocieron con tanta proximidad y a las que veneraron en el altarcito hogareño de la televisión.
Fue así que Verónica, Alejandra y Valeria lograron trabajar juntas. Sin dudas ese fue el logro de Caperucita. Un espectáculo feroz.
Moraleja: cuando vayas a hacer teatro, que el objetivo no se termine en tu epidermis, porque vas a terminar creyendo que alcanzaste una meta cuando, en realidad, sólo habrás conseguido satisfacer tu deseo. Y ya hay mucha, pero mucha gente haciendo teatro desde y para su ombligo, por lo que es probable que estés llegando tarde y el público que admira el ombliguismo ajeno ya esté en otras salas viendo otros espectáculos.
Niños, niñas: este fue un cuento. Hay que aprender de él, pero no creérselo.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Caperucita. Un espectáculo feroz en este link a Alternativa Teatral.
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