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jueves, septiembre 03, 2009

teatro // Áspero, de Santiago Gobernori

Gajes del oficio: a tres muchachos de rigurosa campera de cuero se les fue la mano en un apriete y hubo sangre donde no debía. Como la cosa se pone espesa, hay que guardarse un tiempo. Y aunque cada minuto de encierro difumine más los sueños de arañar algún puestito por los servicios prestados, la desesperación y el tiempo muerto –que se prolonga sin que podamos estimar cuánto– se abren a veces a alguna reflexión. Por ejemplo: ¿de dónde viene el poder? ¿Qué lo sostiene? ¿Los fierros? ¿Su posesión? ¿O acaso lo que se representa con la posesión de los fierros?
El poder como representación aparece aquí en una representación cuyo poder parece análogo a muchos otros: aunque lo haga por elección propia y sólo durante la función, el espectador acepta que esas personas son quienes dicen ser. Y para tener atrapada una platea es necesario saber usar los instrumentos con los que se cuenta para resultar creíbles. Esto se comprueba en Áspero: hay un equipo consciente de su poder, y en ese espacio mínimo en donde estamos todos metidos, despliega con eficacia su saber y nos tiene como en un puño. Pero son buenos muchachos: resignifican fragmentos de Shakespeare y reverencian a quien aplaude la tarea terminada.
Santiago Gobernori creó este texto disparatado en la superficie pero en el que se reconocen elementos de nuestra historia reciente (o aun de nuestra actualidad), permitiéndose dar pie a gags precisos y eficaces que se integran con naturalidad en la forzada convivencia de esos tres personajes que se toman demasiado en serio y se recelan mutuamente, a la vez que generan mucho más en su inacción y se descubren al no poder hacer lo que desean. Esos tres tarambanas –que se vuelven entrañables siempre y cuando los tengamos a una distancia prudencial, porque son tarambanas sin dejar de ser de la pesada– encuentran en las actuaciones de Hernán Oviedo, Juan Barberini y Raúl Fernández una interpretación contenida y amenazante a la que alivian con el humor surgido de la torpeza y cortedad de los personajes. Por lo que todo aquí resulta un océano ambivalencias que se disfrutan y se agradecen. Conocedor de su texto, de su espacio y de su elenco, Gobernori dirige imprimiendo un ritmo intenso incluso cuando el clima bordea lo onírico, y equilibra con gran cuidado a los actores.
El espacio escénico es de tal austeridad que, comparándolo con los de Veronese, estos parecerían barrocos. Y este despojamiento extremo impide que ni personajes ni actores tengan a mano en qué apoyarse, por lo que deberán sostenerse, sin más, en su representación. Que, como ya dijimos, de eso se trata Áspero: en algunos oficios, más que ser hay que parecer.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Áspero en este link a Alternativa Teatral.

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