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sábado, septiembre 05, 2009

teatro // American Mouse, de Lautaro Vilo

Bienvenidos a Lautarovilolandia, un inmenso parque de atracciones donde se puede conocer a uno de los más interesantes y sólidos dramaturgos argentinos contemporáneos. Aunque “conocer” signifique tanto como que en Disney World podríamos conocer a Mickey Mouse. Que lo diga el mismo protagonista, que ahí estuvo y eso nos cuenta: pasen por aquí y véanlo mientras vivía en Florida, gracias a un programa de intercambio estudiantil, cuando tenía trece años. Déjense llevar de la mano del mismísimo Vilo por el pabellón en que guarda memorias y emociones de esa visita al mundo de Disney que, de alguna manera, se convirtió en una experiencia iniciática gracias a la cual conoció los alcances de la ficción y los límites de lo real. Porque ahí terminó siendo testigo más que ocasional de un trágico incidente que fue y aún hoy es ocultado, y así, ese preadolescente –que bien pudo ser un enfant terrible al pie de la letra–, aunque ya sabía que el simpático Mickey Mouse siempre disponible para tomarle una fotografía era un gris empleado de una fábrica de falsos sueños, vino a enterarse tempranamente que si un operario queda atrapado entre los engranajes de la maquinaria de los sueños, lo sentimos, pero no hay nada que hacer, pues la máquina no se puede detener. Sonrían, foto y ya. Buen momento para aprender esa lección: 1990, inicio del menemato con su fundamentación de solipsismo ético y la rápida aceptación de la miserable idea de que cada uno tiene lo que se merece y que el que cae, cae por su sola responsabilidad.
Y de esta manera, si ya han recorrido los pabellones previos, esos en los que Vilo había llevado a escena un hecho al que accedió a través de una noticia, verán que en esta ocasión no hay noticia, sino su ocultamiento, y que el recorrido que propone se instaura a la vez como primer relato de un hecho oficialmente negado. No es para menos: si el mundo de ficción se muestra real, si la fantasía ocupa diez mil hectáreas, cualquier pretensión de ver o recordar o señalar un hecho no vinculado con el guión ficcional es un acto terrorista. Y de alguna manera (leve y quizás involuntaria a sus trece años, a sabiendas a esta altura de su vida), Lautaro Vilo deja caer, disimuladamente, unas bombas que hacen añicos certezas, sueños y comodidades. Tanto que ni siquiera deja en pie algunas certezas que se podrían haber establecido en torno a su obra anterior.
Aquí tenemos al mejor Vilo, el que además pone el cuerpo para sus propios textos e incluso se interpreta a sí mismo. Y lo hace en una actuación memorable, cautivante, también dando vida a objetos mínimos que, aun resultando poco visibles para el espectador, interesan por la manera en que él interactúa con ellos, en cómo se deja modificar por ese código de juego infantil con que representa aquellos escenarios de infancia y pubertad.
Pasen y vean: aquí todo es real, especialmente la fantasía. Por eso Lautaro Vilo ocupa el escenario para que admiremos su relato, pues sólo ahí podremos conocerlo a él. Pero cuidado con pretender hacerle preguntas por fuera de lo que él ofrece en la ficción: cuando un mundo interpela al otro, las cosas no terminan bien. Que lo diga Vilo.
Y regresen cuando quieran.

Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de American Mouse en este link a Alternativa Teatral.

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