Nadie se atrevería a quitarle validez en el ámbito del periodismo de espectáculos a la teoría del establecimiento de la agenda (sin entrar en detalles, esa que dice que los medios imponen los temas y qué pensar sobre ellos). Las reseñas, entrevistas, anticipos y críticas –incluso las firmadas por celebridades académicas– se inscriben en esos dos ejes: “mirá esto (1) que es así (2)”. Hay una decisión de mostrarte A y no B, seguida de un discurso sobre A. Esto pasa siempre. Incluso en esta nota: no te voy a decir que la estoy escribiendo por un designio del destino, porque lo que sucedió en realidad es que originalmente me movió a escribirla una decisión editorial de debatir sobre Agosto en la revista Llegás a Buenos Aires (junto a otra nota de Mercedes Halfon) y una posición personal en cuanto al valor de esa obra y de esta puesta.
Supongo que tampoco nadie negaría que estamos ante un problema si todos o gran parte de los medios deciden mostrarte A y decirte lo mismo sobre A. Cuando algo así viene dado desde otros ámbitos nos asusta y lo denominamos “discurso hegemónico”; pero si, por ejemplo, nos llega a través de unánimes opiniones sobre una obra de teatro, lo asumimos como un feliz consenso que no se discute y garantiza su calidad estética. A las pruebas me remito: he ahí las citas de críticas que se insertan en gacetillas, spots publicitarios, cartelería en vía pública e incluso en las gigantografías de las puertas de las grandes salas del circuito comercial. Y es así que desconfiamos de la representatividad de políticos a quienes elegimos decenas de millones de personas, pero si diez críticos elogian una misma obra de teatro o diez mil personas van a verla, casi no quedan dudas: ha de ser una pieza maestra.
Confusiones similares acontecen a diario cientos de veces. Porque a diario circulan cientos noticias que se pretenden verdades (como si la información de un hecho fuera lo mismo que el hecho en sí, e incluso como si la interpretación del hecho fuese información), y un buen número de personas las aceptará sin hacer siquiera el menor esfuerzo por dar una lectura crítica a lo que se le sirvió como purecito sabroso –aunque inconsistente– y listo para tragar. Con la misma seriedad y reflexión con que salieron a comprar alcohol en gel y barbijos para evitar la muerte por gripe A(H1N1) saldrán a comprar las entradas del espectáculo al que Catalina Dlugi califique como “imperdible”. A posteriori, con la misma actitud gregaria, creerán que el barbijo les salvó la vida y que la obra o la película que les recomendó TN o América 24 fue de lo mejor que vieron en la vida. Y reproducirán esto con la misma liviandad con que lo aceptaron.
Pero como esto no se trata de una divisoria entre vulgo e iluminados, o entre público y especialistas, es necesario hacernos una pregunta más: ¿fuimos los periodistas inmunes al alud publicitario y marketinero con el que se anticipó la llegada de Agosto a la cartelera porteña? (Y extiendo la pregunta a quienes se dedican a la crítica e incluso a los estudios académicos.) Si sabemos señalar los tintes de coloniaje cultural en nuestra sociedad, ¿cómo habremos asumido los cinco premios Tony y el premio Pulitzer con que vino coronada esa obra desde la capital del mundo? Me parece que no es fácil impedir que la balanza se incline siquiera levemente ante una pieza que llega precedida por tales credenciales septentrionales. Y no por nada los productores vernáculos anticipan sus estrenos con contundentes citas importadas, como la que tronó desde las oficinas de Daniel Grinbank para allanar el camino de Agosto: “La más excitante nueva obra teatral norteamericana que Broadway ha visto en años”, aunque incluso ese empujoncito traído de la crítica del diario The New York Times fue potenciado, ya que la cita original ni siquiera se atreve a afirmar eso, pues lo relativiza con un “probablemente” (“August is probably the most exciting new American play Broadway has seen in years”). Y el tiempo para dedicarle a este punto ya fue suficiente, pero cabe recordar que difícilmente conocemos la seriedad del crítico anglosajón al que se cita, pudiendo ser una autoridad en el tema o un Jorge Lafauci neoyorquino que hoy te elogia Agosto y mañana está compartiendo una mesa con mediáticos resucitados..
Con estas dudas, ahora sí vayamos a ver Agosto. Condado Osage.
Una casa en medio del medio de los Estados Unidos. Un matrimonio mayor: ella (Violeta) enferma, él (Ramón) contratando a una chica (Blanca) para atender la casa y asistir a su esposa. En la escena siguiente, él desaparece y, para acompañar a la mujer que ha quedado sola, se reúne toda su familia: tres hijas (Bárbara, Eli y Carolina), un yerno (Miguel) y un candidato a serlo (Marcelo), una nieta (Jimena), una hermana (Mati), un cuñado (Carlos) y un sobrino (Carlitos). Un carnaval de situaciones se sucede en ese caldo de cultivo adecuado para que rápidamente crezca cualquier monstruo: rencores, secretos, miserias, separaciones, engaños, todo tiene cabida cuando metés a tantos parientes juntos viviendo una situación crítica. El padre aparecerá muerto, la estancia del clan se prolonga un poco más, hay un intento de abuso, las hijas asumen que su madre es adicta a cuanto fármaco anda cerca, la hija mayor blanquea su separación y se queda un poco más con su madre.
Sin la menor pretensión de neutralidad (mi discurso tampoco sale de una probeta aséptica) ni originalidad (he escuchado autorizadas voces objetando la calidad de Agosto), quiero al menos proponer algunos ejemplos de lo que creo también debería ser considerado de este ya indiscutido éxito.
La historia que propone el autor, Tracy Letts, se diferencia de una sitcom en su duración (tres horas) y en su final con pretensiones trágicas. Auspiciarla como un hito de igual talla que Un tranvía llamado deseo o ¿Quién le teme a Virginia Wolf? es un despropósito, pues donde Tennessee Williams y Edward Albee desnudaron y desentrañaron, Letts apenas complace y caricaturiza. Aquellos pusieron a su sociedad frente a lo que no quería ver de sí misma; éste ofrece espejos cóncavos y convexos que llaman a la risa porque muestran lo deforme, pero jamás sirven para mirarse. Decir que Letts es heredero de tales dramaturgos es tan cierto como afirmar que Jorge Asís es heredero de Arturo Jauretche o que Elisa Carrió es la heredera de Alicia Moreau de Justo.
La adaptación de Mercedes Morán resulta un mix indefinido entre el condado Osage y el partido de Lanús. Un momento imposible: la muy yanqui comida posterior al funeral con clima de Esperando la carroza. De todos modos, no deja de ser un buen aporte que nos evoque a los Musicardi, pues así podemos recordar (sin chauvinismos) que aquí hay grandes autores que saben contar esas historias con tanto o mejor tino, a la vez que ponen en juego y en juicio nuestra idiosincrasia. Sin dudas: entre Violeta y Mamá Cora, Mamá Cora.
El uso de malas palabras para hacer reír al público resulta vergonzoso porque es una decisión remarcarlas para provocar esas risas. Y cualquiera que haya leído este blog sabe que no me son ajenas las malas palabras cuando designan con precisión y contundencia aquello que se quiere señalar, cosa que no sucede en Agosto. La charla entre las tres hermanas donde el tema es “la concha de mamá” es digna de la peor televisión, y parecería extrapolada de algún diálogo barato de mediados de los ’80, cuando vivimos “el destape” en nuestro país. Pero el público festeja, así que cada vez con más ganas dicen “concha” o sus sinónimos. Y cuando putea Norma Aleandro, el efecto es mayor.
Sobre esto último, dos anécdotas. Al término de la función, casi llegando a la calle, delante de mí iba caminando una pareja de unos 50 años; cerca de ellos, le dije a quien me acompañaba: “Yo no puedo creer que la gente se ría al escuchar ‘la concha de mamá’”, y bastó que pronunciara la palabra “concha” para que la señora girase su cabeza y me fulminase con su mirada escandalizada. Cuatro días después fui a ver La tercera parte del mar, y dos señoras se levantaron en medio de la función al escuchar la palabra “pija” y se fueron indignadas, refunfuñando y dando un portazo en el Abasto Social Club. Y ya sé que de ninguna de estas cosas es responsable Morán, Tolcachir o Grinbank, pero sí hay que pensar qué público estamos haciendo con lo que le damos. A no ser que la industria teatral necesite un público idiota que reaccione fácilmente como perritos de Pavlov; de ser ese el motivo, están muy bien encaminados.
El trabajo del elenco dista de ser excelente. La Violeta que compone Norma Aleandro está muy bien, por supuesto, pero hay que reconocer que es un personaje que le han servido en bandeja: excepto pocos momentos (como el final, un tanto forzado a mi entender), cuando no se luce porque está dopada y ni puede articular las palabras, se luce porque está sacada de tanta pastilla que se metió, y en ambos casos es un estereotipo grotesco que alguien de su talla no podría no resolver (seamos honestos: nadie debería asombrarse de que Horacio Lavandera interprete bien al piano Doce cascabeles lleva mi caballo). Así como es admirable el trabajo de Lucrecia Capello (Mati), sorprende Antonio Ugo (Carlos) y Eugenia Guerty compone una precisa y eficaz Carolina, sería injusto poner al mismo nivel actuaciones que tienen momentos terribles, como las forzadas angustias de Andrea Pietra (Eli), la Mercedes Morán que le da tintes camioneros a su Bárbara cuando esta intenta abordar al comisario, la primera aparición de Gabo Correa (el comisario), los momentos cancheritos que Fabián Arenillas le da a Marcelo, o la Mónica Lairana (Blanca) que estira las manitos en el aire en el momento final, como amasando la nada en lugar de definir si abraza o contiene o deja que se caiga Violeta, antes de cantarle su canción. Sin olvidar los múltiples gestos de agobio por el calor reinante que solo tienen lugar cuando se habla del calor: parece que mientras no se lo nombra, nadie lo sufre.
Hay errores básicos como el intermitente reconocimiento de paredes ausentes en la escenografía (especialmente la que separa la sala del estudio): a veces impiden que otros personajes escuchen conversaciones privadas, a veces son atravesadas con total desparpajo. Y cada vez que aparece un objeto, causa algún problema, como una bifera de utilería que es accionada como lo que es en la realidad (una cosa livianita) o un bol que se cae sin perder su cubierta de papel aluminio pero que se supone desparramó toda la ensalada en el piso.
La escenografía es impactante, pero no sé si buena. De cualquier modo, vino en la cajita feliz del contrato. Y desconozco qué más venía ahí dentro.
La captación del sonido por los micrófonos varía mucho según desde donde hablen los intérpretes, algo imperdonable en una producción con este despliegue.
Y una última aclaración: el argumento de que Agosto dura tres horas y no aburre es poco serio. Se supone que la gente no va al teatro con el solo objetivo de no aburrirse. O al menos quiero creer que todas las y todos los artistas que ponen lo mejor de sí en esta puesta de Agosto no se dedican al teatro sólo para que su público no se aburra. Por otra parte, a la mayoría de las personas no nos aburre estar tres horas en casa, y no por eso es arte ni un espectáculo estar en la propia casa.
Comprendo que Agosto, como producto, funcione: la gente puede salir de su casa y descubrir que en el afuera hay cosas similares al adentro. ¡Es muy tranquilizador ir al teatro y descubrir que no hubo nada extraño! Además, el elenco reconocido –que satisface muy distintos perfiles de espectadores– cautivará a más personas que seguirán nutriendo la platea del Lola Membrives y saldrán convencidas de que Agosto es la mejor obra de teatro que jamás hayan visto. Dentro de uno o dos años, otra campaña de marketing impondrá otro producto y el gran público dirá lo mismo. ¿Se acordarán entonces de Agosto?
Por mi parte, sigo pensando que Claudio Tolcachir puede (y debería) darle mucho más al teatro porteño. Pero, como dice el tango, “las luces malas del Centro te hicieron meter la pata”.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Agosto. Condado Osage en este link a Alternativa Teatral.
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Comentario enviado por Teresa Cianciabella.
ResponderEliminarEstimado Lucho: hacía tiempo que no leía una crítica tan exhaustiva y atinada sobre la obra Agosto y con la que me sentí plenamente identificada. Ud. puso en palabras lo que yo sentí cuando me retiré del teatro. Gracias, me he convertido en su fan y quiero leer más críticas suyas. Cordialmente,
Teresa
Comentario enviado por Roxana Sasso:
ResponderEliminarEstimado Lucho:
Anoche fuimos a ver la obra "Agosto". Con mi marido, cada vez que escuchábamos que la gente se reía, nos mirábamos preguntándonos el por qué. A veces no entendíamos lo que decían, especialmente a Norma Leandro. Fue un suplicio tratar de escuchar... Nos pareció extremádamente larga y, aunque tratábamos de "engancharnos", no logramos hacerlo.
Hoy nos volcamos a buscar críticas de la obra y nos sorprendimos de los ¡"Excelentes"! y las innumerables recomendaciones para ir a verla.
Nos sentimos mal, pensando que quizás nosotros, poco habitués al teatro, no teníamos las suficientes herramientas para opinar... Pensábamos ¿tan equivocados estamos? ¿somos tan ignorantes en este arte? Por eso, al leer tu crítica, nos sentimos tan, pero tan identificados, que nos hizo sentir mejor, convencidos que un importante elenco no siempre logra un importante producto... Por eso no podemos dejar de dartes las gracias por atreverte a decir lo que pensás, y como vos decís, atreverte a quitarle validez, mejor dicho a no darle la validez que merece esta obra.
Muchas Gracias!!!
Roxana
Comentario enviado por Gabriela Calabrse:
ResponderEliminarAnoche fuimos con mi madre a ver este "obron", porque no se lo puede llamar de otra forma. La obra me parecio sensacional, con unas actuaciones espectaculares de Mercedes Moran y Norma Aleandro, tal cual nos tienen acostumbrados. No esperaba menos pero tampoco tanto. No comparto para nada los dos comentarios anteriores, si creo que no tienen cultura para este arte, que no entienden nada y que sino escucharon a Norma, deberian visitar a un otorringo.
MUY BRAVO POR LAS DOS!!!!!
Lastima que Pietra no actuara anoche.
Comentario enviado por Graciela Enrique.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con la crítica de la obra realizada por Lucho. En realidad, Norma Leandro es una excelente actriz y su trabajo en esta obra se desluce. Concuerdo en que la adaptación no es buena y tampoco entendía por qué la gente se reía de cualquier comentario poco ingenioso cuando fui a ver la obra.
Realmente no me gustó.
Comentario enviado por Norberto Romero.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con su comentario. No me preocupa tanto el colonialismo cultural como la pobreza de los críticos de teatro, los nuestros, que dejan de serlo cuando opinan por encargo. No creo que la obra en sí misma sea gloriosa, pero a lo mejor tampoco es tan floja. Uno debe hacer esfuerzos tratando de adivinar el tipo de drama que el autor escribió. Ahora bien: cómo se permitió que la versión local hiciera semejante estrago, con el facilismo de los continuos gags, localismos, humoradas y hasta vulgaridades que cambian completamente el clima y el ritmo de la obra ? Es posible que Mercedes Morán escriba uno de estos días una comedia de costumbres que vamos a aplaudir, pero esta adaptación, a pesar del éxito comercial, no me gustó nada.
Comentario enviado por Ale Cosin.
ResponderEliminarCariño... ¡qué desastre...! Pero lo que más me asombró fue qué bien funciona el tipo serie norteamericana de costumbres en el teatro, el público hacía de cacle... Ahora: lo único que creo aportó Tolcachir es un registro de actuación un poco grotesco, me refiero afuera del naturalismo... pero que los actores no logran salvo en contadas situaciones -quizá Ugo es el que más se acerca, Capello y Guerty también, claro, a veces Morán lo intentaba; si todo su rol hubiera sido interpretado como el camionero que decis, me hubiera cerrado... ¡bah!, qué se yo... me pareció al comparar las obras de Tolcachir con ésta.
Al propósito, a mi tampoco me fascinó los Coleman.
Saluditos
Comentario enviado por Jorge Demarco.
ResponderEliminarConcurrí con mi esposa el viernes 30 de julio a ver la obra teatral Agosto (¿por qué no leí tu comentario antes?). Nos sentimos estafados: hubiésemos aprovechado esos $ 300 para darle otro destino que no nos produjera un vacío tal desde lo actoral, la temática, el vocabulario, el mensaje y el público. Nos da vergüenza ajena. ¡¡¡Qué mal que estamos los argentinos!!!
Para quienes venimos del teatro independiente, con más de 30 años de actividad, esta obra deja una gran enseñanza: saber qué es lo que no se debe hacer.
Gracias, Lucho; tu comentario sirve para crecer.
Jorge, permitime la corrección: qué mal están los argentinos que compran los discursos dominantes (incluso los dominantes en el periodismo y la crítica teatral) y terminan siendo usados para mostrarlos como si esos pocos fueran la Argentina entera. Algunos (vos, tu esposa, todas las personas que dejaron antes comentarios en esta nota) somos tan argentinos como ellos pero conservamos discursos divergentes, subjetivizados por nuestro saber, no por la calificación que tal o cual medio le da a una obra.
ResponderEliminarGracias por haber llegado al blog.
Lucho