Un grupo de mujeres de una iglesia carismática se dirige a Mar del Plata para asistir a una gran asamblea. Están las predicadoras, preocupadas por aceitar los mecanismos con los que, gracias a palabras y gestos, manipularán una vez más emociones y voluntades. Están las tercera línea de la organización, algo huecas, encargadas de los cantos religiosos y seguramente voluntarias todo terreno. Y están las que sostienen todo, las que hacen el terrible esfuerzo de explicarse sus vidas desde la voluntad divina sin sacar más tajada que su propio apaciguamiento. A algunas de cada uno de los grupos iremos viendo en las distintas escenas, por separado: todas serán hermanas de alguna manera espiritual, pero no se andan mezclando.
El grave problema que atraviesa Tren es que no profundiza el tema propuesto, quedando todo en los efectos más superficiales que, con variada suerte, el fenómeno religioso provoca en cada personaje. La excusa de la asamblea cristiana no es más que eso, y aunque se quiera mostrar que el tema de la fe es medular, no lo es, de manera que el relato no termina de armarse, de tomar cuerpo, porque gira en torno a algo que no está aunque se diga que sí está.
Esto que acabo de escribir me hace sentir como un ateo. Claro: si niego a dios, se cae todo lo que está armado en torno a él, como las religiones, las iglesias, las teologías; pero para quien cree en dios, todo se sostiene y se explica. Del mismo modo, si niego que en Tren esté desarrollado el tema de dios y la fe y la religión, se cae el relato, no se ve que haya dramaturgia, los personajes forman apenas algo más que una galería variopinta. Pero si hay personas que creen que en Tren sí se habla de todas esas cosas trascendentes, entonces todo se les aparecerá bien armado, bien escrito, bien estructurado. Ahora bien, ¿por qué hay quienes creen en lo que no ven, siendo esto teatro y no una iglesia? Ya que las cuestiones divinas están cercanas, argumentemos con la Biblia, ahí en donde Pablo le dice a los romanos “¿Cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica?” (Rom. 10, 14 b-c). Sintetizando términos, ¿cómo creer si nadie predica? E invirtiendo términos, se cree gracias a que alguien predica. Pero dejando de lado el sermón y volviendo a Tren, ¿quién predica para que se crea lo que no se ve? El discurso extraescénico, es decir, la difusión y la prensa y los comentarios, todo aquello que se afirma en relación a lo que sucede en escena por fuera de ese espacio, y que nos llega en entrevistas, notas, gacetillas, recomendaciones, declaraciones de las creadoras e incluso el programa de mano que no pocas personas leen antes de la función y que dice lo siguiente: “Un grupo de mujeres viaja en tren hacia un congreso religioso. A encontrarse con Dios. A situarse en el lugar espiritual correcto. Pero ¿quién sabe si Dios estará en alguna ciudad marítima, en sus corazones o en un puente que deberá tender cada una entre una cosa y otra? Porque la fe, como todas las virtudes, para algunos se regala y para otros es esquiva. Y los que dicen que la tienen, bien podrían estar mintiendo. O no”. Y como la fe se propaga de boca en boca –al igual que el teatro alternativo–, quienes escuchan el discurso y crean en él, lo predicarán, influyendo en la mirada de quienes se acercarán después. (El tema de los discursos instalados por fuera del hecho escénico, aunque con una lectura nada teológica, ya lo hemos compartido en ocasión de La pesca.)
Me quedo, pues, con lo que vi sin creer: las actuaciones. Algunos de los personajes están trabajados con mucho rigor; el más destacado, sin dudas, es el de Rosalía (interpretada de manera estupenda por Elisa Carricajo), la mujer a quien despiden desde el andén su aplastado marido y el hijo insoportable que él tuvo en una relación anterior. Pero otros no aportan nada, y algunos ni siquiera resultan creíbles. Esto se hace demasiado notorio en Pilar Gamboa, puntualmente en la escena en que imita a otras mujeres de la congregación, pues ahí se muestra entregada a hacer un catálogo de perfiles que están al alcance de su versatilidad como intérprete, pero carente de toda composición incluso en el personaje que hace esas imitaciones. Completan el elenco Laura Paredes y Valeria Correa. Las cuatro forman el grupo Piel de Lava, siendo también autoras y directoras de Tren, función esta que comparten con Laura Fernández.
La escenografía, diseñada por Matías Sendón, es funcional y cuidada. Sin embargo, se trata de un compartimento tan adecuado a las necesidades escénicas que carece de todo parecido con un análogo que pudiera encontrarse en este mundo, pues es como un amplio living con mesita ratona de vidrio, con cenicerito de ídem, una puerta que daría hacia un pasillo imposible, y una moderna cortina de enrollar que cubre una ventanilla, elemento de gran importancia dado que, proyección de imágenes mediante, nos abre a un afuera amplio, cotidiano y apacible, que se contrapone al clima endogámico y extraordinario que viven estas cristianas en tránsito. Podemos decir que no es preocupante el diseño del compartimento, pues basta con que aceptemos que eso es un tren y punto, al igual que desestimamos la sospecha de que por la ventanilla se vea un andén de Retiro (línea Mitre) mientras sabemos que van hacia Mar del Plata, o que luego veamos –sin duda alguna– al Sol poniéndose por el Este. El problema aparece cuando por esa misma ventanilla vemos a las protagonistas en el andén de la estación Mar del Plata. ¿Por qué, entonces, esa necesidad de realismo, de acabado de documentalista, cuando en lo anterior se nos invitó a entregarnos a lo ficticio?
Después de tanta fe y tanta mirada sin fe, me resulta imposible no recordar lo que Jesús le dijo a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn. 20, 29 b). ¿Deberé, cuando vaya a ver teatro, empezar a creer en lo que no sucede en el escenario?
No hay caso: siempre que aparece la fe, aparece la duda.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Tren en este link a Alternativa Teatral.
sábado, abril 11, 2009
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