En la conferencia de prensa de presentación de la temporada 2008 del Complejo Teatral de Buenos Aires (19 de diciembre de 2007) se anunció que en el siguiente octubre el estrenaría el Biodrama XV en el Teatro Sarmiento (su habitual sede), que tendría texto y dirección de Lola Arias, escenografía de Leandro Tartaglia, música de Ulises Conti y coreografía de Luciana Acuña. Llegó ese octubre, pero sin ese estreno. El proyecto Biodrama terminó en su decimocuarta edición, con el cuestionable homenaje a sí misma que hizo su creadora Vivi Tellas quien, poco después, dejaba la dirección del Sarmiento.
En la conferencia de prensa de presentación de la temporada 2009 del Complejo Teatral de Buenos Aires (23 de diciembre de 2008), aunque lógicamente por fuera del ya muerto proyecto Biodrama, el trabajo de Lola Arias volvía a anunciarse, ahora con el título de Mi vida futura, y las actuaciones de Blas Arrese Igor, Carla Crespo, Liza Casullo, Mariano Speratti, Pablo Lugones y Vanina Falco. El equipo técnico se completaba con la iluminación de Gonzalo Córdova, video y multimedia de Rodrigo Moreno, y el ingreso de Ariel Vaccaro en lugar de Tartaglia en escenografía.
Finalmente, el estreno se anunció para el jueves 26 de marzo con dos cambios más: el título, que mutó a Mi vida después, y Moreno Speratti da Cunha, que se sumó al elenco. Y así aconteció, luego de tantos avatares.
El relato fue creado a partir de recuerdos, fotos, ropa y otros objetos que pertenecieron a los padres de los seis intérpretes (exceptuando a Speratti da Cunha), todas personas nacidas en la década del ’70 y en los tempranos ’80. Con esos elementos y sus discursos, delante nuestro van desovillando su historia personal y, sutilmente, con esos hilos sueltos, toma forma el trágico tapiz nacional de esos años. Que, como todo tapiz, tiene distintos colores, algunos más potentes, otros más cálidos, aquellos cautivantes, estos definitivamente fríos. Así, resultan algo débiles las propuestas de Liza Casullo y Pablo Lugones, y aunque lo suyo es apenas más interesante, Blas Arrese Igor gana mucho al capitalizar la empatía que despierta en el público. Particular caso el de Mariano Speratti (hijo de un desaparecido en la última dictadura), ya que su trabajo se redefine –quizás como la vida misma– cuando Moreno Speratti da Cunha, su hijo de cuatro años, entra en escena y fuga hacia el futuro: lo que aconteció es ya herencia viva de los que vienen. Y Moreno, ahí paradito, escuchando en una vieja grabadora de cinta abierta la voz del abuelo Horacio, nos deja el interrogante acerca de qué hará su generación con todo ese rompecabezas que nosotros no hemos sabido armar y que muchas veces ni siquiera hemos sabido defender para evitar que algún cretino se robe alguna pieza.
Un aparte merecen Carla Crespo y Vanina Falco. Sus historias personales son las más intensas, pues Crespo es hija de un militante muerto (antes de que ella naciera) en el intento de toma del batallón de Monte Chingolo, mientras que Falco es hija de un policía de inteligencia que se apropió de un niño que recién hace cinco años conoció su identidad real. Pero ellas también impactan por el rigor y el dolor (elaborado, sí, pero dolor al fin) con que exponen esas cuestiones tan necesarias para vernos como sociedad. Pues nadie duda de que la historia la hacemos todos, pero las tensiones que la ponen en movimiento se evidencian en los puntos más extremos, y ellas lo traen en sus cuerpos, en su memoria, en sus palabras. Quienes todavía crean en la fantochada ideológica de que el anterior gobierno nacional y el actual son los responsables del enfrentamiento entre los argentinos, que todos fuimos vírgenes hasta el 25 de mayo de 2003, que los buenos están en la vereda de enfrente –donde está situada la Sociedad Rural Argentina–, que esos atiendan los relatos de Carla Crespo y de Vanina Falco y se atrevan a seguir diciendo que alguna vez estuvo todo en orden y que entonces convivíamos en paz.
Lamentablemente, en Mi vida después hay escaso lugar para las madres: todas y todos hablan de sus padres, siendo Liza Casullo la única que se detiene en su mamá y habla de ella por ella misma, no en función del papá, que es así como asoman las madres del resto del elenco. Y no parece que haya habido intención de denunciar al patriarcado, sino que esa supremacía se da como desatendida consecuencia del mismo patriarcado.
En la puesta hay algunos toques identificables de la mano de Lola Arias que, a mi percepción, distraen y deslucen la continuidad de este espectáculo: me refiero a algunas estridencias sonoras (léase música) así como de iluminación (ciertas luces que tienen demasiado protagonismo). Interferencias que muy probablemente sean asumidas por una parte del público como armonía, pero que, más allá de toda subjetividad, aportan al cercenamiento de lo teatral en favor de lo performático.
Asimismo, es necesario reconocerle a Arias la asombrosa capacidad que tiene para incorporar niños a la escena. Aquí, el ya nombrado Moreno Speratti da Cunha, quien actúa e interactúa con precisión y eficacia sin habérsele impuesto nada que no corresponda a su cortísima edad.
Desde el primer instante, Mi vida después hace caer todo el ropaje, quedando cada cual expuesto en su desnudez. Es un espectáculo que sin dudas despertará todo tipo de debates éticos y estéticos. Pero lo que nadie podrá negar es que brinda una cruda y lúcida mirada sobre lo que nos dejaron los violentos años ’70 que se extendieron hasta el retorno de la democracia.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Mi vida después en este link a Alternativa Teatral.
viernes, marzo 27, 2009
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario
*** Para publicar un comentario, NO USES ESTE FORMULARIO, pues no aparecerá. Seguí las instrucciones que se encuentran arriba, a la derecha, bajo el título "LINKEATE y/o COMENTÁ", y así será publicado.
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.