Primero nos llena las copas con Ana María que, a modo de sidra, se abre con estruendo, sube y se desborda con su espuma pero, para que no nos engañemos, muestra su color más chillón que el del champán y nos deja el sabor dulzón de su propia sencillez. Así es ella, siempre empujando para arriba, apenas acompañada por su perro, Apolo, que le entiende todo y cuyo cumpleaños está festejando. ¡A qué raras combinaciones puede exponernos la soledad! No menos raras que las situaciones que surgen de esas combinaciones, que en el caso de Ana María llegan a ser un universo propio. Y, sí: esa dulce mujer necesitaba un universo para expandir su afecto.
El segundo brindis es con la Nelly. Como la grapa, es humilde, fuerte como muchas otras pero áspera como ella sola, y aun así, muchas veces necesaria (un poco, porque mucho hace daño). Compañera de las frías horas de reposos por enfermedades o de velorios, viuda maldiciente y corrosiva del difunto pero de riguroso luto, que es lo que se debe. Nelly parece muy mala pero quizás apenas sea desmesurada. Hay que escuchar un poco más allá de sus palabras, donde esconde su dolor.
La madre de la Chucky es el clericó del tercer brindis que propone Geretto. Dulzona y aparentemente inofensiva, que invita a más hasta que te parte la cabeza, esta mujer es resultado de mezclar todas las situaciones que tiene a mano y no resolver ninguna. Le sobran problemas, especialmente la hija por la cual se identifica. Producto del desaliento que se le infligió a la clase trabajadora, su vida es resultado de una supervivencia que incluye, por supuesto, algunos elementos impuestos culturalmente como necesidades básicas.
Entre una y otra mujer, Geretto, sin salir del escenario, se convierte en la próxima tomando los elementos que las visten de un maniquí, uno por cada una. Así, él mismo, cuando se despoja de los atuendos con que las compone, es también un maniquí neutro y encorsetado, listo para asumir otro vestido y darse otra personalidad. Y es ahí en donde aparece el actor y enriquece a las tres mujeres compartiendo con el público lo que cada una de ellas ha significado en su vida.
En el segmento final de Como quien oye llover, este brillante creador homenajea a las madres e incluso se da el gusto de tomar contacto físico (hasta hacerlo emocional) con alguien del público de una manera tan potente que toda la platea puede sentirse estrechamente unida a él. Entonces se evidencia que el sabroso vino, noble y bien guardado, con el que hemos brindado, es el mismo Juan Pablo Geretto que se ha entregado generosamente a nosotros e incluso se ha entregado a aquellas mujeres, pues más que haberlas interpretado, las mimó con entrañable dedicación.
Si estas últimas palabras parecen exageradas será porque no resulta fácil encontrar otras más precisas para hablar de un trabajo único, porque Geretto lo compuso lleno de vida y afecto, y nos hace reír pero jamás lastimando, nos conmueve sin manipularnos, y sabe darse sin regodearse en su propia exhibición.
No quiero dejar de señalar que este enorme y talentoso actor, al no parodiar ni estigmatizar a sus mujeres, le da una vuelta de tuerca al transformismo que, aunque en la escena local ha alcanzado muy destacados trabajos –como, por ejemplo, con el glamoroso Jean Françoise Casanovas o el desopilante Antonio Gasalla–, siempre (un siempre limitado a lo que recuerda este cronista, claro está) se construyó desde una mirada que cargaba con algún demérito a la mujer o a sus costumbres o, al menos, cercana a estereotipos que empobrecen y limitan. Juan Pablo Geretto hace otra cosa: quizás sea que las habita con respeto, quizás sea que las modela desde el amor.
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