Una cena entre amigos, como tantas otras. Los dueños de casa, Sofía y Gabriel, acompañados por Inés, comparten anécdotas y trivialidades, recuerdan y sueñan viajes. Falta Tomás, esposo de Inés, porque tuvo que viajar. Se escuchan a los hijos de ambos matrimonios jugando y luego pidiendo a gritos ver una película. Todo transcurre en la típica medianía serena de familias económicamente acomodadas y existencialmente satisfechas. Todo está en su lugar, y eso es muy tranquilizador.
El equilibrio se deshace cuando Inés explota: Tomás no está de viaje, sino con otra mujer. Inés llora, anuncia el divorcio, se anima, se compone. Y les deja a los anfitriones esa brasa ardiente a la que Sofía apaga tomando partido por su amiga (no puede ver otro partido cuando la otra parte fue infiel); no así Gabriel, que hasta se permite escuchar a Tomás cuando irrumpe en la tormentosa madrugada.
Pasará el tiempo y cada cual se irá reacomodando en su nueva realidad o ante la ajena. Pero quien no se reacomoda a lo sucedido es Donald Margulies, porque el autor toma partido por Sofía y Gabriel, los fieles cónyuges, que tratarán con extrañeza a los divorciados –como si la amistad hubiese tenido por objeto al matrimonio y no a las personas que lo formaban– y se cuestionarán un poquito cómo viven su propio vínculo. Así, Inés y Tomás van entrando en un cono de sombras, se difuminan como personajes para ser solamente un tema, y nos quedamos con un final que le augura a Sofía y Gabriel una vida feliz de una complejidad apenas superior a las que plantean las comedias rosas con Doris Day y Rock Hudson.
Hay que reconocer que –pese a la señalada elección o toma de partido o incluso sutil intento moralizante– el texto de Cena entre amigos es bello e inteligente, y tiene momentos de delicado humor. Necesario destacar que se lo disfruta sobremanera gracias a la rica y desacartonada traducción de Cecilia Chiarandini.
La labor del elenco –compuesto por la misma Chiarandini (Sofía), Roberto Vallejos (Gabriel), Nora Kaleka (Inés) y Lizardo Laphitz (Tomás)– es de una precisión tal que, en mínimas y escasas situaciones, parecería impedirles hallar la reacción que despierta el otro, como si cierto exceso profesional estuviera impidiendo el dejarse sorprender por el otro y por lo propio. Esto, insisto, es mínimo, y quizás haya sido algo que sucedió solo en la función en la que estuve, pero lo señalo porque esos deslices “hipertécnicos”, aunque mínimos, distancian a las y los intérpretes entre sí en instancias decisivas de esta obra.
El espacio ha sido eficazmente aprovechado, a lo que aporta la justa escenografía de Marta Albertinazzi. La dirección es del maestro Agustín Alezzo y de uno de sus discípulos, Lizardo Laphitz, quien –con honesto criterio, pero no siempre tenido en cuenta– tuvo a su cargo las escenas en las que no actúa.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Cena entre amigos en este link a Alternativa Teatral.
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