El difunto se le aparece a su hija, Adela (Monina Bonelli), como un duende travesti (Julián López), y ella se decide averiguar las circunstancias del deceso de su padre, hecho sobre el que se ciernen algunas dudas. Para hacerlo, no cuenta con mucha ayuda: su novia, Olivia (Iride Mockert), vive un tanto alterada; su hermano, Ulises (Diego Benedetto), es un típico adolescente tardío de familia rica, demasiado hastiado como para interesarse por algo; Magdalena (Armenia Martínez), su madrastra, parece tener muchos planes para su viudez como para preocuparse por el difunto, y ese pariente lejano e inoportuno que es El Chakal (Pablo Seijo) está muy cerca de la flamante viuda y de sus intereses. Quien sí podrá ayudarla, más por su incondicionalidad que por su capacidad, será Francisco (interesantísima labor de Guillermo Jacubowicz), el empleado/criado/sirviente. Pero si para la muerte no hay remedio, tampoco la hay para los intereses, rencores y competencias que se desatan en ese grupo familiar.
Además de crear un universo extraño pero verosímil hasta en las apariciones casi delirantes del muerto, Maruja Bustamante delineó con precisión esos siete personajes y exploró con sutileza las relaciones que se dan entre ellos. Y no es menor su trabajo como directora, sin ocultar que supo armar un elenco de tan notable diversidad como de destacado trabajo de conjunto.
Dos aciertos enormes y muy disfrutados: el asombroso clima que genera, incluso entendiéndolo literalmente, porque el fuerte calor –que se siente a través del abatimiento de los personajes, que hasta parece ser realmente sentido por los intérpretes– determina conductas y reacciones (imposible no recordar aquí El extranjero, de Albert Camus, porque ¡qué calor hace en esa novela, y cuánto de lo sucedido se debe a ese excesivo sol que aprieta y maltrata y confunde!), y la pileta, resuelta con genialidad y utilizada con absoluta soltura: en lugar de agua está llena de pelotitas, pero Bonelli y Benedetto se tiran y chapotean en ella como si realmente estuvieran nadando.
Sin dudas, Maruja Bustamante sigue consolidándose como un fuerte nombre en el panorama del actual teatro porteño.
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